Capítulo 10 – Diogo #2
Debería asustarme el peso de ese pensamiento, pero en cambio siento algo diferente.
Algo profundo e innegable. Un deseo que crece en el pecho, una certeza que se forma con cada latido del corazón.
Allí, con Héctor en brazos y esos ojos verdes que son el espejo de los de Marina, me doy cuenta de que quiero esta vida.
No solo hoy ni mañana, sino para siempre.
Quiero estar aquí, a su lado, protegiéndoles, cuidándoles, construyendo algo que nunca supe que deseaba hasta este momento.
—¿Estás bien, Diogo?
Me vuelvo hacia Marina y asiento. Ella le toca el pelo fino a Héctor y le da un beso.
—Voy al salón.
Le doy la espalda y camino despacio hacia fuera.
En cuanto llego, bajo el volumen de la televisión y me siento en el sofá.
—Héctor —murmuro, y para mi sorpresa, él abre los ojos de nuevo—.
Bonito nombre el tuyo, chaval. —Me siento un poco tonto hablándole a un bebé que no me entiende, pero me da igual—.
No te preocupes, no tienes cara de rodilla.
—Él refunfuña como si estuviera de acuerdo, y yo me río—.
No, que va. Tu madre te quiere muchísimo, ¿lo sabías?
—Le toco la manita y le noto aferrarse a mi dedo con fuerza—.
Eres muy fuerte. Solo no me rompas el dedo.
Sacudo la cabeza y sonrío. Debo de parecer un idiota de los buenos, pero no lo voy a negar: me siento de maravilla.
Como si llevara años esperando un momento así para sentirme completo.
Al fin y al cabo, siempre hice todo como debía: estudios, trabajo, familia.
Aun así, siempre sentí que me faltaba algo, un vacío que no sabía cómo llenar.
Pero ahora, aquí, no lo siento. Sonrío, aunque por un breve instante me viene a la cabeza que ese bebé no es mi hijo, que Marina no es mi mujer, y que todo esto que estamos viviendo es pasajero.
Suelto un suspiro triste. ¿Por qué tiene que ser así?
Acomodo mejor a Héctor en mis brazos y vuelvo a sonreír.
Marina podría haber cogido cualquier mono, pero eligió precisamente ese.
He ido a algún partido con Igor; siempre hay algún padre con su hijo compartiendo ese momento tan especial.
Nunca se me pasó por la cabeza que eso pudiera ser para mí, pero ahora me imagino yendo con Héctor.
Suena el timbre, y con el ceño fruncido me levanto. Voy al panel y para mi sorpresa, veo a Marcelo parado en la acera; el coche está aparcado junto al bordillo. Lleva una bolsa en la mano y… ¿flores?
Me quedo unos segundos mirando la pantalla, pero enseguida abro el portal para que entre. Desde la puerta principal le veo caminar por el sendero de piedra, y abro.
—¡Buenos días, Diogo!
—Buenos días, jefe —le saludo y le hago pasar—. Qué sorpresa.
—Espero no molestar —dice mirando a su alrededor, y entonces se vuelve hacia mí.
Mira a Héctor en mis brazos con cara de sorpresa—.
Quién lo diría, tu primer hijo. —Le evalúo intentando entender qué le ha traído aquí; quizás notándolo, continúa—: Iba al departamento y caí en la cuenta de que no te di ningún regalo.
—No tenía que molestarse —murmuro yendo a sentarme al sofá—. ¿Le apetece algo?
—No, solo he venido a dejar estos dos regalos —avisa, poniéndolos en la mesita del centro—. Y de paso, conocer a tu mujer y a tu hijo. La noticia me pilló completamente por sorpresa, Diogo.
—Sí, parece que a todo el mundo.
Asiente, y antes de que pueda añadir algo, mira hacia el pasillo a mi lado. Le veo recomponerse con disimulo. Me giro y veo a Marina; lleva un vestido de tirantes anchos de color amarillo. En cuanto se da cuenta de que no estoy solo, se detiene en seco.
—Perdona, creía que era la televisión.
—No —le impido que se vaya y le tiendo la mano. Tarda unos segundos, pero enseguida la coge—. Este es mi jefe, Marcelo Servat —presento, y noto que después de que los dos se dan la mano, Marina me mira con una expresión que en ese momento no sé descifrar—. Ella es Marina.
—Marina —repite Marcelo con una sonrisa—. Si me permite decírselo, es usted muy guapa, Marina.
—Gracias —responde, y me mira—. Voy a llevarme a Héctor para que habléis tranquilos.
—No hace falta —dice mi jefe, señalando los regalos—. Solo he venido a traer esto. Quise ser cortés; Diogo es uno de los mejores del departamento. Las flores son para usted, y lo de la bolsa es para el pequeño Héctor. Es un conjunto; lo eligió la dependienta. Yo no tengo ni idea de estas cosas.
—Gracias.
Miro a Marina, que intenta sonreírme, pero noto que está incómoda. Vuelvo a Marcelo justo cuando aparta la vista de ella.
—¡Bueno! —Marcelo mira el reloj de pulsera y luego a mí—. Me voy, que tengo una reunión.
Me levanto.
—Le acompaño a la salida.
Marcelo mira a Marina y le hace un gesto con la mano.
—Hasta luego, Marina. Ha sido un placer.
Marina le devuelve el gesto.
Salimos hasta la zona cubierta, y yo me quedo a la sombra protegiendo a Héctor del sol. Antes de irse, Marcelo me mira.
—¿Está todo bien con ella? Parecía incómoda.
Niego con la cabeza.
—Es tímida, y todo esto es muy nuevo para ella.
—Ah, entiendo. —Marcelo me tiende la mano y sonríe—. Hasta pronto. Tu hijo y tu mujer son preciosos.
Le veo irse y entro cerrando las puertas. Marina está en la cocina bebiendo un vaso de agua, pero al verme lo deja en el fregadero.
—¿Todo bien? —pregunto, acercándome—. Parecías incómoda con Marcelo aquí.
—No —niega, pero noto que miente. Quizás al darse cuenta, continúa—: No es nada.
—Marina, por favor. Puedes decírmelo.
Asiento y espero. Ella suelta un suspiro y se acerca con los brazos cruzados.
—No me ha caído bien —dice, y me sorprendo, aunque también me pica la curiosidad—. La manera en que habla no parece sincera, y esas miradas raras, como si me midiera de arriba abajo. No me gusta cuando me miran así.
—Lo entiendo perfectamente —respondo, y ella sonríe al quedar frente a mí. Le roza la mejilla rosada a Héctor; está dormido en mis brazos—. Ha sido la primera vez que viene aquí y la última. No te preocupes.
Ella asiente, aunque su mirada muestra lo confundida que está.
—Qué calladito está —comenta sin quitarle los ojos a Héctor—. Debería ponerle en la cuna; le vamos a malacostumbrar.
Marina sonríe, y yo no puedo evitarlo: le rozo la mejilla con el dedo. Lo deslizo por su mandíbula delicada y me permito rozarle los labios. Ella cierra los ojos, pero enseguida los abre y acerca la cara a la mía.
—Tengo muchas ganas de besarte ahora mismo, Marina.
Como respuesta, ella se muerde el labio y asiente con impaciencia.
—Yo también quiero tu beso, Diogo. —Su voz sale bajita, como si le diera vergüenza decirlo en voz alta—. Pero quizás primero deberías poner a Héctor en la cuna.
Asiento y doy media vuelta hacia el cuarto. Me acerco a la cuna y con extremo cuidado me inclino para dejar al pequeño tumbado. Él refunfuña, pero al final no se despierta. Me giro hacia la puerta y veo a Marina parada en la entrada. A zancadas largas y con urgencia, la abrazo.
Sus labios toman los míos con hambre, y la sensación es arrolladora.
Marina responde con la misma intensidad, como si llevara guardado este momento desde hace mucho tiempo.
La levanto, le rodeo la cintura con los brazos y camino a ciegas hacia fuera del cuarto; cuando mi mano nota la pared de enfrente, presiono nuestros cuerpos contra ella.
Marina rompe el beso y gime con descaro. Enseguida vuelvo a tomarme esos labios tan deliciosos. Le succiono la lengua con deseo y prácticamente me la devoro.
Noto sus manos subir por mi cuello, atrayéndome hacia ella, como si no quisiera dejarme ir, como si me necesitara tanto como yo a ella. El corazón me late con fuerza, y por un momento nada más existe: ni el mundo de fuera, ni las dudas, ni las barreras que he levantado a lo largo de los años.
Solo Marina y yo.
Cuando por fin nos separamos, nuestras miradas se encuentran, y veo en sus ojos el mismo brillo, la misma certeza que siento ahora.
—¿Qué me estás haciendo?
—¿¡Yo!? —parece genuinamente desconcertada, y entonces se le escapa una pequeña sonrisa—. Yo no estoy haciendo nada.
—Marina… —mi voz se traba.
—¿Sí…?
Quiero explicarle cómo me está afectando, desde que entendí que su presencia me remueve por dentro y no de mala manera. Sin embargo me siento inseguro, como si abrirme pudiera alejarla y estropear lo que estamos empezando.
Qué sensación tan contradictoria.
Sin querer decir nada más, vuelvo a besarla. Ella sube las manos a mi pelo y tira con fuerza; no para detenerme, sino para instigarme.
La sujeto firme entre mis brazos y aparto nuestros labios solo para llegar hasta el salón. En cuanto me siento manteniéndola encima de mí, Marina gime suavemente y apoya las manos en mi pecho.
—¿Te estoy haciendo daño?
—No —responde paseando las manos por mis brazos—. Es que… me arde el cuerpo.
Sonrío ante su sinceridad y dejo que mis besos desciendan por su cuello de piel suave.
—Yo me siento igual.
—Y-Ya lo sé… —esta vez ella me aparta y baja de mi regazo. Su mirada se tensa por un breve instante—. Y entiendo que necesites desahogarte —continúa con las mejillas encendidas. La frase me descoloca un momento—, pero si puedes esperar a que me recupere…
—¿Qué? —pregunto cuando por fin entiendo.
—¡Unas semanas! —dice rápido, con la respiración agitada—. ¡Perdona! Es que…
—¿Me estás comparando con mi hermano? —pregunto sin dar crédito, y de un impulso me pongo de pie.
¡Qué idiota soy! Claro que se está entregando a mí por algún tipo de obligación, y yo como un imbecil imaginándome una bonita historia.
—¡No! ¿De dónde sacas eso? No te he comparado. —Su voz dulce sale temblorosa.
—¡Claro que sí! Estás insinuando que soy un miserable abusador —suelto, y ella me mira horrorizada—. ¿Crees que la forzaría como ya hizo mi hermano?
En cuanto termino, me doy cuenta de que he ido demasiado lejos. Marina está paralizada, y su mirada me atraviesa como si fueran varios cuchillos clavándose en el pecho. Suelto un suspiro y, avergonzado, me quedo mirándola.
Al fondo escucho abrirse el portal, y sé que es Herbertina. Ella es la única que tiene copia de las llaves. Me paso la mano por la cara frustrado; el deseo se esfuma de golpe. La posibilidad de que Marina me piense capaz de algo así me deja completamente hundido.
Escucho otra voz junto a la de Herbertina, y cuando veo quién acaba de llegar, respiro hondo.