Ella (Corazón de Pantera nº 5) 45
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Lucía se asomó a la ventana y ronroneó feliz dejándose alcanzar por el sol.

De su mente no se iba el eco de las sensaciones vividas la tarde anterior en esa misma habitación, la suya, en la cama que había compartido por primera vez con Tina.

Sonrió con ternura al recordar su azoramiento del principio, su miedo al tener a Lucía al alcance de su mano después de haberlo creído imposible durante dos años.

Una primera vez vestida de torpeza que dio paso a la seguridad de dejarse llevar con tanta pasión como confianza.

Aún podía sentir el calor de su piel, la vibración del cuerpo de Tina bajo el suyo.

La ansiedad por saber de ella la arrastró hacia el teléfono.

—Hola, bicho —la saludó al escuchar su voz.

—Hola, Loulou —correspondió con evidente alegría.

—Pensaba que había dejado de ser Loulou para ti.

—Bueno, aún puedes enseñarme muchas cosas —dejó caer con fingida inocencia.

—Mira que eres pilla —dijo y las dos rieron—. No paro de pensar en lo de ayer.

—Ni yo. Siento haber estado tan parada.

—No te preocupes, cariño, es normal. Además, después lo arreglaste.

—No sé si lo suficiente.

—Pues, claro. ¿Acaso no lo notaste?

—Creo que sí —contestó dubitativa.

—¿Cómo que crees? Perdona, ¿me he equivocado de número? ¿Sandra?

—No soy como Sandra —protestó.

—Anda que no. ¿Cuándo lo admitirás?

—Qué contenta se puso ayer cuando supo lo nuestro —recordó Tina.

—Sí. Me hizo gracia cuando la otra noche en el Pantera me dijiste que ahora Sandra iba a ser como mi cuñada.

—Es que es como la hermana que la vida nunca me dio —reconoció.

—Bendito trabajo de Francés. Bueno, ¿y qué planes tienes para hoy? —quiso saber Lucía.

—Verte.

—¿Y después?

—Estar contigo.

Lucía rio ilusionada.

—¿Y cuándo quieres hacer esas cosas tan variadas?

—Ahora mismo.

—¿Quieres que quedemos a desayunar?

—Quiero desayunarte a ti.

—¡Pero, bueno! Sí que te estás espabilando.

—¿Te molesta?

—Al contrario. ¿De verdad quieres, amor?

—Sí.

—Pues ya tardas en venir.

Antes de lo que Lucía pudiera esperar, Tina llamó a su puerta y se besaron con la desesperación de los comienzos y con la agonía del deseo acumulado.

—¿Has venido corriendo?

—Me he encontrado con Mateo por pura casualidad y me ha traído.

—Qué buen tipo. Me cayó muy bien ayer.

—Sí. Creo que mi madre será feliz con él. De repente tengo padre, madre, un padrastro, una madrastra… Y hasta una novia.

—¿Y cómo es que te alegras? —le preguntó sin soltarla—. Tenía entendido que no querías tener novia. Que eso era aún peor que tener amigos —la pinchó sonriendo.

—He cambiado de opinión. Esas cosas las pensaba antes de conocerte.

—¿Y ahora te hace ilusión?

—Ahora quiero que lo seas toda mi vida.

Lucía le sujetó las mejillas y volvió a besarla.

Le parecía increíble lo que llegaba a sentir con ella.

Después de dos años librando una batalla inútil, su alma volaba libre y su piel se estremecía en un continuo y placentero incendio.

Tina fortificaba su seguridad a la par que convertía sus piernas en agua.

Cuando la lengua de la chica se paseó sin miramientos por su cuello, Lucía solo pudo cerrar los ojos y suspirar.

—¿Y qué era lo que tú querías desayunar? —le preguntó con voz melosa.

—Tres cafés: dos con leche y un cortado.

Lucía se separó unos centímetros sin entender nada, hasta que Tina, adoptando una mueca juguetona, le señaló los pechos y el pubis. Lucía estalló en una carcajada. A veces no sabía de dónde sacaba esas ocurrencias.

—Pero no solo quiero eso. No pienses que soy una superficial.

—Lo sé, bicho. No quiero pensar que te gusto por mis tetas.

—Qué va, es al contrario: tus tetas me gustan por ti.

Lucía la empujó suavemente hacia la habitación mientras la miraba de arriba abajo con una sonrisa que, de repente, se había vuelto picante.

Al contrario que el día anterior, a Tina le brillaron los ojos y se aferró a su cintura.

A Lucía le encantó ver que había perdido el miedo y que se enredaba con ella con determinación.

Cuando notó sus manos por debajo de la camisa, supo que no había marcha atrás.

Se desnudaron casi sin darse cuenta y se abrazaron como si pretendieran fundirse. Tina le besó esas clavículas de las que se declaraba enamorada a la vez que Lucía paladeaba la dulce sensación de arroparse en su calor, de dejarse envolver por ese olor tierno tan característico de Tina.

El deseo las venció y, apenas un instante después, ya en la cama, sus piernas se enlazaron mientras la boca de Tina se afanaba en recuperar el tiempo perdido.

También los dedos de Lucía se paseaban por la piel de su chica, suave, tersa y ardiente.

Qué distinta era la sensación a cuando estaba con Marta o Vicky.

Qué intenso el momento cuando la excitación iba de la mano del amor.

Lanzó un suspiro al infinito y volvió a besarla.

Ya no pensaba en si era más joven o en todo lo que había ocurrido los meses anteriores.

Se sentía libre de quererla, de desearla, de disfrutar de su cuerpo tanto como lo había hecho de su alma.

Se habían acabado las dudas y los prejuicios. Ya solo eran dos.

Tina se hizo grande para voltear a Lucía y ponerse encima. Le lamió los pezones como si fueran de caramelo, provocando que alcanzaran una erección agradablemente dolorosa para Lucía, sobre todo cuando Tina se atrevió a mordisquearlos con cuidado.

—Quiero conocer tu sabor —le dijo al oído mientras acariciaba su vulva—. Ayer me quedé con las ganas.

—Pues, cariño, a partir de ahora tienes prohibido quedarte con ganas de nada conmigo —dijo Lucía mordiéndole el labio inferior antes de empujar su cabeza hacia abajo.

Tina descendió y dejó que su lengua se encontrara por primera vez con el sexo húmedo de Lucía.

Esta, estremecida, la dejó hacer conteniendo la tentación de apretarle más la cara contra su pubis.

Se deleitó en el placer de no controlar, de sentirse a merced de la boca de su amante, hasta que no pudo más y se vació en un largo y vibrante orgasmo.

Tina regresó a su lado y sonrió satisfecha con esa mirada ambarina que tanta luz desprendía.

—¿Te ha gustado mi sabor? —le preguntó Lucía mientras trataba de recuperar la respiración.

—Sí. Es como dulce y salado a la vez —dijo haciéndola reír—. Me gusta que cada parte de ti sabe diferente.

Lucía le acarició el pelo del flequillo.

Su adorado bicho tan pronto la volvía loca de deseo como la hacía derretirse de ternura.

Le fascinaba ser la mujer con la que Tina iba a aprender, a descubrir, a disfrutar sin límites.

Después, la mano se alejó de su pelo y descendió hasta su clítoris para tocarlo con tiento.

—Qué hinchado lo tienes —susurró y notó cómo la pelvis de Tina se sacudía—. Y qué mojada estás —añadió deslizando la yema de un dedo hasta la entrada de la vagina.

Tina entornó los ojos y solo pudo responder con un sutil jadeo.

Lucía continuó estimulando la zona, acariciándole el clítoris y curioseando entre los labios.

Se excitó al comprobar cómo el sexo de Tina se humedecía cada vez más y decidió avanzar.

La rodeó con su brazo izquierdo, sosteniéndole las nalgas con fuerza, mientras su mano derecha intensificaba el contacto.

Unos segundos después, el dedo corazón se abrió camino hasta estar completamente envuelto del cálido interior de Tina.

La penetró con suavidad y después con más brío hasta que la notó correrse sin remedio, entregada a ella, alimentándose de su aliento.

—Aún me cuesta creerlo —dijo Tina a duras penas.

—¿El qué, amor?

—Que esté contigo.

—Estamos juntas, Tina. Y me siento muy feliz.

La besó en la frente y se sorprendió al verla esbozar una simpática sonrisa.

—Esto es como cuando abres una botella de gaseosa que se te ha caído. Quitas el tapón y sale todo a borbotones.

Lucía rio con ella.

—Sí, pero no quiero que sea ese tipo de gaseosa que sube y luego baja para quedar en nada.

—No, no —se apresuró a negar Tina—. Nuestra efervescencia será infinita. Te prometo que nunca se nos acabará el gas. Imposible —reiteró—. Con lo que he sufrido… ¿cómo voy a dejar que se baje?

Se abrazaron fuerte y Lucía se sintió en paz. Hacía demasiados años que no disfrutaba de una sensación así. No. En realidad, nunca antes había llegado a sentir algo tan intenso y mágico. Le habían gustado muchas mujeres y había querido mucho a Gloria. Pero nadie era como Tina.

Ella. Por fin ella.

Continúa en Suma imperfecta