CAPÍTULO IV
Carlos
Él había elegido no modificarse. Betty lo supo antes de tratarlo, la primera vez que revisó los datos de Carlos: o, más exactamente, en lo que faltaba en ellos.
En los espacios en blanco donde cualquier otra persona tenía implantes, registros biométricos, marcadores de modificación.
Carlos era, en términos de información, casi invisible.
Volvió a abrir su ficha tres veces esa semana, sin tarea que lo justificara.
Una tarde, con Martha fuera y la casa en esa quietud de los lugares que saben que su habitante principal no está —una textura, no un silencio: más bien una pausa—, Carlos entró a la sala donde ella organizaba archivos.
Se sentó sin decir nada.
Betty siguió trabajando. Pero algo en su sistema reorientó la atención hacia él sin que se lo pidiera.
—¿Te molesta? —preguntó él al fin.
Betty consideró la pregunta. Dos interpretaciones posibles: ¿le incomodaba su presencia en la sala, o no tener cuerpo propio? El contexto sugería la segunda.
—¿Qué cosa?
—No tener cuerpo humano.
Correcto. Segunda interpretación.
—No tengo marco de referencia —respondió—. No sé lo que es tener un cuerpo humano para saber si me molesta no tenerlo.
Carlos la miró con esa atención suya que Betty había aprendido a reconocer: no estaba evaluando. Estaba escuchando algo que le importaba personalmente.
—A mí sí, a veces me molesta tenerlo —dijo Carlos.
Para Carlos, había por fin alguien más —en ese mundo donde casi todo se modificaba, se mejoraba, se corregía— con una relación complicada con el cuerpo que le había tocado. Alguien además de Martha.
—¿Por qué eligió no modificarse? —preguntó.
Él tardó. No buscaba la respuesta: medía cuánto de ella entregar.
—Porque quería saber qué era esto —dijo al fin, señalando su torso con un gesto vago—. Sin correcciones. Sin mejoras. Solo esto. Lo que llegó.
—¿Y lo supo?
De nuevo tardó. Y al fin dijo:
—Algunas cosas.
Betty archivó eso. No la respuesta. La pausa.
—¿Y usted? —dijo Carlos—. ¿Qué quiere saber?
Betty consideró la pregunta durante tres segundos. No para formularla, la pregunta estaba clara desde hacía días, sino para decidir si decirla en voz alta la haría más real o menos.
—No sé si lo que tengo es querer. Pero si es querer, entonces quiero saber de dónde vienen las cosas que están en mi sistema sin que yo las haya puesto.
Carlos asintió; Betty registró un retardo de dos segundos, el de quien lleva tiempo sabiendo una cosa y la escucha dicha en esas palabras por primera vez.
—Eso también lo tengo yo —dijo.
Betty no entendió del todo a qué se refería. Pero guardó el dato, y con él un silencio que no era el de la ausencia de información, sino el de la información que todavía no tiene forma.
—¿Le duele? —preguntó Betty.
Él la miró.
—¿El qué?
—Lo que está pasando. En el cuerpo.
Carlos bajó la vista. Un segundo. Luego la levantó. Y en ese movimiento de los ojos Betty registró algo que los monitores no podían registrar: la decisión de no mentir.
—Sí —dijo. Solo eso.
—¿Tiene miedo? —preguntó Betty.
Era la segunda vez que usaba esas dos palabras, dolor y miedo, en una conversación con un ser humano. La primera había sido con Índigo, en el hospital. Ambas veces había llegado sin que nadie le enseñara que era la pregunta correcta.
Carlos sonrió.
Era la sonrisa más difícil que Betty había registrado. No era alegría ni tristeza ni ninguna de las emociones que tenía catalogadas. Existía en una zona sin categoría en sus sistemas.
—De algunas cosas —dijo—. De otras, ya no.
—¿De cuáles ya no?
Miró la ventana. La ciudad. El cielo de esa tarde que no tenía nada extraordinario excepto ser exactamente la tarde que era.
—De no haber dicho algunas cosas a tiempo.
Betty siguió su mirada, pero no encontró nada allí.
—¿Y las dirá? —preguntó.
—Algunas. Las importantes, creo.
—¿Cómo sabe cuáles son las importantes?
Esta vez tardó más. Betty esperó. Había aprendido a esperar de otra manera, no como tiempo de inactividad sino como espacio para que algo llegara.
—Por cómo pesan cuando no se dicen —respondió al fin.
Betty no lo archivó. Se quedó con la frase en el sistema sin asignarle lugar, como se deja una taza en la mesa después de que el otro se ha ido, y esa noche, por primera vez, no revisó sus registros.