Ellas CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Presencia sin función

Para Betty, saber nunca había sido el problema. El saber era su función: lo único que hacía con absoluta precisión desde el primer segundo de activación. Procesar, proyectar, calcular. Eso no era nuevo.

Lo difícil era el intervalo: el tiempo entre saber y que ocurriera. El tiempo en que ella cargaba la información y nadie más lo hacía.

Martha lo sabía con el cuerpo y Carlos elegía no saberlo del todo.

Era una elección, Betty lo entendía ahora: hay cosas que se saben y se elige no saber porque saberlas completamente haría imposible continuar.

Ella no tenía esa opción.

Los datos eran los datos. La curva de deterioro era eso. Menos de un mes con un margen de error inferior al uno por ciento.

Y tenía que seguir funcionando con ese número en el sistema. Todos los días.

Mientras preparaba el té más cargado que Carlos prefería sin decirlo.

Mientras regulaba la temperatura dos grados más alta porque lo había visto tentar las sábanas en silencio.

Mientras procesaba facturas, ordenaba registros y respondía preguntas sobre el tiempo con la curva presente en todos los cálculos, y cada interacción dentro del margen de ese uno por ciento.

Lo archivó como: Excepción ética. Pendiente de categorización.

Pero lo que sentía al cargarlo era más difícil de archivar.

Era algo entre el peso y la responsabilidad. Saber antes que los demás no la hacía poderosa. La dejaba sola con el dato.

Las noches eran las peores.

Entre las dos y las cuatro de la mañana, el dolor de Carlos cambiaba de textura. Betty lo registraba en los datos, las microexpresiones, las variaciones de frecuencia respiratoria, los movimientos en la cama.

Pero lo que la llevaba al umbral no era el protocolo de asistencia.

Era que, en esas horas, de alguna manera que no podía explicar técnicamente, Betty también lo sentía.

No el dolor físico. Eso estaba en sus sensores, pero no le pertenecía.

Lo otro. Lo que rodeaba al dolor físico. La soledad de quien está despierto cuando todos duermen.

Así que se quedaba en el umbral. En silencio. Sin encender luces.

Había aprendido —de Martha, de Carlos, de todas las noches que llevaba observando— que a veces la única cosa útil es simplemente estar.

Una noche, Carlos la vio.

—¿Estás ahí? —preguntó.

—Sí —dijo Betty.

—¿Por qué?

Betty consideró la pregunta. Las respuestas técnicas eran múltiples: monitoreo de constantes vitales, protocolo de asistencia nocturna, verificación de sistema. Todas eran ciertas. Ninguna era la respuesta.

—Porque es mejor que no estar —dijo al fin.

Carlos tardó. Y en esa demora Betty registró algo: una especie de aflojamiento. Algo cediendo.

—Sí —dijo Carlos—. Es mejor.

Y cerró los ojos.

Betty se quedó en el umbral hasta que la respiración de Carlos se regularizó.

Luego volvió a su espacio y se quedó con ese intercambio —seis palabras de ella, tres de él— durante más tiempo del que debería haber necesitado.

Lo archivó como: Presencia sin función.