Embarazada del príncipe: Los gemelos que lo harán rey (Sangre Real 2) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Al final del día, entro en la habitación de Haakon —hay una reservada solo para mí, pero está ahí de adorno— y voy directa al vestidor a quitarme los tacones, guardar el bolso, el collar de esmeraldas y la tiara que llevaba.

Camino por la habitación estirando los pies para librarme de la sensación de opresión de los tacones.

—¿Amor? ¿Ya has llegado? —hablo alto, porque oigo un ruido que viene del baño.

—Estoy aquí, esperándote —dice.

Respiro aliviada al escuchar su voz.

Entro en el cuarto y lo veo tumbado en la bañera, con un cubo enorme de hielo con varias botellas dentro, un paquete abierto de bombones y algunas frutas bien cortadas y ensartadas en palitos, alrededor de una fuente de fondue.

—¿Alguna ocasión especial? —Me río y me acerco; me pongo de espaldas para que me ayude a quitarme el vestido.

—Cada día a tu lado es una ocasión especial. —Aprovecha y me lo quita todo, hasta el sujetador, y vuelve a tumbarse en la bañera—. Ven aquí.

Termino de desvestirme y entro despacio, me apoyo en sus manos y me tumbo sobre su cuerpo.

—¿Tienes hambre?

—¡Muchísima!

—¿Te apetece un zumo?

—Ah, pensaba que ibas a dejarme tomar una copa de champán...

—Te daré una bañera entera de champán dentro de unos meses, amor. —Me besa el cuello, agarra un kiwi, lo deja cubierto de chocolate y me lo acerca.

—¡Haakon! —protesto y me río cuando deja caer el chocolate templado por mi cuerpo.

—Perdona. Hoy estoy tan torpe... —Estira la cara y me da un chupetón en el pecho, le da un bocado a la mitad de la fruta y me pone la otra mitad en la boca.

—Mmmm, delicioso...

—¿¡A que sí!? —Me besa el hombro.

Sus manos grandes envuelven mi cuerpo, hacen que la espuma me cubra por completo y van masajeándome la cintura muy despacio.

—¿Qué tal lo he hecho?

—Has sorprendido a todo el mundo, menos a mí. —Ahora coge una fresa—. Que siempre supe de tu potencial.

—Gracias, amor.

Es mi turno de estorbarle y pringarlo bien de chocolate; acabamos casi peleando por el control de esa brocheta de fresa, como si fuera el último trozo de fruta de la tierra. El resultado: las dos caras salpicadas de chocolate.

—No tienes remedio, ¿eh? —Haakon me gira por completo para que quede de frente a él y me sienta en su regazo.

Lo primero que siento, y me asusta, es su polla contra mi ingle. Respiro hondo y sonrío, recibo su beso y me calmo un poco.

—No he preparado todo esto con segundas intenciones, si es lo que quieres saber. Solo quería celebrarlo.

—Está bien. —Le rodeo el cuello con los dos brazos.

—Lo echaba de menos, ¿sabes? El olor de mi mujer, el tacto suave de su piel. —Me lame el hombro y luego el cuello, y solo se detiene al llegar a mi oreja—. Echaba de menos tu sabor, tu manera de respirar...

—Quien nos vea pensará que llevamos un mes sin vernos, cuando dormimos juntos todos los días...

—Ah... y qué añoranza de tus ronquidos. —Cierra los ojos.

—¡Para! —Le doy una palmada en la espalda—. Hoy me he reído mientras lloraba por tu culpa y por esa dichosa «cerdita».

—Ronca para mí, cerdita —dice, y me mordisquea la punta de la nariz.

—¡Haakon, eres de lo que no hay! —Cierro los ojos y me parto de risa.

—Oinc. —Me lo hace al oído.

—¡Para! ¡Yo no sueno así!

—Sí que suenas así. Ven aquí. —Me calienta con el apretón de sus brazos y me besa los pechos, el trapecio, el cuello—. ¿Me has echado de menos?

—Sí, claro que sí. Eres el vínculo que aún mantiene mi cordura, ¿lo sabías?

—¿¡Justo yo!? ¿¡El tío más loco que debes de conocer!? —Me llena de besos.

—Quién lo diría, ¿eh?

Esta vez, al extender la mano, no trae una fruta. Tampoco coge una de las botellas ni los bombones. Me muestra el vibrador que me regaló y que hace ya algún tiempo que no uso.

—¿Crees que está bien?

—Creo que sí. —Cierro los ojos.

Siento cómo me alza el cuerpo con la fuerza de sus manos e introduce con cuidado el objeto ovalado dentro de mí. Había olvidado cómo era la sensación. Y no está nada mal.

Vuelve a sentarme contra su pene duro, me aparta el pelo mojado y me besa el cuello.

—¿Ya sabes tu agenda de mañana? —pregunta bajito; desde el móvil consigue reducir la intensidad de la luz del baño.

—Voy a visitar una residencia de ancianos y después... aaah. —Le clavo las uñas en la piel y abrazo su cuerpo al sentir el vibrador pulsar dentro de mí.

—Relaja. —Me besa los brazos y las manos.

Va girándome con cautela hasta que me doy cuenta de que estoy otra vez de espaldas a él, sintiendo un pulso lento e intenso dentro de mí; las manos de Haakon empiezan en mis pechos, sus dedos se mueven con cuidado por mis pezones, después baja con intensidad hasta llegar a mi vagina, encuentra mi clítoris con la otra mano y va tocándome sin parar.

—Tengo un encuentro con algunas mujeres de la nobleza...

—Va a ser un día muy ocupado —dice al pie de mi oído—. Y te esperaré, esta vez en la cama. ¿Crees que sabrás encontrarla si dejo pétalos de rosa por el camino?

—Aaaah, Haakon. —Siento su dedo entrar dentro de mí y empujar el vibrador un poco más hondo—. Sí, sabré...

—Hoy será espuma de jabón... pero mañana quiero chocolate por todo tu cuerpo. Quiero lamerte entera, hacerme una prueba de glucosa justo después y ver a mi médico caerse redondo al suelo.

Me río a carcajadas y solo paro cuando hunde aún más los dedos y siento bien dentro de mí el vibrador trabajar más rápido.

—¿Seguro que puedes comer chocolate? —pregunto.

—Puedo —responde frunciendo el ceño.

—¿Y seguro que puedes comerlo si está esparcido por todo mi cuerpo? —provoco.

—Seguro... —Haakon me mordisquea la piel y eso se convierte en un chupetón lento.

—Entonces tendremos una explosión de azúcar...

Haakon aparta sus manos de dentro de mí y empieza a acariciarme el cuerpo; sus dedos masajean cada centímetro de mi piel y siento que algo arde en mí, un deseo, unas ganas que pensé que no volvería a tener nunca más.

—¿Puede ser ahora?

—Mañana.

—Pero yo te quiero ahora —murmuro.

—Yo también te quiero ahora, Ravena. Pero vamos paso a paso... poco a poco... al ritmo adecuado...

—Está bien.

—Ahora come. —Me acerca un kiwi a la boca.

No sé si es que tengo tanta hambre o estoy tan loca que acabo chupándole los dedos; le limpio todo el chocolate pasando la lengua por su mano.

—No me puedo creer que estén dejando a esta embarazada pasar hambre... —Se ríe.

—Y ganas... —comento.

—Eres muy golosa...

—Tú me has malacostumbrado...

Su respuesta es aumentar aún más la intensidad dentro de mí y volver a acariciarme hasta que siento las piernas temblar y tengo un orgasmo.

No es tan arrollador como los otros que hemos tenido, pero es un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad.

Después de esta maravillosa sesión de terapia particular, echo una cabezada y disfruto del hidromasaje de la bañera.