En Antena, Nos Odiamos Capítulo 7
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Capítulo 7

Cambio de lado

Dante

C uando Paula presentó el guion de aquel programa, Dante leyó el título dos veces antes de levantar la vista.

—No.

Leo, sentado al otro lado de la mesa, acercó la hoja.

—Ni siquiera lo he leído todavía y ya estoy a favor.

—No me sorprende.

Paula permaneció de pie frente a los dos.

—El programa se llama Dos Lados . En algún momento alguien iba a darse cuenta de que sería interesante obligaros a cambiar de lado.

Leo llegó a la línea marcada en negrita y sonrió.

—Ah, esto es excelente.

Dante volvió a mirar la hoja. La sección de aquella semana sería sencilla: producción elegiría situaciones en las que las posturas habituales de los dos ya fueran conocidas por el público y cada uno tendría que defender la postura contraria.

No se trataba de Defiende lo Indefendible , donde recibían opiniones aleatorias.

La intención era otra. Dante tendría que argumentar utilizando una lógica que normalmente asociaba con Leo, y Leo haría lo mismo con él.

—Me gustaría saber quién sugirió esto —dijo Dante.

Bia levantó la mano al otro lado de la sala.

—Claro.

—Gracias —respondió ella.

Leo deslizó el dedo por el guion.

—Primer tema: «¿Planificar demasiado arruina experiencias que deberían ser espontáneas?». Tú defiendes que sí.

Dante cerró los ojos durante un instante.

—Y tú defiendes que no —añadió Paula.

Leo levantó las cejas.

—Espera. ¿Tengo que defender la planificación?

—Exactamente.

—¿Con hoja de cálculo?

—Si quieres.

Dante se volvió hacia él.

—¿Necesitas ayuda?

—No te emociones. Puedo defender cosas equivocadas profesionalmente.

—Esa frase explica buena parte de tu carrera.

Leo se llevó una mano al pecho.

—Estás muy agresivo desde que tienes fans.

—Te autodenominas «Equipo Leo» por los pasillos.

—Porque alguien tiene que liderar.

Paula golpeó la punta del bolígrafo contra la mesa.

—¿Podéis guardar parte de esto para cuando empiece el programa? El objetivo es precisamente ver si sois capaces de construir un argumento sin depender de vuestra postura cómoda de siempre.

Dante volvió al guion. No le gustaba defender ideas en las que no creía, pero la regla estaba clara y el público lo sabría. Además, había un verdadero desafío en la propuesta. Argumentar bien no significaba limitarse a repetir la propia opinión con más seguridad.

Leo ya estaba tomando notas.

Dante se dio cuenta.

—¿Estás escribiendo?

Leo cubrió la hoja con la mano.

—No mires.

—No estaba mirando.

—Tus ojos seguían una trayectoria sospechosa.

—Llevas semanas diciendo que improvisas.

—Y tú llevas semanas suponiendo que improvisar significa llegar sin preparar.

Dante guardó silencio. Leo también.

Paula observó a los dos.

—Esto quizá resulte más educativo de lo que esperaba.

◆◆◆

La luz roja se encendió cuarenta minutos después.

Dante presentó el tema y explicó la regla. Leo se aseguró de recalcar que cualquiera que estuviera llegando en aquel momento debía entender que habían intercambiado las posturas.

—No quiero que alguien recorte treinta segundos de esto y los utilice contra mí dentro de tres años —explicó Leo al micrófono—. Hoy, por orden de producción, Dante va a defender el caos y yo voy a defender la civilización.

—Planificación no es sinónimo de civilización —corrigió Dante.

—Mira eso. Ya está abandonando el personaje.

—Y espontaneidad no es caos.

Leo se volvió hacia él.

—¿Has dicho eso sin sufrir?

Dante lo ignoró.

—La pregunta es sencilla: ¿planificar demasiado puede arruinar experiencias que deberían ser espontáneas? Hoy me toca defender que sí.

—Y a mí, aparentemente, me toca salvar al mundo de tu nueva personalidad.

Dante miró sus anotaciones. Había preparado tres argumentos. No porque estuviera intentando demostrarle algo a Leo.

Era un programa. Los programas requerían preparación.

—Planificar genera expectativas —empezó—. Cuantos más detalles decides de antemano, mayor es la posibilidad de pasar toda la experiencia comparando lo que está sucediendo con lo que imaginaste. A veces dejas de disfrutar lo que realmente ocurrió porque estabas esperando otra cosa.

Leo no respondió de inmediato.

Dante lo notó.

—¿Algún problema?

—No. Solo estoy intentando aceptar que esa frase haya salido de tu boca.

—Está en el guion.

—No lo está. Lo he comprobado.

Dante ocultó su satisfacción.

—Entonces quizá la haya pensado yo solo.

—Eso es preocupante.

—Tu turno.

Leo apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Planificar no significa decidir exactamente qué va a ocurrir.

Significa evitar que la experiencia se arruine por cosas previsibles.

Si vas a viajar, reservar un hotel no mata la espontaneidad.

Solo evita que tu aventura termine a las dos de la madrugada buscando habitación porque decidiste «ya veremos qué pasa».

Dante levantó ligeramente las cejas. Era un argumento mejor de lo que esperaba.

—Estás confundiendo planificación básica con exceso de planificación.

—No. Estoy diciendo que a la gente le encanta llamar espontáneo a algo que solo funciona porque una persona responsable resolvió las partes aburridas antes.

Dante casi sonrió.

—Eso parece personal.

—Hoy estoy de tu lado. Tengo que honrar la tradición.

—Estás haciendo un trabajo razonable.

Leo se volvió hacia él.

—¿Razonable?

—No lo estropees.

Leo miró a la cámara.

—Quiero dejar constancia de que eso ha sido un cumplido. Bia, recorta esto.

Dante continuó antes de que pudiera explotarlo demasiado.

—Hay un punto en el que planificar deja de facilitar y empieza a impedir. Puedes reservar el hotel. No necesitas decidir dónde vas a cenar todas las noches, la hora exacta de cada paseo y cuánto tiempo vas a permanecer en cada lugar.

Leo se quedó unos segundos mirándolo.

—Sabes que estás defendiendo esto demasiado bien, ¿verdad?

—Es la sección.

—Empiezo a sospechar que existe un Dante clandestino al que no conocemos.

—Está ocupado.

—¿Haciendo qué?

—No dando entrevistas.

Leo se rio. Bia señaló el monitor, indicando que los comentarios estaban aumentando. Dante evitó mirar. Ya había aprendido que seguir en tiempo real la reacción del público mientras hablaba era una excelente manera de pensar en tres cosas al mismo tiempo y no hacer bien ninguna.

Leo retomó:

—Planificar también permite libertad. Si sé que las partes importantes están resueltas, puedo improvisar con el resto sin estar pensando en lo que he olvidado.

Dante prestó atención. Aquello no sonaba como una frase inventada únicamente para la sección.

—Entonces tu argumento es que la estructura permite improvisar.

—Exactamente.

—Interesante.

Leo entrecerró los ojos.

—¿Estás sorprendido?

Dante vaciló un segundo.

—Un poco.

—¿Porque pensabas que entraba al estudio todos los días sin saber cuál era el tema del programa?

—Nunca he dicho eso.

—No hacía falta.

Dante podría haberle devuelto la provocación. En lugar de eso, miró la hoja que Leo había preparado. Había puntos, ejemplos, un orden de razonamiento y algunas palabras rodeadas con un círculo. Nada tan rígido como su propio guion, pero definitivamente tampoco era improvisación pura.

Leo se dio cuenta de dónde estaba mirando y giró la hoja.

—Privacidad editorial.

—Solo estaba observando.

—Observa menos.

Dante sonrió sin querer.

Leo lo señaló inmediatamente.

—Eso. Eso de ahí.

—¿Qué?

—Cuando no intentas ser gracioso.

—No estaba intentando ser gracioso.

—Exactamente.

Dante sintió desaparecer la sonrisa.

Leo volvió a reír.

El programa continuó con otras situaciones más breves.

En una de ellas, Dante tuvo que defender que cambiar los planes en el último momento podía mejorar una noche, mientras Leo argumentaba que avisar con antelación era una forma básica de respeto.

En otra, Dante sostuvo que un viaje sin itinerario podía revelar cosas que nadie encontraría en una lista preparada, y Leo respondió que alguien necesitaba al menos saber dónde estaba el aeropuerto para volver.

Cuanto más avanzaban, más se daba cuenta Dante de que Leo no construía argumentos lanzando frases al azar hasta que alguna funcionara.

Había estructura. Simplemente no era visible de la misma forma que la suya.

Leo escuchaba, encontraba el punto débil y respondía exactamente allí.

Cuando era necesario, abandonaba el camino preparado y construía otro sin perder el objetivo.

Dante ya sabía que era bueno delante del micrófono.

No se había dado cuenta de cuánto.

Cuando terminó la emisión, se quitó los auriculares mientras Leo se estiraba en la silla.

—Me ha gustado esta sección —dijo Leo.

—¿Porque has pasado cincuenta minutos fingiendo ser sensato?

—Porque he pasado cincuenta minutos obligándote a defender la alegría.

Dante juntó las hojas.

—He defendido espontaneidad moderada dentro de parámetros razonables.

Leo se quedó mirándolo.

—Eres capaz de destruir cualquier frase bonita.

—Es un servicio.

Paula entró para avisarles de que la reunión de contenidos del siguiente programa empezaría en media hora. Dante consultó el reloj.

—No nos va a dar tiempo.

Leo señaló la puerta.

—Hay un restaurante en la esquina. Comemos y revisamos el guion.

Dante vaciló. Normalmente habría preferido pedir algo para la sala y trabajar sin desplazamientos innecesarios, pero la propuesta era objetivamente más eficiente que esperar una entrega.

—Quince minutos para pedir, veinte para comer y diez para volver.

Leo lo miró fijamente.

—Has convertido el almuerzo en una operación militar.

—¿Prefieres llegar tarde?

—Prefiero descubrir cuánto tarda mientras ocurre.

—Esa filosofía es la razón por la que los aeropuertos inventaron los avisos por megafonía.

Leo se colgó la mochila al hombro.

—Vamos, Equipo Dante.

—No me llames así.

—Entonces camina.

◆◆◆

El restaurante estaba lo bastante lleno como para obligarlos a sentarse en una mesa pequeña junto a la ventana. Dante dejó la carpeta a un lado y abrió el guion después de que hicieran sus pedidos.

Leo lo miró.

—¿Pretendes trabajar mientras comes?

—Ese era literalmente el motivo por el que hemos venido juntos.

—No. El motivo era el hambre. El guion era la justificación corporativa.

Dante deslizó una hoja hacia él.