2 Alexei
Alexei
Riiing, riiing… Riiing, riiing… Riiing, riiing…
Aprieto los labios mientras me quedo mirando la pantalla del teléfono. Han pasado dos semanas y esta es la llamada que he estado esperando.
Sin embargo, ver el nombre del doctor Sokolov en la pantalla me provoca un nudo extraño en el estómago. Es una sensación que no me gusta. He pasado años sorteando cada obstáculo que se ha cruzado en mi camino, ¿pero esto? ¿Esta única cosa? No puedo controlarla.
Deslizo el dedo por la pantalla para aceptar la llamada, presionando con fuerza el pulgar contra el dispositivo.
—¿Pakhan? —La voz de Sokolov es cortante, profesional, pero percibo la tensión que subyace en ella.
—¿Confirmación? —pregunto, manteniendo la voz nivelada a pesar del agudo pico de anticipación que me roe el pecho.
—Embarazo confirmado —responde de inmediato, con unas palabras tan frías como esperaba que fueran—. Sin complicaciones. Procederemos según lo previsto.
Durante un momento, me quedo ahí sentado, asimilando sus palabras.
Debería sentirme victorioso. Esto es lo que he estado esperando: el heredero que necesito, los cimientos de mi poder, lo que asegurará mi futuro y silenciará cualquier disidencia dentro de la bratva.
Pero, en cambio, se siente... complicado.
—Bien. Esto es exactamente lo que necesitamos.
Espero a que diga algo más, pero no lo hace. Su silencio me da ganas de partir el teléfono por la mitad. No necesito más informes fríos y distantes por su parte. Necesito algo más.
—¿Seguirá vigilando su estado? —pregunto con palabras precisas, demasiado controladas.
—Está bien. Todo está como debería.
Hago una pausa, absorbiendo el peso de la confirmación. El heredero. El linaje. Todo está encajando.
Y, sin embargo... la presencia de Anya lo complica todo.
—Gracias —digo con brusquedad.
—Como siempre, Pakhan —responde él con voz neutra.
La llamada termina abruptamente y me quedo sentado un momento más, mirando la pantalla. Se me oprime el pecho mientras proceso la noticia. El heredero está en camino. Pero las complicaciones no son solo externas; están dentro de mí y no puedo negarlas.
No tengo tiempo para esto. Descarto esos pensamientos y marco el número de Pavel.
—¿Pakhan? —La voz de Pavel llega de inmediato, afilada, como si hubiera estado esperando mi llamada.
—¿Dimitri sigue moviendo ficha? —No necesito preguntar. Sé la respuesta.
—Se está reuniendo con contactos de Moscú, cuestionando su liderazgo. Está utilizando su dependencia de la hermana de Katerina como una debilidad.
—Deja que hable —respondo, endureciendo el tono—. Me subestimará. Lo único que hace falta es mostrar mi fuerza.
—Pero esto ya no son meros cotilleos, Pakhan —añade Pavel—. Ahora le está desafiando abiertamente.
Aprieto el puño alrededor del teléfono, reprimiendo mi ira. No importa. Dimitri no es nada.
—Anya se mudará a mi finca. Por su seguridad.
Oigo cómo a Pavel se le corta ligeramente la respiración, pero no discute. Sabe exactamente a qué me refiero. Sabe que no se trata solo de su seguridad; se trata de control. Ella también lo intuyó cuando rechazó mi oferta, estoy seguro. Pero ahora tiene que saber que esta mierda va en serio.
—Como diga, Pakhan —responde Pavel, con una voz que denota aceptación. —Yo me encargaré.
Bajo el teléfono lentamente, tamborileando con los dedos en el borde del escritorio. La decisión está tomada. Anya se quedará conmigo. La mantendré bajo mi vigilancia.
—Muy bien —murmuro antes de terminar la llamada.
Apenas he recuperado el aliento cuando el timbre del teléfono vuelve a estallar en el aire.
Anya. ¿Ya? Pavel se mueve rápido.
Se avecina el peso de su reacción, y sé que será una batalla. Es la única que me desafía. La única que no se somete.
No acabo de decidir si respeto eso o lo odio.
Deslizo el dedo por la pantalla y respondo a la llamada, pero antes de que pueda siquiera hablar, su voz corta el aire, aguda y exigente.
—Alexei —espeta, y siento un destello de satisfacción—. ¿Qué demonios es esto? ¿Por qué cojones voy a mudarme a tu casa? Te dije que no.
Me permito una pequeña sonrisa, reclinándome en la silla. La satisfacción de conocer su reacción incluso antes de que hable se siente como una pequeña victoria. Ya está enfadada, ya se resiste. Pero ya he jugado a este juego antes y sé exactamente cómo ganar.
—Por tu seguridad —respondo con fluidez, con voz calmada, uniforme. Es un tono ensayado, el que utilizo cuando necesito mantener el control, cuando necesito que escuche el razonamiento que subyace a mis palabras—. Estarás más segura conmigo.
—¿Más segura? —Su tono sube con incredulidad—. ¿Crees que voy a quedarme sentada en tu prisión mientras juegas a tus juegos de poder? No necesito tu protección, Alexei.
Sus palabras escuecen más de lo que esperaba.
No había previsto la agudeza de su ira, ni el desafío puro y sin filtros de su voz.
Pero suprimo la punzada de fastidio. He estado en situaciones peores que esta.
He hecho que hombres suplicaran por su vida.
Pero ¿Anya? Ella es un tipo de desafío distinto.
Uno que no voy a dejar que se me escape de las manos.
—No hace falta que la quieras —digo, con voz más fría ahora, asegurándome de que el filo de mi autoridad le haga oír cada palabra—.
Pero no es una petición, Anya. Se trata de tu supervivencia.
Llevas a mi heredero. No voy a perderte de vista mientras Dimitri o cualquier otro te tenga en el punto de mira.
Oigo cómo se le entrecorta la respiración, un leve temblor en sus palabras. Pero no retrocede.
—No intentes que esto parezca otra cosa —me espeta con la voz cargada de veneno—. Me estás controlando, Alexei. Te veo venir. Solo usas esto como excusa para tenerme bajo tu mando.
Sus palabras son como una bofetada y, por un momento, siento que algo se me encoge en el pecho. He tenido el control durante tanto tiempo que su resistencia logra sacarme de quicio. Pero no puedo dejar que lo vea. No puedo dejar que nadie lo vea.
Aprieto la mandíbula, entrecerrando los ojos mientras me inclino hacia delante en la silla, con una calma peligrosa en la voz.
—No te estoy utilizando, Anya —digo, bajando la voz, mezclando la autoridad con algo mucho más gélido—.
Llevas mi sangre. Mi futuro. Esta es la única forma en que estarás a salvo.
Lo sabes. Lo que estás haciendo conlleva un peligro. Lo sabes tan bien como yo.
Se produce una larga pausa. Casi puedo oír su mente trabajando, intentando luchar contra las palabras que le estoy soltando. Y entonces, vuelve a hablar, más bajo ahora pero con una vacilación que no me pasa desapercibida.
—No quiero tu futuro —espeta, con voz todavía afilada pero flaqueando ligeramente—. No quiero estar aquí.
Dejo que las palabras floten en el aire entre nosotros. Su resistencia, su ira, es lo que la hace tan malditamente fascinante. Sé cómo doblegarla, pero por alguna razón, no quiero hacerlo demasiado rápido. Todavía no. Hay poder en verla luchar.
Suavizo la voz solo un poco, aunque la manipulación sigue ahí, densa e innegable.
—No tiene por qué gustarte —digo, recostándome en mi silla, dejando que mi voz adquiera cierta fluidez, un encanto que he perfeccionado tras años obteniendo lo que quiero—.
Pero esto es lo mejor para ambos. Necesitas que te proteja, Anya.
Y te guste o no, soy el único que puede hacerlo.
Aceptaste esto, por tu hermana, conociendo los riesgos. ..
Oigo que se le vuelve a cortar la respiración y es suficiente. Sé que la tengo. Un poco más y la tendré por completo.
—No seré tu marioneta, Alexei —dice con voz baja y tensa, pero percibo la lucha en su tono.
Aún no se rinde.
Sonrío, con la victoria casi al alcance de la mano.
—Nadie te pide que lo seas —digo, y mi voz se suaviza hasta volverse algo más peligroso, más íntimo—. Eres libre de tomar tus propias decisiones. Pero vivirás bajo mi techo hasta que esto termine. Eso no es negociable.
Durante un largo rato, solo hay silencio al otro lado de la línea. Espero, observando cómo parpadean las luces de la ciudad afuera, el mundo extendiéndose ante mí como si estuviera bajo mi mando. Y, al poco tiempo, ella claudica.
—Está bien —masculla, con la voz tensa por el peso de su aceptación a regañadientes—. Pero no creas que esto significa que te lo voy a poner fácil.
Sus palabras me llegan como una victoria. Me recuesto en la silla, permitiéndome una sonrisa de autosuficiencia. —No lo querría de otra manera.
Y entonces, dice algo inesperado, algo suave pero lleno de esa combatividad que he aprendido a respetar.
—Nunca seré mi hermana, Alexei.
La línea se queda en silencio mientras espera mi respuesta.
Dejo que el silencio cuelgue entre ambos, saboreando el peso de sus palabras.
Cree que la estoy usando, controlándola, pero aún no ve el panorama general.
No ve que hago esto por su supervivencia, por mi futuro, por todo lo que ambos podríamos perder.
Pero hay algo más en sus palabras, algo crudo y real que remueve algo más profundo en mí. No es su hermana. Nunca lo será. Y quizá eso sea lo que hace que esto resulte tan condenadamente complicado. Pero también es lo que la convierte en lo más peligroso de mi mundo.
—No eres tu hermana, Anya —digo finalmente, con voz baja y firme—. No eres un reemplazo. Pero sigues llevando mi sangre. Llevas mi futuro.
Y eso, lo sé, es algo que ella nunca podrá ignorar.