Capítulo 44
Príncipe Haakon III
Las diez de la mañana, el mediodía, las dos de la tarde: no hay diferencia, el cielo permanece cubierto por la noche. No sé qué me inquieta más: este silencio que precede a la guerra, que Stephan no haya despertado o mi preocupación por Ravena.
Sé que ella está bien.
No es, ni de lejos, la muchacha que conocí. Soy plenamente consciente de que se ha convertido en una mujer del norte, digna de sentarse en un trono y luchar por lo que quiere.
—Derretir las montañas con su presencia. Y congelar un volcán en erupción con su ausencia —dice una voz lejana en mi mente.
Pasa a una mujer, luego a otro hombre, y sigue así por siete voces distintas hasta que oigo la voz de mi abuelo, que se lo dice a mi padre, que me lo dice a mí.
—Repite lo que debe tener la mujer que elijas. —La voz fantasmal de mi padre retumba en mi mente.
—Derretir las montañas heladas con su presencia. —Contemplo las proyecciones voluminosas en el horizonte que anuncian el fin del norte—. Y congelar un volcán en erupción con su ausencia. —Vuelvo la mirada hacia las tierras que se extienden al sur, donde el límite lo marca un volcán.
—¿Has dicho algo? —Svar me mira.
—No. —Me pongo en pie.
Veo que todos me imitan.
—Señor —anuncia Laios, con la voz entrecortada—. Los líderes del parlamento y el ejército están marchando por la ciudad... pronto estarán aquí.
Asiento despacio. Sonrío a mis primos, los hijos de los hombres que gobernaron el Septentrión durante años y años.
—Nuestro ejército se retrasa. —Bjorn pone cara de pocos amigos.
—Escuchad, hombres, la voz de los ancestros —empiezo a pronunciar el discurso del rey y me detengo de golpe al ver a Raphael levantar el móvil—. ¿Qué es eso?
—Un móvil.
—Eso ya lo sé. ¿Para qué?
—Ethan me pidió que lo grabara todo y se lo enviara —explica Raphael.
Levanto las cejas y dejo la boca entreabierta.
—No va a venir, ¿verdad? —suspiro.
—Solo se ha retrasado. —Raphael vuelve a plantarme el móvil en la cara.
—¡Escuchad, hombres, la voz de los ancestros! —proclamo de nuevo—. ¡Aquellos que buscaron en el norte su hogar y fundaron un reino milenario que jamás podrá caer!
—¡RUUU! —gritan todos a una, alzando las manos.
—¡Si hay guerra, vuestro rey es el primero en ceñir la espada! ¡Cuando el enemigo avanza, es vuestro rey quien prepara el golpe! ¡Y en las filas, vuestro rey es el que va al frente, porque no teme a la muerte! —digo en voz alta, sintiendo que la garganta me arde.
—¡RUUU! —gritan de nuevo.
—¡Nosotros luchamos por la verdad! ¡Protegeremos lo que nos fue dado! ¡Y les arrebataremos a los usurpadores la sonrisa y lo que es nuestro por derecho!
—¡RUUU!
—¡Solo puede haber paz si el enemigo dobla las rodillas!
—¡RUUU!
—¡Solo venceremos cuando el último hijo del Septentrión sea libre! —Mi corazón parece a punto de estallar; todo mi cuerpo vibra al entonar las palabras que forjaron los antiguos.
—¡RUUU! —rugen y alzan el puño derecho.
—¡El Norte no caerá mientras su último hijo pueda respirar!
—¡RUUU!
—¡Y por la sangre, el poder y la fuerza de nuestros ancestros, recordaremos hoy y para siempre por qué esta tierra solo puede tener un señor, y este señor es el señor de la guerra!
—¡RUUU!
—¡Y de la paz!
—¡RUUU!
—¡Escuchad, hijos de los antiguos, aquellos que levantaron el imperio!
—¡RUUU! —responden, con los ojos anegados en lágrimas.
—¡Luchad por vuestro rey! ¡Pues vuestro rey luchará por vosotros!
—¡Por el rey! —gritan todos.
—¡Por el pueblo! —grito yo.
Dejamos a Ayslan con una de las armas en el ala hospitalaria y salimos limpiando el palacio de toda clase de gusanos que encontramos por delante.
No contamos con el ejército de Drü, no contamos con ayuda alguna: somos solo seis. Número suficiente para apostarnos en los pasadizos y derribar a diez, a treinta, a cincuenta que intentan cerrarnos el paso.
Cuando llegamos al vestíbulo de entrada del palacio, vemos la puerta abierta.
Ahí fuera hay un verdadero cerco: los miembros del ejército forman dos filas nutridas, una frente a la otra, abriendo paso en medio, por donde los líderes de la cámara desfilan, victoriosos.
—Que los ancestros nos acompañen. —Svar se ajusta el casco.
—No olvides que nosotros somos los ancestros de los que están por venir —respondo.