Capítulo 38
Príncipe Haakon III
Según la agenda, todavía nos quedaban dos meses de gira real.
El último mes transcurriría dentro del Septentrión; Ravena y yo dejamos la visita a cada estado del reino para el final, porque podía coincidir con su trabajo de parto y, como ya estaríamos en casa, todo sería más fácil.
Por desgracia, las últimas noticias nos obligaron a cambiar el plan por completo.
El avión real consiguió aterrizar en Florida para repostar y hacer algunas tareas de mantenimiento necesarias; originalmente pasaríamos diez días en Estados Unidos para después partir hacia Dubái.
Advertí a todos de que eso no ocurriría: cuando todo estuviera listo, volveríamos al Septentrión.
Ravena estuvo ingresada tres días; tenía la tensión muy baja y estaba sufriendo picos de estrés que no les harían ningún bien ni a ella ni a los bebés.
Cuando el avión estuvo listo, no esperamos ni un segundo más: sobrevolamos el océano y volvimos a casa.
—La buena noticia es que no va a tener que estresarse con Jemima. —Me cruzo de brazos.
—Eso sí que sería el fin. —Svar se mostró tan preocupado como yo—. El palacio ya está demandando a ese periodista de pacotilla por las mentiras que anda contando... pero no ha parado. Ha reunido a otros periodistas y está recibiendo el respaldo a coro de los republicanos.
—¿Es que esa gente no puede respetar a una mujer embarazada? —Me masajeo las sienes.
—¿Qué vas a hacer? ¿Vas a exhibir la prueba de paternidad? Tienes una, ¿no?
—Tengo una de antes del secuestro. —Me rasco la nuca.
—Bueno, ante la duda, te sugiero que te hagas otra ahora para restregársela en la cara a esos imbéciles.
—¡El príncipe está tan desesperado por asumir el trono que ha mantenido esta farsa durante más de seis meses! ¡Pero antes de que un rey sin legitimidad asuma y nos condene a un linaje sin ancestros, tenemos que actuar! —Katkins estaba cada vez más enfervorizado.
Conquistó espacio en todos los periódicos y programas de televisión y de radio. Después descubrí que su verdadero reducto estaba en internet, donde recibía cientos, a veces miles de compartidos. Y como a los medios les gusta tener audiencia, le estaban dando espacio al hombre.
—Si me das la orden, lo detengo. —Svar me sujeta por el hombro.
—¿Alegando qué?
—Delito de lesa majestad —dice sin pestañear.
—¿Y acaso yo soy rey? ¿Soy el jefe de Estado? —Me cruzo de brazos.
—Pero lo serás, en unos meses.
—No. No tenemos ese poder —reflexiono—. Y te desaconsejo pensarlo siquiera. En el Septentrión el delito de lesa majestad se paga con la vida; además, toda la familia cae en desgracia y el Estado se queda con todo lo que pertenece al menos a cinco generaciones de esa gente.
—¿No se cree muy bueno contando mentiras? Que las pruebe. Y, si lo declaran culpable, que pague por ellas —Svar parece decidido con el asunto.
—Pero él ya presentó una prueba, ¿no? Consigue ese análisis que anda enseñando por ahí. En el futuro volvemos a hablar del delito de lesa majestad.
—Vale, lo haré, Haks.
El avión aterriza. Svar es el primero en salir; se despide de Leon, pasa por delante del ejército y de la multitud de súbditos, coge el primer coche y se marcha.
—El tiempo está nublado y lluvioso —le aviso a Ravena al entrar en la habitación donde está descansando; Leon le estaba leyendo algo.
—¿Hemos llegado? —Parpadea—. No pasa nada, quiero bajar.
—Vale, el coche está esperando. —Me arreglo el traje y me ato el pelo.
En los últimos meses me he dejado crecer el pelo; ya daba para hacerme un moño samurái. Por primera vez en la vida me sentí tranquilo al respecto y a todos pareció gustarles.
—¿Vamos al palacio o a nuestra casa?
—El Consejo Real sugirió que fuéramos al palacio; además de un exhaustivo sistema de protección, allí tendremos a todo el equipo médico preparado.
—¿No podemos tener eso en nuestra casa?
—Sí, amor, podemos. Pero en cualquier momento tendremos que viajar a Drü, si el nacimiento de los bebés se adelanta. Desde el palacio llegamos más rápido. —Le acaricio los brazos, intentando calmarla.
Creo que la convenzo. Ayudo a Ravena a levantarse y la acompaño hasta la salida.
—¡Adiós, muchas gracias a todos por el trabajo intenso y la dedicación!
Estáis todos invitados al nacimiento de los gemelos en Drü, todo pagado por la corona —les dice al piloto, a los médicos y a los empleados que nos acompañaron en la gira alrededor del mundo—.
Puedo prometer eso, ¿verdad? —me murmura.
—Claro que puedes. —Le beso la coronilla.
—Señor, el protocolo real dice que el príncipe debe salir primero y la princesa detrás —me avisa uno de los loros, aprendiz de Laios.
—Métete el protocolo por el culo. —Sigo con el brazo entrelazado al de Ravena y la ayudo a salir de la aeronave.
—Señor, no vamos a tener espacio para protegerlo de la lluvia...
—Dame eso. —Le cojo el objeto de la mano y lo sostengo yo mismo.
Ayudo a mi esposa a bajar las escaleras; intento ignorar el viento y los gritos de todas las personas que nos esperan. El ejército está en posición; pasamos ante ellos lentamente.
—¿Leon? —Ravena vuelve el rostro.
—Hola, estoy aquí —dice él justo detrás de nosotros.
—¡Príncipe, bienvenido! —grita la gente.
—Princesa, coja las flores. —Se las ofrecen a Ravena.
—¿Los bebés están bien? —Es lo que más preguntan.
—¿No deberíais estar en casa? ¡Está lloviendo! —Me río y los saludo con la cabeza cuando Ravena se detiene a coger las flores.
—¡Hemos venido a ver al futuro rey y a la futura reina! —gritan y aplauden.
—Muchas gracias por el cariño. —Ravena aprieta las flores mojadas contra el cuerpo.
—Leon —vuelvo el rostro—, ¿crees que la Pastelería Lessa podría ofrecer un chocolate caliente y un pastel a esta gente? Mira, hace frío y está lloviendo...
—Llamaré en cuanto entre en el coche, Alteza.
—Leon, ¿vienes con nosotros?
—El protocolo no lo permite... —vuelve a avisar el polluelo de Laios.
—Vale. Pues entonces él viene. —Ravena tira de su primo por el brazo.
El conductor abre la puerta del coche; la primera en entrar es Ravena —otra cosa totalmente fuera del protocolo—: por orden debería ser yo, después ella y solo entonces el primo.
El conductor por fin entra y el polluelo de Laios se sienta en el asiento delantero.
—Al palacio de Skarsgard —aviso.