Embrujada y prófuga (Los misterios de Merlín 5)
© inepub.com
Capítulo 1
M e senté a la mesa de la cocina de la Estación Merlín con un café en una mano y, con la otra, revisé la base de datos de Merlín en mi portátil, como si estuviera a punto de descubrir una conspiración en vez de informes de incidentes atrasados y una queja sobre un «familiar mapache agresivo».
Que conste que yo estaba del lado de los mapaches.
Las cosas habían estado tranquilas en Gallows Gate durante las últimas tres semanas. Sin asesinatos, niños desaparecidos o directores malvados de Merlín intentando absorber mi energía divina. ¿O era una chispa? Mojo divino. Eso sonaba lo suficientemente dramático.
No me molestaba en absoluto que Lysandra hubiera explotado como una maldita piñata.
Se lo merecía. De hecho, ahora apenas pensaba en ella, lo cual ya era bastante impresionante, teniendo en cuenta que había intentado orquestar mi ruina profesional con el entusiasmo de una mujer que organiza un día de spa.
Su plan había fracasado. A lo grande.
Me había enviado aquí hacía semanas pensando que Gallows Gate sería mi fin.
Estaba clasificado oficialmente como un «distrito de contención mágicamente sensible».
¿Extraoficialmente? Era un vertedero sobrenatural con una tasa de homicidios superior a la media y una encantadora tendencia a que los edificios se incendiaran sin motivo alguno.
La mayoría de los Merlín destinados aquí fracasaban o morían.
Yo no hice ninguna de las dos cosas.
De hecho, me habían readmitido como Merlín de pleno derecho. Puesto permanente, placa, autoridad y código de acceso mejorado para la vinoteca.
Había vencido a las adversidades y sobrevivido a todo lo que Lysandra me había lanzado.
Incluso había sobrevivido a la maldición de Morven.
O debería decir, la maldición de Kael. O su esencia. O su divina rabieta incrustada en mi linaje. Todavía estaba pensando en la terminología correcta.
La verdad era que, por primera vez en mi vida, mi magia no se sentía como un extraño inestable que ocupaba espacio en mis venas. Se sentía como parte de mí: una extensión de mis huesos, mi aliento, los latidos de mi corazón.
Pero más fuerte. Mucho, mucho más fuerte.
Y sí. Me encantaba.
Me encantaba que respondiera cuando la llamaba, que no intentara matarme en represalia por existir y que vibrara bajo mi piel como si siempre hubiera estado ahí.
Pero no iba a decírselo a Kael. Esa deidad engreída se estaba atribuyendo demasiado mérito por lo que me estaba pasando. No lo había visto desde la noche en que Lysandra explotó en diminutos pedacitos de Merlín y eso me parecía perfectamente bien.
Estiré los dedos. Los hilos arcanos brillaron, seda roja fundida deslizándose por mis nudillos y enroscándose alrededor de mi muñeca como serpientes cariñosas hechas de luz.
Ahora respondían por puro instinto.
Sonreí. La maldición de Morven nunca había sido una maldición. Era energía divina y yo no había muerto a causa de ella como el resto de mi familia. La estabilicé. Evolucioné con ella.
Entonces, ¿en qué me convertía eso? ¿Qué tipo de hechicera arcana sobrevivía a la combustión divina y salía de ella mejorada? ¿Era arcana? ¿O era algo completamente distinto?
No voy a mentir y fingir que esas preguntas no me rondaban la cabeza las veinticuatro horas del día.
Bueno, eso es, en parte, mentira.
Porque mis pensamientos también estaban muy ocupados por cierto hombre alto, moreno e injustamente guapo, con ojos dorados, pelo negro y un cuerpo que parecía haber sido diseñado durante una fase de escultura divina particularmente ambiciosa.
Y tal vez así era.
Era un dragón. Un dracónido. Una criatura mítica de la que me habían asegurado que no existía, pero existía. Y con mucho entusiasmo.
Y, además, se había vinculado a mí.
Yo, una bruja con un linaje complicado. Él, un comandante de la antigua jerarquía de los dragones.
El Legado tenía opiniones sobre ese vínculo: opiniones violentas, desaprobadoras y muy escamosas, pero él me había elegido a mí en lugar de a ellos.
Y yo estaba intentando asimilar todo eso sin fundirme como un aparato mágico en una tormenta eléctrica.
Además, el sexo con un dracónido era…
Increíble.
Era el tipo de increíble que te hacía cuestionar la física y la gravedad, y si tu columna vertebral siempre había sido tan flexible.
Increíble hasta el punto de que se te ponían los ojos en blanco. Varias veces. Del tipo que te deja las piernas débiles, los pensamientos revueltos y la brújula moral girando sin control.
Debería haber una etiqueta de advertencia.
Supongo que tener más de tres siglos de edad te daba mucha práctica.
Oh, sí. Me gustaba el abuelo dragón, lo cual suena mal. Está mal. Pero no profundicemos en eso.
Crees que sabes lo que significa «química» hasta que te enrollas con un ser cuya temperatura interna probablemente podría abastecer de energía a un país pequeño.
En un momento dado, me preocupó de verdad que pudiera estallar en llamas. No en un sentido trágico, sino en un sentido de «vaya, esto merece la pena».
Ahora estaba enredada con un dragón que desafió a antiguos consejos por mí.
Era difícil mantener la cordura cuando alguien así te miraba como si fueras lo único en la habitación por lo que valía la pena quemar el mundo.
No voy a mentir. Me gustó que me eligiera a mí en lugar del Legado, en lugar de la ley. En lugar de siglos de tradición.
Eso le hacía cosas al ego de una chica. Cosas peligrosas…
Aparté ese pensamiento. Tenía que parar esto.
Era una bruja adulta con trabajo de verdad que hacer.
Misterios, anomalías mágicas, posibles conspiraciones del consejo.
En cambio, estaba aquí sentada reviviendo cómo se sentían sus manos en mi cintura y pensando en lo injusto que era que los dragones, al parecer, vinieran equipados de serie con una resistencia sobrenatural.
Lo cual, sinceramente, explicaba muchas cosas de los mitos. No era de extrañar que los caballeros no dejaran de aparecer. Probablemente por envidia.
—¿Por qué sonríes, Roja?
Levanté la vista.
Morty entró tranquilamente en la cocina.
Ya no se deslizaba, no tenía destellos ni contornos translúcidos.
Ahora era todo pasos firmes y el leve aroma del humo del cigarrillo.
Llevaba un traje azul marino de tres piezas al estilo de los años veinte, y sus zapatos lustrados resonaban contra el suelo de madera.
Llevaba el pelo peinado hacia atrás, con su habitual estética a medio camino entre mafioso y detective, y un cigarrillo colgaba de sus labios como si estuviera a punto de interrogar a alguien por contrabando de ginebra.
—Ah, sí —continuó, señalándome con el cigarrillo—. Estás pensando en el chico dragón. Se te nota en la cara.
Me aclaré la garganta y cerré los hilos arcanos, que obedientemente se fundieron de nuevo bajo mi piel.
—Estaba echando un vistazo a la base de datos de Merlín. A ver qué hay de nuevo.
—Mentirosa.
Tomó una taza y se sirvió café como un hombre que acababa de redescubrir el sentido del gusto y no pensaba desperdiciar la oportunidad. Luego apoyó la cadera contra la encimera.
—Tienes esa mirada —dijo.
—¿Qué mirada?
—La mirada de «podría levantar un edificio en press de banca y también, quizá, besar a alguien de forma dramática bajo la lluvia».
—Esa no es una mirada.
—Claro que lo es. La he visto en las películas. Normalmente justo antes de que algo explote.
—Eso podría describir cualquier momento de mi vida.
—¿Y qué pasa hoy? ¿Lo extrañas? ¿O estás planeando derrocar la antigua ley de los dragones otra vez?
Dio un sorbo y me miró entrecerrando los ojos por encima del borde de la taza.
—Ambas cosas —me reí.
Morty sonrió.
—Así se hace, chica.
Le giré el portátil hacia él.
—Mira. Nada. Tres semanas de silencio. Ya sabes lo que eso significa.
—¿Paz?
—Más bien aburrimiento.
Morty gruñó.
—¿No puedes dejarnos disfrutar de la paz ni cinco minutos?
Me encogí de hombros y tomé otro sorbo de café.
—Esto es Gallows Gate. La paz y la tranquilidad no son normales. Son sospechosas. Como un demonio sosteniendo una cazuela.
Dio una larga calada a su cigarrillo, mirándome a través del humo.
—Necesitas ayuda.
—Probablemente —dije con ligereza—. Pero no estamos hablando de eso. Incliné la cabeza.
—Hablando de necesitar ayuda… ¿vas a salir con Selene otra vez esta noche?
Morty se atragantó con el humo. Se atragantó de verdad.
—Sabes, cada vez que menciono a la vampiresa sexy y encantadora —continué con dulzura, porque soy una buena amiga—, te pones del color de una langosta demasiado cocida.
Se le puso la cara roja. De un rojo intenso, innegable, a medio camino entre un mafioso y un adolescente avergonzado. Me mordí el interior de la mejilla para no reírme.
Habían tenido varias citas en las últimas semanas y, por la forma en que apretó la mandíbula y se le desenfocó la mirada… sí: mi amigo se estaba enamorando. Y a lo grande.
Morty se recompuso y me dedicó una sonrisa que gritaba «desvío».
—Un caballero nunca habla de su dama.
Resoplé.
—Tu dama. Interesante elección de palabras.
Se hizo para atrás un poco.
—¿Qué tiene de malo eso?
—Oh, nada. —Me incliné hacia delante y me quedé mirando su cuello con una concentración exagerada.
Morty dio inmediatamente un paso atrás.
—¿Qué estás haciendo?
—Quédate quieto —dije, entrecerrando los ojos—. Estoy buscando marcas de mordiscos.
Sus orejas igualaron el tono de sus mejillas.
—No hay marcas de mordiscos.
—Mm-hmm. —Me incliné más hacia él —. Gira la cabeza.
—Ni hablar.
Jadeé dramáticamente.
—Dios mío. Te ha marcado.
—No me ha marcado —siseó.
Me endereché y di un golpe con la mano sobre la mesa.
—¡Ja! Entonces, esto va en serio.
Morty se pasó una mano por la cara.
—Eres imposible.
—Estás saliendo con una vampiresa —le espeté—. No finjas que esto no es divertido.
Intentó no sonreír. No lo consiguió.
—Te gusta —canté.
Me apuntó con el cigarrillo.
—Cuidado, Roja. Un comentario más y volveré a sacar el tema del hombre-dragón.
Me recosté en la silla como si me hubieran dado un tiro.
—Por favor, hazlo.