Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

Príncipe Haakon III

Despierto jadeando de un sueño. Siento el cuerpo empapado en sudor; la cabeza parece palpitar, a punto de estallar. Paso junto a Svar y Laios, que duermen en sus respectivos sillones, y salgo tambaleándome de la habitación hospitalaria.

La fiebre parece que va a hacer que mi cuerpo entre en convulsiones; se me nubla la vista y, en un parpadeo, parece que he recorrido la mitad del palacio, cuando solo he dado un paso.

¿O será que estoy caminando demasiado y procesando demasiado poco?

Mi cuerpo choca contra las paredes; me encuentro muebles y plantas por el camino, pero mantengo el ritmo, como si tirara de mí una cuerda o un imán.

Cuando me doy cuenta, estoy parado ante el corredor ancho donde están dispuestos los cuadros de los reyes. Aun sin moverme del sitio, tengo la sensación de estar en un barco, en la popa, en alta mar. Sacudiéndome, siguiendo la marejada, todo en movimiento.

—¿Estáis contentos?

No estoy seguro de haber hablado en voz alta. El sonido de mi propia voz resuena en mi cabeza, como si estuviera hueca.

—¿Estáis contentos? —repito, asegurándome de decirlo alto esta vez—. Era esto lo que queríais, ¿no?

Me tambaleo hasta el cuadro de mi padre, el que está en el extremo del corredor, casi frente al gabinete real.

—¿Fue por esto por lo que me obligaste a volver, papá? —Esbozo una sonrisa de escarnio. Hasta me parece ver mi propia cara al hacerlo—. ¿Querías humillarme? ¿Era tu último acto? ¿Acabar con el resto de dignidad que me quedaba?

Lo miro fijamente, de brazos cruzados, esperando la respuesta.

¿Me he vuelto loco? ¿Es eso? ¿He perdido completamente el juicio?

En un destello de sensatez, me doy cuenta de lo febril que estoy. Estoy delirando. Tengo que volver a la habitación.

Doy media vuelta y salgo tambaleándome por el corredor, de regreso a la habitación.

En el passado

—Siéntate aquí, Haakon, me gustaría contarte algo. —Mi padre señala el banco junto a su mesa.

Vuelve a sumergirse en una pila de papeles y me mira de vez en cuando, solo para asegurarse de que sigo donde me senté.

—¿Estás muy ansioso por el día de hoy?

Asiento con la cabeza, insistente.

—Es tu cumpleaños... estás creciendo... cada vez eres más inteligente. ¿Debería tu padre contarte una historia?

—¡Cuéntame una historia, papá! —Me agarro a la mesa con las manos; los ojos se me agrandan de expectación.

Siempre me encantó escuchar las historias de mi padre, sobre todo las que representaban nuestra cultura del norte.

—No se la contarás a nadie, ¿verdad? —se divierte—. Mi padre me decía una cosa cuando yo era pequeño...

—¡¿Qué?!

—Que, antes de nacer, nos encontramos personalmente con Dios.

Hago una mueca y empiezo a mirar la sala con inquietud.

—Y, al encontrarnos, Dios pregunta: hijo mío, ¿qué te gustaría realizar cuando estés en la tierra? —Ahueca la voz para «imitar» a Dios—. Puedes elegir tu gran obra, aquello por lo que quieres ser recordado, lo que dejarás de herencia a los que vengan después de ti.

—Mmm —pienso un poco.

—Y entonces cada persona le dice a Dios lo que desea.

—¿Qué aspecto tiene Dios, papá?

—Lo olvidamos al nacer, hijo —asegura.

—Mmm —vuelvo a pensar.

—Algunos antiguos dicen que Dios se parece a la persona que más amemos en la vida... pero esas ya son leyendas de los viejos...

Me encojo de hombros.

—Y, cuando le decimos a Dios lo que queremos, él responde: bien, si ese es el deseo puro de tu corazón, hijo mío, deberás nacer en tal lugar, en tal fecha, a tal hora. Solo así podrás realizar lo que tu espíritu más desea.

—¿Por qué?

—Porque los destinos extraordinarios exigen caminos difíciles.

Cuanto más simple es lo que quieres, menos dificultades tienes.

Y cuanto más grande es lo que tu corazón desea, más contratiempos tendrás en la vida —esboza una sonrisa alentadora—, pero al final...

Dios garantiza que tendrás todas las herramientas que necesites...

si naces en el lugar, la fecha y la hora correctos.

—¿Crees que nací en el lugar, la fecha y la hora correctos, papá?

Me observa con detenimiento. Me toca con los dedos y empieza a hacerme cosquillas.

—Feliz cumpleaños... —murmura.

Actualmente

—Tsk, tsk...

El chasquido de lengua me hace perder el equilibrio; tengo que agarrarme a un reloj de pie. Vuelvo el rostro despacio; parece que la tierra entera ha girado demasiado rápido.

—Tsk, tsk —repite.

—¿Tsk, tsk? —imito.

—Mírate. —Reconozco la voz de mi abuelo, Harold.

Me tambaleo, pero apresuro el paso. Cruzo el corredor en cuestión de segundos, solo para señalarlo con el dedo a la cara; a la pintura, en este caso.

—¿Que me mire yo? ¡Mírate tú! ¡Mira en qué situación nos has puesto! —reclamo.

Agarro los bordes del cuadro e intento arrancarlo de la pared, pero no lo consigo, por suerte para él.

—¿De verdad no has aprendido nada? —Es la voz de mi padre.

Es fantasmagórica, trémula; parece que vaga y se disuelve en el aire. El rostro de la pintura se mueve como una película con el soporte dañado, congelándose, avanzando fotograma a fotograma y no como vídeo.

—¿Y qué debía haber aprendido? —Levanto las manos y sacudo la cabeza.

Eso me desequilibra. El dolor me atraviesa de golpe. Siento que voy a caer al suelo.

Lentamente, los demás cuadros van cobrando la misma forma.

El rey Perkins se despereza de su sueño de más de mil años, Ovidio saca el farol que tiene detrás para iluminar el corredor, Odar intenta silenciar a sus caballos, porque estamos en plena noche.

—¿Qué debía haber aprendido yo? —rujo como un león.

Todos detienen de inmediato lo que están haciendo y me miran.

—Hijo mío, desde temprano intenté inculcarte la verdad profunda. Que es: cuando decides vivir tu destino, tu destino decide vivirte a ti. Cuando quitas los obstáculos que te impiden ser quien eres, tu destino quita los obstáculos que impiden que lo alcances.

—Qué bonitas palabras —aplaudo lentamente—. Madre mía, preciosas, ¡papá!

—Los reyes antiguos. —La voz de Meredith Kjaerlighet me hace volver el rostro hacia su cuadro—.

Los ancestros, los que vinieron antes que tú, no murieron, muchacho.

Viven en ti. Y, si te muestras digno, es decir, si sigues tu corazón, ellos te prestarán sus virtudes, sus dones, coraje, fuerza, poder...

Uno a uno asienten. Unos con muecas, otros con gritos de guerra; creo que Ovidio ha vuelto a dormirse.

—Pídeselo a ellos, Haakon —dice mi padre.

—¿Pedir? ¿Pedir qué? ¿No lo sabías? Pues te voy a dar la noticia, papá... soy un príncipe ilegítimo. Peor que un bastardo. ¡No tengo ningún vínculo con los reyes del pasado!

Al decirlo, es como si hubiera garabateado cada pintura o amenazado con rasgar los lienzos con un cuchillo o unas tijeras. Todos me miran como si eso fuera un disparate.

—¡No escuches las voces que intentan derribarte! —ruge Odar—. ¡Escucha a los antiguos!

—Nuestro reino es tu reino. Y tu reino es nuestro reino —me recuerda Meredith—. Nosotros somos uno contigo. Y tú eres uno con nosotros.

—Pide —murmura mi padre—. ¡Pide!

—Vosotros solo existís en mi cabeza. —Agacho el rostro.

—Y por eso eres el rey.

Esa voz me hace temblar.

Veo a mi bisabuelo, un hombre que ciertamente no está entre los cuadros de los reyes, porque nunca lo fue. Pero está a algunos corredores de distancia, por haber sido un gran general. Haakon Iovius Erick Harry II.

—Eres el rey, porque ahora vivimos en ti. Necios son los que creen que para ser rey basta con declararse rey o ponerse una corona en la cabeza... —Sonríe; sus dos manos me sujetan la cara—. Para ser rey hay que comportarse como uno. Y tú, muchacho, eres el rey.

—Díselo al Parlamento.

—Díselo tú —desafía—. Igual que ellos lucharon para construir este reino —recorre el lugar con la mirada junto a mí—, lucharán para que el reino y el rey sigan en pie.

Me dan ganas de reír. Pero lloro.

—¿Luchar? ¿Un ejército de fantasmas?

—¡Luchar! Dentro de ti. —Me toca el pecho.

—Juré protegerla. —Siento las lágrimas resbalar por mi rostro—. Le fallé. —Me refiero a Ravena.

Su respuesta es una sonrisa sincera. Se acerca a mi rostro y llega hasta mis oídos. Susurra algo que hace que se me dilaten las pupilas.

*

Despierto.

Es de mañana. Laios y Svar intentan impedirme que me levante.

—¡Su cabeza, Majestad, no haga movimientos bruscos! —Laios intenta retenerme en la cama.

Ni él ni Svar juntos son capaces de detenerme. Me levanto, imponiéndome a los dos, y miro la ventana, que reluce con la luz del sol. No me duelen los ojos, mi cabeza nunca ha estado en tan perfecto estado, mi cuerpo parece haberse renovado.

No siento fiebre, mi vista está perfecta y estoy decidido.

—Haks... —Svar me mira como si viera algo en mí.

—¿Qué pasa?

—¿Estás bien?

—Nunca he estado mejor. —Aparto la manta y piso firme en el suelo.