Emma: Entre Líneas y Sombras (Entre Líneas 2) 3
8%

3

Una Tormenta Silenciosa

Nunca he sabido explicar por qué algunos días parecen venir torcidos desde el amanecer.

Es como si la ciudad despertara antes que yo y decidiera, en silencio, que hoy tocará temblar.

Hoy es uno de esos días. Me despierto con la sensación de haber escuchado algo durante la noche.

No un ruido claro… sino el eco de una presencia.

Un sonido sordo, como si alguien hubiera rozado la puerta de mi dormitorio con los dedos.

Lo descarto. A veces la mente fabrica cosas para darle forma al miedo.

Sin embargo, cuando me levanto, noto el aire raro.

Denso. Como si la habitación hubiera guardado un secreto durante horas.

Me preparo sin prisa, intentando borrar la incomodidad.

Hoy dejo el cabello suelto, aunque sé que el flequillo intentará escaparse todo el día.

Me miro en el espejo. Hay una expresión en mis ojos que no reconozco del todo.

¿Es cansancio? ¿Es tristeza? ¿O es una advertencia?

No lo sé. Al salir al pasillo del edificio, me sorprende ver un pequeño objeto en el suelo, justo en el rellano.

Me agacho. Un botón. Negro. De abrigo masculino.

No debería estar ahí. Y, sin embargo, parece haber sido dejado a propósito.

Lo guardo en el bolsillo sin pensarlo. No quiero asustarme tan pronto.

Mientras camino hacia la parada del autobús, intento convencerme de que no es nada.

Que cualquiera del edificio podría haberlo perdido.

Que no siempre todo está relacionado con sombras del pasado.

Pero dentro de mí late cada vez con más fuerza, como un tambor escondido bajo la piel.

Cuando subo al autobús, Michael está allí, como siempre.

Me sonríe. Le sonrío. Su presencia me tranquiliza más de lo que debería.

Tiene esa calma extraña en los ojos, como si hubiera aprendido a escuchar más de lo que habla.

Pero hoy… Hoy creo que él nota en mí un desajuste.

—Buenos días, Emma —dice. —Buenos días —respondo, aunque mi voz suena un poco frágil.

Cuando me alejo hacia mi asiento, puedo sentir su mirada siguiéndome.

No de forma invasiva. Sino como si intentara entender algo que no alcanzo a decir.

La lluvia golpea las ventanas con más fuerza que otros días.

Londres parece encogerse, más gris, más pesada.

Es curioso… cuando Michael narra su mundo, seguramente ve una ciudad distinta.

Más amenazante, más oscura. Yo la veo… triste.

Como si lloviera para ocultar cosas. En la escuela, Sophie Calder me intercepta antes de llegar al aula.

—Emma… —susurra—. Hoy estás distinta. —¿Distinta cómo?

—pregunto. —No sé —dice, frunciendo el ceño—.

Como si hubieras dormido con un pensamiento pesado encima.

Me río suavemente para disimular, aunque no tengo ganas.

—Sophie, te lo juro, estoy bien. Solo cansada.

Ella no me cree. Sophie tiene esa habilidad molesta —y tierna— de leer más allá de mi voz.

Pero no insiste. Solo me toca el brazo, como una forma silenciosa de recordarme que está ahí.

A veces pienso que no merezco a gente así cerca.

A mediodía, mientras preparo la clase de arte, escucho un murmullo en el pasillo.

Me asomo. Nadie. Cierro la puerta. Y ahí lo veo.

En mi mesa. El dibujo del ojo. El mismo que había guardado ayer en el bolsillo de mi abrigo.

Pero mi abrigo está en el perchero del aula.

Y yo no lo he tocado desde que llegué. El papel, idéntico, está ahora frente a mí.

Exactamente doblado de la misma manera. Como si alguien lo hubiera colocado con cuidado mientras yo no miraba.

Se me corta la respiración. Lo cojo. Lo abro.

En la parte de atrás, con letra pequeña pero firme, alguien ha escrito: “No mires hacia atrás.” Mis dedos tiemblan.

No sé si me invade miedo o, peor aún, rabia: la certeza de que alguien ha estado cerca.

Demasiado cerca. Guardo el papel en el bolsillo y me giro rápido.

Nada. Nadie. Solo la sombra larga del final del pasillo.

Durante unos segundos, tengo la sensación de que Londres respira detrás de mí.

Como si la ciudad entera me observara. No sé por qué, pero pienso en Michael.

En la manera en que me mira, en su silencio atento.

En su intuición inquietante. Parte de mí quiere hablarle.

Contarle todo. Decirte que nada está bien, que mi vida lleva días siendo arrastrada.

Pero hay otra parte… esa que aprendió hace años a callar para sobrevivir…

que me obliga a seguir caminando como si nada.

Me acerco a la ventana. La lluvia cae más fuerte.

Más densa. Como si quisiera borrar huellas que aún no soy capaz de ver.

Y una idea se cuela en mi mente, tan silenciosa como inevitable: Quizá yo tampoco debería mirar hacia atrás.

Durante unos segundos me quedo inmóvil frente a la ventana, observando cómo la lluvia se desliza por el cristal en líneas irregulares.

Cada gota parece elegir su propio camino, desviándose, deteniéndose, desapareciendo en otra más grande.

Es curioso cómo algo tan simple puede absorber la mente.

O quizá no es la lluvia lo que estoy mirando.

Quizá es la excusa. Apoyo la mano en el marco de la ventana.

El vidrio está frío, ese frío de Londres que nunca desaparece del todo, ni siquiera dentro de los edificios.

El patio de la escuela está vacío. Las baldosas húmedas reflejan el cielo gris como un espejo roto.

A lo lejos, una papelera volcada se balancea ligeramente por el viento.

Nada fuera de lo normal. Y, sin embargo, en mi pecho el latido insiste, demasiado rápido.

El papel sigue en mi bolsillo. Puedo sentirlo.

No pesa nada, pero su presencia parece ocupar todo el espacio dentro de mi abrigo.

“No mires hacia atrás.” La frase vuelve a repetirse en mi cabeza con la misma calma inquietante con la que fue escrita.

No es una amenaza. No exactamente. Es peor que eso.

Parece… una advertencia. —Emma. La voz de Sophie me sobresalta.

Me giro demasiado rápido. Ella está en la puerta del aula con dos tazas de té en las manos.

Me observa con esa mezcla de curiosidad y preocupación que siempre consigue atravesar cualquier excusa que intente construir.

—Te he traído uno —dice, levantando ligeramente la taza.

—Gracias. Mi voz suena más baja de lo que esperaba.

Sophie deja la taza sobre la mesa y me mira unos segundos sin decir nada.

Su silencio es demasiado expresivo. —Estás muy callada hoy —murmura.

—Solo estoy concentrada. —Emma —dice ella con suavidad—.

Llevo años trabajando contigo. Sé cómo es tu cara cuando estás concentrada.

Intento sonreír. No funciona del todo. Ella suspira y se sienta en una de las sillas pequeñas del aula, cruzando los brazos sobre el respaldo.

—¿Tiene algo que ver con ese conductor del autobús?

La pregunta me pilla desprevenida. —¿Michael?

—Sí —dice Sophie—. El que siempre te mira como si estuviera intentando resolver un enigma.

Siento un calor incómodo subir por mi cuello.

—No me mira así. —Emma. Su tono es divertido, pero también paciente.

—Te mira exactamente así. No sé qué responder.

Una parte de mí quiere negarlo. Otra recuerda perfectamente la forma en que Michael me observa a veces, como si intentara escuchar lo que nunca digo en voz alta.

—Es amable —digo finalmente. Sophie ladea la cabeza.

—Eso no responde a mi pregunta. —Porque no había pregunta.

Ella sonríe. —Tocas muy bien el piano cuando quieres esquivar algo.

No puedo evitar reír un poco. Pero mi mente ya no está en esa conversación.

Está en el papel dentro de mi bolsillo. Y en la sensación persistente de que alguien ha estado demasiado cerca.

Sophie se levanta después de unos segundos.

—Solo quería comprobar que sigues aquí —dice.

— ¿Aquí? —Sí —responde—. A veces parece que tu mente se va a otro sitio.

La observo salir del aula. Cuando la puerta se cierra detrás de ella, el silencio vuelve a caer sobre la clase como una manta pesada.

Tardo unos segundos en reaccionar. Entonces saco el papel del bolsillo.

Lo observo otra vez. El ojo dibujado parece aún más oscuro que antes.

La pupila está sombreada con tanta presión que el grafito casi brilla bajo la luz del techo.

Paso el dedo por la línea. El papel cruje suavemente.

—¿Quién eres? —susurro sin darme cuenta.

La pregunta se pierde en el aire vacío del aula.

No espero respuesta. Pero el equilibrio se altera.

Un sonido. Muy leve. Viene del pasillo. Un paso.

O quizá solo una tabla del suelo moviéndose.

Me acerco a la puerta. La abro despacio.

El pasillo está vacío. Las luces blancas zumban suavemente sobre mi cabeza.

A lo lejos se escucha el eco de una clase recitando en voz alta.

Todo parece exactamente como debería. Y aun así, mi piel sigue erizada.

Vuelvo al aula. Guardo el papel en el cajón de mi mesa esta vez, como si esconderlo fuera suficiente para reducir su poder.

Pero cuando cierro el cajón me doy cuenta de un detalle que no había visto antes.

El lápiz negro. El mismo lápiz que encontré ayer.

Está allí. No en el lugar donde lo dejé.

Está colocado exactamente sobre el dibujo del ojo.

Perfectamente alineado. Como si alguien hubiera querido que los dos objetos se encontraran.

Mi respiración se detiene un segundo. No recuerdo haberlo puesto así.

No recuerdo haber abierto ese cajón desde esta mañana.

Y, sin embargo… ahí está. Un lápiz. Un ojo.

Una advertencia.  Cierro el cajón de golpe.

El sonido resuena demasiado fuerte en el aula vacía.

Durante un instante me quedo mirando la madera del escritorio, intentando ordenar mis pensamientos.

Podría ser una coincidencia. Podría ser un niño.

Podría ser mi propia distracción. Pero en mí ya hay una certeza que no duda: no lo es.

El timbre del final de la jornada suena entonces, cortando el aire como un cuchillo.

Las voces regresan. Las puertas se abren.

La escuela vuelve a llenarse de vida. Recojo mis cosas lentamente.

Cuando salgo al pasillo, los niños corren hacia la salida con esa energía caótica que siempre marca el final del día.

Yo camino más despacio. Intentando escuchar más allá del ruido.

Intentando sentir si esa presencia sigue cerca.

Al salir del edificio, la lluvia ha disminuido.

La ciudad respira de otra manera. Camino hacia la parada del autobús con el abrigo cerrado hasta el cuello.

Cuando el autobús aparece al final de la calle, mi corazón late un poco más rápido de lo normal.

No sé por qué. Quizá porque sé quién estará dentro.

Subo. Michael levanta la vista. Nuestros ojos se encuentran un segundo.

Solo un segundo. Pero su expresión cambia.

No es sorpresa. No es curiosidad. Es… reconocimiento.

Como si hubiera estado esperando ese momento.

—Emma —dice con voz tranquila. —Michael.

Dudo. Solo un segundo. Quizá debería decírselo.

Quizá debería contarle lo del papel. Lo del ojo.

Lo del lápiz. Pero el miedo vuelve a cerrarme la garganta.

Me limito a sonreír. —Hoy ha sido un día largo.

Michael asiente lentamente. Sus manos descansan sobre el volante.

—Sí —dice después de un instante—. Creo que lo ha sido para los dos.

No sé por qué esa frase me provoca un escalofrío.

Quizá porque suena demasiado exacta. Quizá porque, por un momento, tengo la extraña sensación de que Michael entiende lo que yo aún no alcanzo a ver.

El autobús arranca. Y mientras Londres vuelve a deslizarse tras el cristal empañado, una pregunta silenciosa empieza a crecer dentro de mí.

¿Y si el verdadero peligro no está detrás de mí? ¿Y si está sentado justo delante?