Capítulo 08 – Marina #3
Me mira con una mezcla de sorpresa y algo más que no consigo definir, pero no dice nada.
En cambio, su expresión se suaviza y esboza una leve sonrisa intentando tranquilizarme, aunque su corazón sigue latiendo a ese ritmo acelerado.
Es como si su pulso estuviera sincronizado con mi propio estado emocional, creando una conexión que no puedo ignorar.
Diogo parece dudar un momento, con los ojos fijos en los míos como si buscara palabras que no encuentra. El calor del abrazo todavía nos envuelve, y la proximidad hace que el mundo parezca un poco más sencillo, como si todas las preocupaciones quedaran en suspenso por un instante.
Con un gesto delicado, aparta el mechón que me ha caído sobre la cara.
Sus dedos rozan mi piel con una ternura inesperada, y la sensación es tan íntima que noto un escalofrío en el estómago.
Sus ojos, fijos en los míos, parecen buscar un permiso para algo más.
La tensión en el aire es palpable, y el entorno a nuestro alrededor parece desvanecerse, reducido a un pequeño espacio donde solo existimos nosotros dos.
Siento que el corazón también se me dispara, no solo por el calor del abrazo, sino por la intensidad del momento. Diogo inclina la cabeza despacio, y yo le acompaño; nuestras caras se acercan cada vez más. El espacio entre nosotros se reduce hasta que puedo notar su respiración mezclada con la mía.
Cuando nuestros labios por fin se encuentran, es un roce suave y vacilante.
El beso empieza con delicadeza, como si los dos exploráramos ese territorio nuevo con cuidado.
Es un beso cargado de emoción, una fusión de consuelo y deseo donde la intensidad de nuestros corazones parece encontrar un ritmo en común.
El tiempo se estira, y la preocupación y el dolor que sentíamos antes quedan momentáneamente reemplazados por una sensación de conexión profunda.
En cuanto nos separamos, le veo tragar saliva y soltarme.
—Perdona —murmura con la voz baja y llena de vergüenza. Se lleva la mano a la barba intentando disimular el bochorno—. Perdona, Marina. No sé qué me ha pasado.
El movimiento de sus dedos, frotándose los labios como si intentara borrar el beso, es casi un golpe directo al corazón.
Noto un nudo en la garganta y una oleada de tristeza mezclada con confusión. No debería sentirme así, pero ver a Diogo apartarse, como si el beso fuera algo de lo que arrepentirse, me encoge el pecho. La sensación de rechazo es sutil, pero persistente.
—No pasa nada. No tienes que disculparte —digo, intentando que la herida no se note en la voz—. Me voy al cuarto.
Diogo levanta la vista; hay una mezcla de sentimientos en sus ojos, pero lo que más resalta es el brillo del arrepentimiento. Se instala un silencio tenso entre nosotros, y el ambiente parece haber vuelto a su estado normal, con todas las preocupaciones y los miedos de regreso.
—Yo solo… —empieza, pero no encuentra las palabras.
Doy un paso atrás, intentando darle espacio a los dos para procesar lo que acaba de ocurrir.
—Buenas noches, Diogo —murmuro, esforzándome por mantener la voz en calma.
Diogo asiente despacio, y su expresión se suaviza un poco.
Aunque me tiemblan las piernas, le doy la espalda y camino hasta el cuarto.
En cuanto cierro la puerta, me llevo los dedos a los labios y sonrío.
Diogo me ha besado, y ha sido el mejor beso que he recibido en mi vida, a pesar de haber sido apenas un roce.
Me tumbo en la cama. Sentir sus labios en los míos, la barba rozándome la cara y sus brazos alrededor fue como flotar dentro de un sueño vívido.
Sin embargo, cuando se apartó y el arrepentimiento quedó claramente visible en su cara…
me sentí mal. Y entonces llegó la duda: ¿se arrepintió de haberme besado?
¿O la incomodidad venía de haber besado a la ex de su hermano?
Por un momento me pregunto si así es como me ve Diogo.
Me doy la vuelta en la cama, completamente incómoda con esa idea.
Quiero preguntárselo y conocer la respuesta.
Si actuó por impulso y me besó en el calor del momento, un beso que yo también acepté, le entiendo.
Al fin y al cabo, yo también quería besarle, quizás por culpa de las hormonas.
Pero me ofende pensar que Diogo, de alguna manera, sienta algo parecido al asco hacia mí.
Héctor empieza a quejarse en la cuna; su cuerpecito se mueve inquieto. Me levanto de la cama con cuidado y voy hasta él, meciendo su pecho suavemente con la mano. El calor de su piel contra la mía me da un consuelo momentáneo, e intento calmarlo con movimientos suaves y lentos.
Mi cabeza debería estar completamente centrada en cómo cuidar a mi bebé y en encontrar la manera de encauzar mi vida.
Pero, paradójicamente, mientras meco a Héctor e intento que vuelva a dormirse, mi mente no para de volver a Diogo.
Al beso, y a cómo me deja sin palabras, nerviosa, pero al mismo tiempo tan viva.
¿Cómo puede, en tan poco tiempo, hacerme sentir así?
¿Hacerme sentir protegida y completamente desorientada a la vez?
Mi bebé vuelve a dormirse y me aparto, regresando a la cama.
La noche iba a ser larga.