Capítulo 08 – Marina #2
Mientras como, Herbertina empieza a hablar de algo en lo que no consigo concentrarme.
Mi mirada no se aparta de Diogo, que claramente está haciendo un esfuerzo por mantener la compostura.
Siento una mezcla de curiosidad e inquietud ante su expresión cerrada.
Por un instante me pregunto qué estará pasando por su cabeza.
Parece tan distante, perdido en sus propios pensamientos, y eso me produce un vuelco en el estómago.
Bajo la vista por su cara justo en el momento en que se pasa la lengua por los labios.
Ese gesto me hace pensar: ¿cómo será besarle?
El pensamiento me hace tragar saliva, y sin que mi cuerpo me pida permiso, siento un calor subiéndome por las venas.
Con mayor intensidad en el vientre. Noto también que me arden las mejillas, y llevo los dedos disimuladamente a la cara.
Debo de estar loca, pero no consigo dejar de pensar en Diogo.
Herbertina, con su presencia cálida y su manera dulce, sigue hablando, pero sus palabras se vuelven un sonido lejano.
Solo puedo pensar en él. Tiene una mirada intensa, casi como si intentara resolver un enigma que no consigue descifrar.
Sus cejas se van frunciendo poco a poco, y puedo ver la tensión en sus músculos. ¿Se habrá dado cuenta?
Algo en su mirada me hace sentir que me está evaluando. Intento no dejarme llevar por los nervios y me centro en terminar la mousse. Cada cucharada se convierte en un pequeño ritual de consuelo, mientras el sabor dulce y cremoso me serena un poco.
—¿Me estáis escuchando? —Miro a Herbertina al mismo tiempo que Diogo—. ¿En qué estáis pensando?
—¡En nada! —tartamudeo, y al mirar a Diogo, le veo con expresión divertida—. Solo disfrutando de la mousse.
—Está buenísima —comenta ella, y a continuación mira a Diogo—. ¿Y tú? Sé que no te gustan los dulces, pero podrías probar un poco.
—Lo haré, gracias, doña Herbertina.
Al fondo escucho un llanto suave que empieza a crecer.
Dejo la copa en la mesa y antes de salir, miro a Herbertina, que tiene cara de "ya te lo dije".
Sonrío, me levanto y voy al cuarto. El llanto se hace más audible en cuanto empujo la puerta; la cuna está justo al lado de la cama. Me acerco y le cojo con cuidado.
—¿Qué pasa, mi niño? —pregunto como si fuera a responderme—. ¿Tienes hambre?
Me siento en la cama y le acuesto en mis brazos.
El movimiento le hace llorar más. Le mecho un poco más y le ofrezco el pecho.
Lo coge, pero enseguida lo suelta llorando.
Me pongo de pie e intento dárselo de nuevo.
Sigue llorando. Sin perder la calma, le tumbo en el colchón y compruebo si está mojado. Al ver que sí, empiezo a cambiarle.
Pasan los minutos y nada de lo que hago alivia el llanto. Entonces desde la puerta escucho a Herbertina llamarme; me giro hacia ella con alivio.
—¿Qué pasa? ¿No quiere mamar?
—No ha querido, y le he cambiado el pañal —le explico mientras ya está a mi lado—. Nada de lo que hago le calma.
—Déjame ver.
Le doy espacio y la observo darle unas palmaditas suaves en la tripita.
—¿Ves que está hinchada? —pregunta, y yo asiento—. Vamos a hacer esto.
La observo cogerle las piernitas y moverlas como si pedaleara en bicicleta.
No sé cuántos minutos estuvimos así, pero cuando Héctor dejó de llorar, supe que ya no le dolía nada.
Herbertina se despide avisando que va a prepararse para dormir, y me deja con mi bebé.
Me quedo con él en brazos incluso después de que se duerme, e inevitablemente pienso en Diogo, lo que me hace sonreír.
No puede culparme por querer tenerle en brazos.
Fueron tantos meses esperándole, y cuando por un momento creí que le perdía, mi mundo se derrumbó.
Suelto un suspiro y al fin le dejo acostado.
Me siento en la cama y mi mirada cae en el móvil roto encima de la mesita.
Lo cojo y analizo los daños: la pantalla está rajada y no enciende cuando pulso el botón lateral.
Suelto un suspiro y pienso en qué puedo hacer.
Necesito hablar con mi madre; quiero contarle lo de Héctor y preguntarle cómo está mi padre.
Todavía tengo esperanza de que él me acepte de vuelta.
Salgo del cuarto sin hacer ruido, y me choco de frente con Diogo. Está a punto de entrar en su cuarto, pero al verme se detiene. Mis ojos me traicionan y sin disimulo contemplo sus brazos enormes.
—¿Algún problema? —pregunta, y niego con la cabeza, alarmada.
Apurada, me llevo los dedos a un mechón y me lo coloco detrás de la oreja.
—Quería llamar a mi madre —respondo, y cuando mi mirada va al interior de su cuarto, recuerdo nuestra escena de antes. Sentir su pecho desnudo contra el mío, y el rostro tan cerca, fue una sensación nueva y completamente inesperada. Me sonrojo al instante—. ¿Puedo usar el teléfono?
—Por supuesto —dice con esa mirada intensa que de repente me provoca un calor por todo el cuerpo—. Estás en tu casa.
Le veo recorrer mi cara con los ojos con una intensidad que me eriza la piel.
—Gracias —digo intentando disimular la agitación en mi voz, y en un acto desesperado gesticulo hacia su cuarto—. Ahora ya puedes entrar.
Trago saliva, completamente tensa, mientras le miro fijamente. Él cruza los brazos y, para mi sorpresa, su mirada se vuelve divertida. Como si le gustara verme tan descolocada.
—Gracias por el permiso —dice con media sonrisa—. ¿Algo más?
En cuanto noto el tono de diversión en su voz, intento relajarme y desvío la mirada hacia el pasillo.
—No, gracias.
Asiente con la cabeza, todavía con esa sonrisa enigmática, y entra en el cuarto.
Le veo cerrar la puerta, y por un momento me quedo sola.
El corazón me late más deprisa, y sin entender muy bien por qué, se me escapa una sonrisa.
Camino rápido hasta el teléfono y, en cuanto me siento, suelto un suspiro.
Lo descuelgo y marco los números; cuando empieza a llamar, me lo llevo al oído.
Repaso mentalmente lo que voy a decir, hasta que la llamada se corta.
Frunzo el ceño, pero lo intento de nuevo.
—¿Mamá? —digo en cuanto me cogen—. ¿Mamá?
—Hola, Marina —responde en voz baja. Escuchar a mi madre me llena de emoción—. Estaba en la cocina, pero he salido al patio a cogerte.
—¿Está papá ahí? —pregunto entre ansiosa y curiosa.
—Ya se ha acostado —avisa, con la voz algo tensa—. Tiene gripe. Ya sabes cómo se pone cuando está enfermo, pero no te preocupes que pronto se recupera. ¿Dónde te has metido? Desapareciste.
Hace tanto que no vi a mi padre enfermo, aunque recuerdo que se vuelve muy quejica.
—Ha nacido mi bebé, mamá —le cuento, y noto su sorpresa al otro lado—. Es niño. Héctor.
—¡Un niño! ¡Dios mío!
—Sí, mamá —confirmo, sintiendo cómo se me llenan los ojos de lágrimas—. Se parece a mí de bebé… —Miro hacia el pasillo y lo encuentro vacío—. Mamá, no te preocupes por mí, estoy en casa de un amigo y…
—¿Un amigo? —La voz suena confusa—. No sabía que tenías amigos por ahí —murmura en voz baja—. Marina, intenté llamarte antes y no pude…
—Se me rompió el móvil —digo rápido, cortándola.
—Por favor, escúchame —me pide, y yo asiento como si pudiera verme—. Sé que no es lo que quieres oír, pero no pude mandarte el dinero que te prometí. Tu padre lo descubrió y no lo permitió.
Sus palabras me dan vueltas por la cabeza y solo asiento.
—No pasa nada, mamá, yo…
—Y quizás es mejor que no vuelvas —dice, esta vez cortándome ella a mí—. Sé que es duro de escuchar, y de decir también, créeme. Solo que no es un buen momento. —Me quedo varios minutos en silencio, asimilando esas palabras—. ¿Marina?
—A-Aquí estoy —respondo, y me seco las lágrimas—. Está bien, mamá. Lo entiendo.
—Bien. No llames tú; espera a que te llame yo.
Cuando voy a responder, ella cuelga. Me quedo sin comprender nada, con la mirada clavada en el teléfono. No sé si son imaginaciones mías, pero noté algo muy frío en su manera de hablar. Dejo el auricular en su sitio y me quedo inmóvil.
—¿Has podido llamar?
Me giro de golpe. Diogo está parado observándome, con los ojos serios e inquietos.
Me levanto y hago un gesto vago de que sí he podido hablar con mi madre, pero sé que él nota algo más en mi expresión.
Intento pasar a su lado, pero su mano firme me sujeta el brazo: un gesto de protección que parece más bien un ancla.
Mis ojos llorosos se encuentran con los suyos. Él tiene el poder de hacerme sentir a la vez segura y vulnerable, y sin poder contenerme, le abrazo de nuevo. Su olor es tan característico: algo que me da una sensación de cobijo inesperada.
—¿Qué ha pasado? —su voz es baja, pero la preocupación está ahí, debajo de cada palabra.
Cierro los ojos un instante intentando ordenar mis pensamientos y mis sentimientos.
La conversación con mi madre fue un torbellino de palabras no dichas y una sensación de abandono disfrazada de consejos.
Siento una punzada de dolor al recordar lo último que dijo, esas palabras que, aunque suaves, cargaban con el peso de la indiferencia.
—He hablado con mi madre —digo con la voz algo amortiguada por el abrazo—, pero no fue como esperaba.
Noto que Diogo me acaricia el pelo, un toque cariñoso, como queriendo reconfortarme.
Mientras el abrazo se prolonga, mi cara queda presionada contra su pecho ancho.
Siento el calor y la firmeza de su cuerpo, y de pronto noto algo que antes no había advertido: su corazón late deprisa, a un ritmo acelerado que contrasta con la calma que intenta transmitir.
—Lo siento mucho —dice con una sinceridad que se palpa.
Cierro los ojos y pongo la mano sobre su pecho, sintiendo cada latido fuerte y vibrante. El sonido de su corazón es como un tambor que se acelera con la tensión del momento, un testimonio silencioso de que, incluso detrás de su fachada de seguridad, él también está afectado.
—Diogo, ¿estás bien? —pregunto, levantando la cabeza para mirarle a la cara.