En Antena, Nos Odiamos Capítulo 18
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Capítulo 18

Todo el mundo ya lo sabía

Leo

B ia les pidió a los dos que fueran a su despacho después del programa. No explicó el motivo.

Leo supo que había un problema cuando Dante preguntó y ella respondió únicamente:

—Cinco minutos.

—Eso nunca significa cinco minutos —comentó Leo mientras cruzaban el pasillo.

Dante llevaba la carpeta contra el cuerpo.

—Puede ser por los clips.

—Si fuera por los clips, habría llevado el portátil hasta nosotros.

—Tal vez quiera enseñarnos algo en el monitor.

Leo lo miró.

—Estás intentando encontrar una explicación profesional porque la alternativa te pone nervioso.

Dante no respondió.

—¿Ves?

—No conviertas el silencio en confirmación.

—Demasiado tarde.

Bia estaba sola cuando entraron y cerró la puerta detrás de ellos.

Leo se puso inmediatamente más atento.

Dante también lo notó.

—¿Ha pasado algo? —preguntó.

—Sí.

Bia volvió a la mesa, se sentó y miró primero a Dante, después a Leo.

No preguntó si estaban juntos.

—¿Cuánto tiempo pensáis seguir fingiendo?

El silencio fue inmediato.

Leo sintió que el estómago se le desplomaba.

Dante no se movió.

Bia cruzó los brazos.

—Vale. Esa reacción ya ha respondido.

Leo se pasó una mano por la nuca.

—¿Fingiendo qué, exactamente?

Ella lo miró.

—¿De verdad quieres intentarlo?

Leo lo consideró.

Se rindió.

—No.

Dante cerró los ojos un instante.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Saber es una palabra muy fuerte. ¿Sospechar? Desde el café.

Leo gimió.

—Lo sabía.

—Casi revelaste en directo que sabes cómo duerme después de tomar café tarde.

—No dije «cómo duerme».

—Menos mal.

Dante dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Y cuándo se convirtió en certeza?

Bia abrió el ordenador.

—Paso horas mirándoos.

Leo levantó las cejas.

—Esa frase fuera de contexto es terrible.

—Editando vídeos —completó ella—. Veo el material bruto, no solo lo que sale al aire. Habéis cambiado.

Dante permaneció serio.

—¿Cómo?

Bia abrió una carpeta de grabaciones.

—Antes, cuando se apagaba una cámara, dejabais de prestar atención el uno al otro.

Ahora hacéis lo contrario. Durante las pausas, Leo te busca primero.

Tú lo miras cada vez que alguien dice algo que podría molestarle.

Empezasteis a salir juntos de las salas y, cuando os disteis cuenta, empezasteis a salir separados de una forma obviamente planificada.

Leo se volvió hacia Dante.

—Te dije que alternar los horarios parecía sospechoso.

—Tú estuviste de acuerdo.

—Porque presentaste un argumento convincente.

Bia los ignoró.

—Y están los detalles.

Abrió un vídeo.

Era una grabación realizada después de un programa, sin emisión activa. Dante hablaba con Jonas mientras Leo aparecía al fondo cogiendo una botella de agua.

Sin mirarlo, Dante empujaba otra botella hacia Leo.

Leo la cogía.

Solo eso.

Bia pausó el vídeo.

—Eso.

Leo frunció el ceño.

—Tenía sed.

—Ni siquiera la pediste.

Dante siguió mirando la pantalla.

Bia abrió otro vídeo.

Esta vez, Leo hablaba con Paula mientras, distraídamente, volvía a ordenar los bolígrafos de Dante después de haber movido uno.

Dante se volvió hacia él.

—Lo pusiste en su sitio.

Leo se ofendió.

—¿De eso sacaste la conclusión?

—Durante semanas estuviste moviéndolos.

—Estaba distraído.

Bia cerró el vídeo.

—Exactamente.

Leo apoyó las manos en la cintura.

—Esto es invasivo de una forma impresionante.

—Trabajo con vuestros vídeos. No he instalado cámaras en casa de nadie.

—Todavía.

—Leo.

—Broma.

Bia miró a los dos.

—No voy a hacer nada con esto. No se lo he contado a Marcos ni a nadie. Solo pensé que necesitabais saber que no lo estáis ocultando tan bien como creéis.

Dante adquirió inmediatamente aquella expresión que Leo ya reconocía como el inicio de un análisis de consecuencias.

—No abras una hoja de cálculo mental.

—No lo estoy haciendo.

—Sí.

Bia levantó una mano antes de que continuaran.

—Hay otra cosa. Paula tiene que saberlo.

Leo la miró.

—¿Por qué?

—Porque trabajáis directamente juntos. No sé cuál es la política interna, pero prefiero que se entere por vosotros antes que porque alguien se dé cuenta y haga un comentario.

Dante asintió casi de inmediato.

—Estoy de acuerdo.

El primer impulso de Leo fue negarse simplemente porque aumentar el número de personas que lo sabían le apretaba algo por dentro.

Se detuvo.

Regla tres. No decidir solo.

—Vale.

Bia sonrió.

—Perfecto. Y, para que conste, yo tenía razón.

Leo entrecerró los ojos.

—¿Sobre qué?

—Doña Célia.

—Esto es insoportable.

—Voy a mandarle un mensaje.

—No tienes su número personal.

Bia sonrió.

—Todavía.

Leo señaló a Dante.

—Se está pareciendo a ti.

—Eso no ha sido un cumplido para ninguno de los dos —respondió Dante.

◆◆◆

Paula escuchó todo sin interrumpir.

Dante explicó, en términos demasiado objetivos, que él y Leo mantenían una relación desde hacía unas semanas y habían decidido mantener la información en privado.

Cuando terminó, Paula miró a los dos.

—Vale.

Leo esperó.

Nada.

—¿Solo eso?

—¿Queríais aplausos?

—No. Pero pareces poco sorprendida.

Paula se recostó.

—Trabajo con vosotros.

Dante frunció el ceño.

—¿Bia te lo contó?

—No.

—Entonces ¿ya lo sabías?

—Lo sospechaba.

Leo cerró los ojos.

—¿Todo el mundo lo sospechaba?

Una voz llegó desde la puerta:

—Por fin.

Los tres se volvieron.

Jonas estaba allí de pie con una hoja en la mano que probablemente había ido a entregar.

Leo lo señaló.

—¿Tú lo sabías?

Jonas miró a Dante.

Después a Leo.

—¿Pensabais que lo estabais ocultando?

—Sí.

Jonas lo pensó un instante.

—Interesante.

Le entregó la hoja a Paula.

Leo se quedó mirándolo.

—¿Y te vas?

—Tengo trabajo.

—¿Acabas de destruir nuestra autoestima y vas a volver al estudio?

—Sí.

Jonas salió.

Leo se volvió hacia Dante.

—Eso ha sido humillante.

—Un poco.

—¿«Un poco»?

Paula respiró.

—Antes de que convirtáis esto en una crisis de reputación, hasta ahora no habéis hecho nada malo.

Dante regresó inmediatamente al tema.

—¿Existe alguna política?

—Sí. Y tenemos que gestionarlo correctamente.

Leo sintió que el cuerpo se le tensaba.

Paula lo notó.

—No es una prohibición. Vértice no tiene ninguna norma contra las relaciones entre compañeros y no existe una relación jerárquica entre vosotros.

Pero sois copresentadores, compartís decisiones editoriales y hay contratos comerciales vinculados directamente a la pareja.

La política interna exige una comunicación confidencial a Recursos Humanos para registrar cualquier posible conflicto de intereses.

Dante asintió.

—¿Eso queda restringido a Recursos Humanos?

—Sí. No pasa al equipo comercial, no se convierte en un comunicado para dirección y mucho menos en información pública. Es un registro interno.

Leo apoyó los brazos en la silla.

—¿Qué tenemos que declarar?

—Que existe una relación entre vosotros. Solo eso. Recursos Humanos lo registra, comprueba si existe algún conflicto adicional y, si es necesario, establece alguna orientación. No tenéis que contar ningún detalle.

Dante miró a Leo.

—¿Te parece bien?

La pregunta llegó antes de cualquier decisión.

Leo lo notó.

—Sí.

Paula abrió el ordenador.

—Voy a llamar a alguien de Recursos Humanos. Podemos hacerlo hoy y dejarlo resuelto.

◆◆◆

La comunicación llevó menos tiempo del que Leo había imaginado.

Una profesional de Recursos Humanos entró, explicó la política, confirmó que ninguno de los dos evaluaba el rendimiento, salario o contratación del otro y registró formalmente la relación.

También dejó claro que la información permanecería confidencial y no generaba ninguna obligación de hacerla pública.

Dante hizo preguntas.

Naturalmente.

Leo lo dejó.

Al final, firmaron el registro digital y la profesional salió.

Leo siguió mirando la puerta cerrada.

—Ha sido menos dramático de lo que imaginaba.

Dante guardó el bolígrafo.

—¿Qué esperabas?

—No sé. Quizá un formulario con «motivo por el que decidió comprometer el entorno profesional».

Paula levantó la vista.

—He trabajado con parejas que se conocieron aquí, parejas que terminaron aquí y una pareja que discutió dentro de la cabina durante una pausa publicitaria. No sois pioneros.

Leo sonrió.

—Eso es extrañamente reconfortante.

—No debería.

Dante cerró la carpeta.

—Entonces ya está.

Paula no respondió inmediatamente.

Leo se dio cuenta.

—Hay más.

—Hay una consideración. No de Recursos Humanos. Profesional.

Dante volvió a sentarse.

Paula entrelazó las manos sobre la mesa.

—La campaña está creciendo. El patrocinador está prestándoos cada vez más atención y el equipo comercial está buscando cualquier elemento que mantenga el engagement. Si Marcos o la dirección descubren que estáis juntos antes de que termine la temporada, ¿cuál creéis que será su primera reacción?

Leo ya lo sabía.

Dante respondió:

—Cómo utilizarlo.

Paula asintió.

—Exactamente.

La incomodidad que Leo había mantenido bajo control reapareció.

No porque Marcos tuviera malas intenciones.

Eso lo hacía peor.

Probablemente consideraría la relación una oportunidad legítima. Algo que el público ya quería. Una solución perfecta para convertir la especulación en campaña.

Leo imaginó la reunión: presentación, hashtag, fotos, preguntas.

Una relación de apenas unas semanas convertida en estrategia antes de que ellos mismos supieran qué harían con ella.

Dante habló:

—Creo que es mejor no contárselo todavía al equipo comercial.

Leo se volvió.

La respuesta tenía sentido.

Aun así, algo se contrajo.

—¿Hasta cuándo?

Dante percibió el cambio.

—No estoy diciendo indefinidamente. Solo hasta que entendamos la siguiente fase de la temporada.

—Vale.

Leo se levantó.

—Por mí está bien.

La respuesta salió automática.

Ligera.

Fácil.

—Al fin y al cabo, si hasta ahora hemos conseguido ocultárselo absolutamente a nadie, podemos continuar con nuestra ejemplar operación secreta.

Paula lo miró.

Dante también.

Leo sonrió.

—Tengo que irme. Tengo una grabación en la productora.

Cogió el móvil y dio dos pasos hacia la puerta.

Se detuvo.

Ya tenía la mano en el pomo.

Reconoció aquello.

La broma.

El acuerdo rápido.

La salida antes de tener que explicar por qué la decisión le molestaba.

Todo el viejo camino estaba disponible.

Leo apartó la mano de la puerta.

Volvió.

Dante no dijo nada.

Paula tampoco.

—En realidad, no.

Dante esperó.

Leo metió las manos en los bolsillos.

—Puedo esperar. Tiene sentido no decirlo ahora, sobre todo con la campaña tal y como está. Pero no quiero que esperar se convierta en esconderlo indefinidamente.

La expresión de Dante cambió.

—No ocurrirá.

Leo respiró.

—Necesito que sea de verdad una decisión temporal. No esa cosa en la que siempre hay una siguiente reunión, un siguiente contrato, una siguiente campaña y, de repente, han pasado seis meses.

Dante asintió.

—Estoy de acuerdo.

—Y no quiero descubrir después que decidiste aplazarlo porque pensaste que sería mejor para mí o para la productora.

—Regla tres.

Leo sonrió ligeramente.

—Regla tres.

Paula observó a los dos.

—¿Puedo salir de la sala o necesitáis una testigo para la votación?

Leo la miró.

—La regla cuatro sigue en disputa.

Dante respondió inmediatamente:

—No existe ninguna regla cuatro.

—¿Ves por qué la necesitamos?

Paula cerró los ojos durante un segundo.

—¿Podéis resolver eso en otro sitio?

Leo se rio.

La tensión disminuyó lo suficiente.

Dante volvió al tema.

—Después de la próxima reunión estratégica, lo hablamos otra vez. Sea cual sea el asunto, reevaluamos si sigue teniendo sentido mantener al equipo comercial fuera de esto.

Leo lo consideró.

Era concreto.

No una promesa vaga.

—Vale.

—Vale —repitió Dante.

Leo se quedó.

No porque hubiera nada importante más que añadir, sino porque, en aquel momento, marcharse dejó de parecer necesario.

Paula abrió el correo mientras ellos seguían allí.

Se detuvo.

—Hablando de la próxima reunión.

Dante levantó la vista.

—¿Qué?

Ella giró el monitor.

En la bandeja de entrada había una invitación recién llegada de dirección.

El asunto aparecía en mayúsculas:

FINAL DE TEMPORADA — EL ÚLTIMO ROUND

Leo lo leyó una vez.

Después otra.

Dante permaneció en silencio a su lado.

La temporada todavía no había terminado.

Pero, por primera vez, alguien ya le estaba poniendo nombre al final.