Ella me dijo que corriera Capítulo 1 El aniversario de las sombras
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Ella me dijo que corriera

Ella me dijo que corriera

Por Carlos Eduardo

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Capítulo 1 El aniversario de las sombras

Ella me dijo que corriera

Un apasionante thriller psicológico

Carlos Eduarddo

La lluvia caía suavemente sobre los bosques de Washington cuando Sarah Jenkins dejó atrás la carretera principal y tomó el estrecho camino de montaña que conducía a la cabaña.

Las gotas golpeaban el parabrisas con un ritmo constante, casi hipnótico. Frente a ella, los altos pinos parecían formar un túnel oscuro que se extendía hacia el corazón de la montaña. El cielo gris cubría el paisaje como una manta pesada, y el aire transmitía una sensación extraña de aislamiento.

Sarah apretó ligeramente el volante.

No era la primera vez que visitaba aquel lugar.

Había sido Emily quien lo había descubierto dos años atrás durante una de sus investigaciones sobre pueblos abandonados y leyendas olvidadas. Desde entonces, ambas amigas habían hablado muchas veces de pasar allí unos días lejos del ruido de la ciudad.

Pero esta visita era diferente.

Mucho más importante.

Sarah observó la fecha iluminada en la pantalla del tablero.

Exactamente cinco años.

Cinco años desde aquella noche que había cambiado su vida.

Cinco años desde el ataque.

Incluso ahora, después de tanto tiempo, el recuerdo seguía apareciendo en los momentos más inesperados.

Un ruido detrás de ella.

Una sombra moviéndose demasiado rápido.

Una llamada telefónica desconocida.

Cualquier pequeño detalle era suficiente para despertar viejos miedos que creía haber superado.

Por eso Emily había insistido tanto en aquel viaje.

—Necesitas descansar —le había dicho durante una videollamada semanas atrás—. No como periodista. No como investigadora. Solo como Sarah.

Sarah sonrió al recordar aquellas palabras.

Emily siempre sabía qué decir.

Siempre.

El camino comenzó a ascender entre curvas pronunciadas.

La señal del teléfono desapareció poco a poco.

Primero dos barras.

Luego una.

Finalmente ninguna.

Sarah dejó el móvil sobre el asiento del copiloto.

No le preocupaba.

Emily ya debía estar en la cabaña.

Probablemente habría llegado horas antes.

Seguramente estaría preparando café, revisando documentos antiguos o escribiendo alguna entrada para su blog.

Aquello era muy propio de ella.

La idea hizo que Sarah sonriera por primera vez en todo el día.

Después de casi una hora conduciendo entre bosques, divisó finalmente la estructura de madera.

La cabaña apareció entre los árboles como una figura silenciosa.

Pequeña.

Aislada.

Rodeada por naturaleza salvaje.

Sarah estacionó junto al porche.

Apagó el motor.

El silencio la envolvió de inmediato.

Solo se escuchaba el viento.

Y la lluvia.

Nada más.

Tomó su mochila y descendió del vehículo.

El aire frío golpeó su rostro.

Subió los escalones del porche.

Miró alrededor.

No había otro automóvil.

Su sonrisa desapareció.

Emily siempre llegaba temprano.

Siempre.

Sarah dejó la mochila en el suelo y sacó su teléfono.

Sin señal.

Volvió a guardar el aparato.

—Tal vez se retrasó —murmuró.

Intentó convencerse de ello.

Introdujo la llave que Emily le había enviado días antes.

La puerta se abrió con facilidad.

El interior estaba oscuro.

Vacío.

Silencioso.

Sarah encendió las luces.

Nada.

Nadie.

La sala principal estaba exactamente como aparecía en las fotografías.

Una chimenea de piedra.

Dos sofás antiguos.

Una mesa de madera junto a una gran ventana.

Todo parecía normal.

Sin embargo, una sensación incómoda comenzó a crecer lentamente dentro de ella.

No sabía explicar por qué.

Solo sentía que algo no encajaba.

Dejó sus cosas junto al sofá.

Caminó por las habitaciones.

Dormitorio.

Cocina.

Baño.

Todo vacío.

Emily no había llegado.

Sarah volvió a consultar la hora.

Las seis y veinte de la tarde.

No era normal.

Tomó una taza de la cocina y preparó café.

Intentó distraerse observando la lluvia caer sobre el bosque.

Durante algunos minutos consiguió relajarse.

Pero la inquietud regresó.

Más fuerte.

Más persistente.

Miró nuevamente el teléfono.

Sin señal.

Suspiró.

Quizás Emily había perdido cobertura durante el viaje.

Quizás estaba atrapada en algún atasco.

Quizás.

Había demasiados quizás.

Sarah se acercó a la ventana.

Los árboles se balanceaban lentamente bajo el viento.

Por alguna razón, aquel paisaje le recordó otro bosque.

Otro día.

Otro momento.

Su respiración se volvió más lenta.

El recuerdo apareció sin invitación.

Cinco años atrás.

La noche del ataque.

Recordó la lluvia.

Los pasos.

La sensación de ser observada.

El miedo.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Cerró los ojos.

No.

No iba a permitir que aquello volviera.

Había pasado años reconstruyéndose.

Años aprendiendo a convivir con el pasado.

No iba a retroceder ahora.

Abrió los ojos nuevamente.

Se obligó a respirar con calma.

Entonces escuchó un ruido.

Sarah se giró de inmediato.

Su corazón dio un salto.

Pero solo era una rama golpeando una ventana.

Nada más.

Se sintió ridícula.

Aun así, la sensación de inquietud permaneció.

Las horas comenzaron a pasar.

Siete de la tarde.

Ocho.

Nueve.

Emily seguía sin aparecer.

Sarah había intentado llamarla más de veinte veces.

Sin éxito.

Cuando finalmente consiguió una débil señal cerca de una ventana, el resultado fue el mismo.

Buzón de voz.

Una vez.

Dos veces.

Diez veces.

Siempre igual.

La lluvia continuaba cayendo.

La oscuridad se había apoderado completamente del bosque.

Sarah encendió la chimenea.

El fuego iluminó la habitación con reflejos anaranjados.

Normalmente aquello habría resultado acogedor.

Aquella noche no.

Aquella noche el silencio parecía demasiado grande.

Demasiado pesado.

A las diez y media recibió finalmente una notificación.

Un mensaje.

Su corazón se aceleró.

Abrió el teléfono.

Pero no era Emily.

Era una actualización automática de una aplicación.

Nada importante.

Sarah dejó escapar una exhalación frustrada.

Miró nuevamente la pantalla.

Sin mensajes.

Sin llamadas.

Sin noticias.

Nada.

Se levantó y comenzó a caminar por la sala.

Algo estaba mal.

Podía sentirlo.

No era una conclusión lógica.

Era algo más profundo.

Una certeza.

Emily jamás la dejaría sola aquel día.

Jamás.

Especialmente en aquella fecha.

Porque Emily conocía mejor que nadie lo que significaba para ella.

Había estado presente durante los peores momentos.

Durante las noches sin dormir.

Durante los ataques de ansiedad.

Durante las interminables sesiones de terapia.

Emily conocía toda la historia.

Y precisamente por eso jamás desaparecería sin avisar.

Sarah volvió a mirar el reloj.

Las once.

La preocupación comenzaba a transformarse en miedo.

Intentó pensar racionalmente.

Quizás Emily había tenido un problema mecánico.

Quizás su teléfono se había quedado sin batería.

Quizás había ocurrido algún imprevisto.

Sin embargo, ninguna explicación terminaba de convencerla.

A medianoche, Sarah tomó una decisión.

A la mañana siguiente comenzaría a buscar respuestas.

No importaba si todos pensaban que estaba exagerando.

Necesitaba saber qué había ocurrido.

Porque algo en su interior le decía que aquella ausencia no era casual.

Y Sarah había aprendido, gracias a años de investigación periodística, que ignorar los instintos solía ser un error.

Apagó algunas luces.

Se dirigió al dormitorio.

Pero dormir resultó imposible.

Cada sonido del bosque parecía amplificarse en la oscuridad.

El viento.

Las ramas.

La lluvia.

Todo contribuía a aumentar su inquietud.

Pasó horas observando el techo.

Pensando.

Recordando.

Esperando escuchar el motor del automóvil de Emily acercándose a la cabaña.

Pero el sonido nunca llegó.

Finalmente, cerca del amanecer, Sarah se levantó y caminó hasta la ventana.

La lluvia había cesado.

Una tenue luz gris comenzaba a iluminar el bosque.

Los árboles permanecían inmóviles.

Silenciosos.

La montaña parecía contener la respiración.

Sarah sostuvo la taza de café caliente entre sus manos.

Observó el camino vacío.

Y por primera vez admitió algo que había intentado negar durante toda la noche.

Emily no simplemente se había retrasado.

Algo había sucedido.

Algo serio.

Algo que nadie más parecía ver todavía.

Pero ella sí.

Y estaba decidida a descubrir la verdad.

Aunque eso significara regresar a lugares oscuros de su pasado.

Aunque significara enfrentarse nuevamente al miedo.

Porque Emily Carter era más que una amiga.

Era familia.

Y Sarah jamás abandonaba a su familia.

Mientras el sol comenzaba a elevarse detrás de las montañas, una sensación desconocida se instaló en su interior.

No era esperanza.

No era tranquilidad.

Era la certeza de que su vida estaba a punto de cambiar otra vez.

Todavía no sabía cómo.

Todavía no conocía los secretos ocultos entre aquellos bosques.

Todavía no imaginaba los peligros que la esperaban.

Pero el camino ya había comenzado.

Y en algún lugar, lejos de aquella cabaña silenciosa, Emily Carter estaba esperando.

Quizás asustada.

Quizás sola.

Quizás en grave peligro.

Sarah observó una última vez el bosque.

Luego dejó la taza sobre la mesa.

Tomó su chaqueta.

Y se preparó para iniciar la búsqueda.

La búsqueda que la conduciría hacia una verdad que nadie quería que fuera descubierta.

Capítulo 2: La llamada que nunca llegó

El amanecer llegó cubierto por una niebla espesa que descendía lentamente desde las montañas. Desde la ventana de la cabaña, Sarah Jenkins observó cómo los primeros rayos de luz luchaban por atravesar el manto gris que envolvía el bosque.

Había dormido menos de dos horas.

La preocupación por Emily no le había permitido descansar.

Durante toda la noche había esperado escuchar el sonido de un automóvil acercándose por el camino de tierra, una llamada telefónica o incluso un simple mensaje que explicara el retraso. Pero nada ocurrió.

Solo silencio.

Un silencio que ahora le parecía mucho más inquietante que la propia oscuridad.

Sarah tomó una libreta de notas de su mochila y escribió una lista rápida.

Emily no llegó.

No responde llamadas.

No responde mensajes.

No informó cambios de planes.

No es algo propio de ella.