Capítulo 25
Era un jueves de abril.
Había dicho que volvería el viernes. Se lo había dicho a Rosaura, la jefa de estudios, cuando habían hablado por teléfono la semana anterior para coordinar la vuelta.
Que el lunes siguiente no, que necesitaba un par de días más, que el viernes ya.
Rosaura había dicho que de acuerdo, que lo que necesitara, que avisara con un día de antelación para cuadrar los horarios.
Elena había avisado el miércoles. Que el viernes.
Y esa mañana de jueves había abierto los ojos a las siete menos cuarto, había mirado el techo del dormitorio durante un momento, y había decidido que era hoy.
No el viernes. Hoy.
No lo había razonado demasiado. Era una de esas decisiones que el cuerpo toma antes de que la cabeza tenga tiempo de intervenir, del tipo que uno nota que ya está tomada antes de haber pensado en tomarla.
El viernes había sido la versión cautelosa, la versión que pedía un día más de margen.
Pero cuando se había levantado esa mañana y había ido a la cocina a poner el café y había mirado por la ventana el patio interior del edificio con la luz de abril que era completamente distinta a la luz de noviembre, esa luz más clara y más ancha que no perdona nada pero que tampoco oculta nada, había entendido que ya no necesitaba el día de margen.
Estaba lista.
O lo que tenía más cerca de estar lista, que no era lo mismo pero era suficiente.
Salió de casa a las ocho menos veinte.
El abrigo marrón oscuro de Marcos seguía en el perchero del recibidor.
Elena lo miraba cada vez que salía, lo había mirado cada día desde noviembre, y cada vez había tomado la misma decisión sin decidirla del todo — dejarlo ahí, en el mismo sitio, como si el recibidor fuera el único espacio del piso donde el tiempo se hubiera detenido y donde nadie tuviera que tomar ninguna decisión todavía.
Esa mañana lo miró también. Después cogió su abrigo, el azul marino, el de siempre, y salió.
La calle estaba en ese estado de las mañanas de abril en Valencia, con el sol ya calentando aunque todavía no del todo, con la gente caminando con las chaquetas abiertas porque ya no hacía frío pero todavía no era verano.
Los árboles de la acera tenían las hojas nuevas, ese verde específico de principio de primavera que no dura nada y que cuando se acaba uno no recuerda exactamente cuándo ocurrió.
Elena caminó hasta el coche sin apresurarse.
Se sentó. Puso el cinturón. Arrancó.
El trayecto al instituto duraba doce minutos cuando no había tráfico y veinte cuando lo había.
Ese jueves había tráfico. Elena lo hizo en diecisiete, por el camino de siempre, el que pasaba por la avenida de Blasco Ibáñez y después por el puente y después por las calles de casas bajas del barrio donde estaba el instituto.
Un recorrido que había hecho cientos de veces, con el piloto automático de los trayectos que uno conoce tan bien que llega sin haber prestado atención al camino.
Pero esa mañana sí prestó atención.
Miró la avenida, los edificios, los semáforos.
Miró el río desde el puente, el cauce seco con los jardines del antiguo lecho, la gente corriendo por los caminos de tierra.
Miró las calles del barrio, las tiendas que abrían temprano, la panadería de la esquina con el olor que llegaba hasta el coche aunque las ventanas estuvieran cerradas, la ferretería que siempre tenía cosas expuestas en la acera que nunca había entendido quién compraba.
Cosas que habían estado siempre y que había dejado de ver a fuerza de verlas todos los días.
Pensó en que eso pasaba con las personas también.
Que uno podía mirar a alguien todos los días durante ocho años y no ver ciertas cosas, no porque no estuvieran sino porque la familiaridad hacía que la mirada se volviera superficial, que los detalles dejaran de registrarse, que uno creyera conocer algo del todo solo porque llevaba mucho tiempo cerca de ello.
Aparció en el mismo sitio de siempre, el aparcamiento lateral junto a la verja de atrás.
Apagó el motor. Se quedó un momento sentada con las manos en el volante mirando la fachada lateral del edificio, los ladrillos rojos de siempre, la ventana del gimnasio con la pintura descascarada que llevaba tres años igual, el cartel de actividades extraescolares pegado en el cristal de la puerta con cinta adhesiva transparente.
Todo exactamente igual.
Cogió el bolso. Salió del coche.
La puerta lateral por la que entraban los profesores estaba abierta.
Elena la empujó y entró al pasillo de siempre, el de la luz amarillenta y el suelo de gres y el olor a edificio escolar que no cambia nunca, que es el mismo en todos los institutos del mundo, esa mezcla de papel y tiza y algo que no tiene nombre pero que uno reconoce en el momento en que lo huele y que le dice que está en un sitio donde se aprenden cosas.
El conserje estaba en su garita, con el café en la mano y el periódico abierto sobre el mostrador. La vio entrar. La miró. Y asintió .
Solo eso. Un gesto breve, con la cabeza, sin palabras, sin el bienvenida que habría sido demasiado, sin el lo sentimos que también habría sido demasiado.
Solo el asentimiento de alguien que lleva muchos años en el mismo sitio y que ha aprendido a distinguir los momentos que necesitan palabras de los que no las necesitan.
Elena asintió también.
Siguió por el pasillo.
La sala de profesores estaba al fondo a la derecha.
Elena pasó por delante sin entrar. No era el momento de los compañeros y los pésames y las preguntas bienintencionadas y las miradas que dicen que no saben qué decir.
Ese momento llegaría, no hoy pero llegaría, y Elena lo atravesaría como atravesaba las cosas difíciles, con paciencia y con la distancia justa. Pero no ahora.
Ahora subió las escaleras hasta el primer piso.
El aula de tercero de la ESO era la cuarta por la derecha.
Elena se paró un momento en el pasillo antes de abrir la puerta.
No dudando — no era duda lo que tenía — sino tomando un segundo para estar presente en ese momento antes de que pasara, antes de que se convirtiera en pasado y en recuerdo.
Había aprendido en los últimos meses que los momentos importantes conviene habitarlos mientras ocurren porque después solo queda la versión que la memoria construye de ellos, y la memoria siempre simplifica .
Abrió la puerta.
El aula estaba vacía.
Faltaban todavía doce minutos para que empezara la clase.
Los pupitres en sus filas de siempre, los mismos de siempre con los nombres grabados a bolígrafo en las esquinas de madera por generaciones de alumnos que habían pasado por ese mismo sitio, la pizarra verde al fondo limpia y sin nada escrito, las ventanas con la luz de la mañana entrando en diagonal y haciendo que el polvo del aula flotara visible en el aire con esa lentitud específica del polvo que no tiene prisa porque no tiene a ningún sitio al que ir.
Elena entró. Cerró la puerta.
Fue hasta la mesa de la profesora. Se sentó.
Era su silla, la que había ocupado cientos de veces, y sin embargo ese momento tenía algo de primera vez.
No la silla, que era la misma, sino la persona que se sentaba en ella, que era la misma y también era diferente, que llevaba los mismos ocho años de oficio y la misma forma de explicar los procesos históricos y el mismo amor por la imprecisión que da la distancia y que también llevaba todo lo demás, lo que había pasado en los últimos meses y que no iba a borrarse solo porque hubiera vuelto al instituto .
No se borraba. Pero tampoco tenía que borrarse para que pudiera seguir.
Miró las sillas vacías.
Treinta y dos sillas, en cuatro filas de ocho.
En doce minutos estarían ocupadas por treinta y dos personas de entre catorce y dieciséis años que no sabían nada de lo que Elena había vivido desde noviembre y que iban a entrar por esa puerta pensando en las cosas que piensa la gente de catorce años un jueves de abril, en el recreo y en el fin de semana y en la persona que les gusta y en el examen que tienen el viernes y en todo lo que es urgente cuando uno tiene catorce años y el mundo todavía parece que tiene el tamaño exacto que puede manejarse.
Y Elena estaría aquí cuando entraran.
Con el temario. Con la lista de asistencia.
Con treinta y dos años a los que todavía le quedaba mucho que aprender sobre lo que les rodeaba y sobre las personas que tenían cerca y sobre todas las cosas que se dan por sentadas y que no son lo que parecen.
Con la capacidad de hacer que eso importara un poco más, de plantar una semilla de duda bien colocada en el momento justo, de enseñar no solo lo que pasó sino por qué pasó y qué decía de las personas que lo hicieron y de las que lo dejaron pasar.
Era lo que sabía hacer.
Era suficiente con eso .
Fue entonces cuando llegó la frase de Saura.
No la buscó. Llegó sola, como llegan las cosas que uno lleva meses guardando sin saber que las guarda, convocada por el silencio del aula y las sillas vacías y la pizarra sin nada escrito.
Lo poco que sabemos de las personas que tenemos más cerca.
La había escuchado en ese despacho un miércoles de noviembre, con la bolsa de las pertenencias de Marcos en la mano y el shock todavía instalado en el cuerpo, y le había parecido la reflexión de un hombre que había visto demasiadas cosas y que se había permitido pensar en voz alta.
Ahora la entendía de otra forma.
No como un fracaso. No como una acusación ni como una advertencia tardía.
Sino como la descripción más honesta que Elena conocía de lo que era estar cerca de alguien.
Que la proximidad no garantizaba el conocimiento.
Que podías compartir un espacio con alguien durante años y no ver ciertas cosas, no porque fueran invisibles sino porque mirar de verdad requería algo que no siempre era fácil de sostener, que era la disposición a ver también lo que uno prefería no ver.
Ella tampoco se había visto a sí misma del todo en esos años.
Había estado tan ocupada mirando a Marcos, buscando en él lo que no cuadraba, construyendo teorías sobre lo que escondía, que no había prestado suficiente atención a lo que pasaba dentro de sí misma.
A la distancia que ella también había ido poniendo.
A las conversaciones que ella también había dejado de empezar.
A la forma en que el matrimonio se había ido enfriando poco a poco, los dos contribuyendo a ello, los dos eligiendo el silencio sobre la pregunta incómoda.
No era una exculpación de Marcos. Lo que Marcos había hecho, lo había hecho. Pero tampoco era la historia de una víctima sin agencia. Era la historia de dos personas que habían cometido errores distintos y de naturaleza distinta, y que al final no habían encontrado la forma de contárselos.
Elena lo sostuvo un momento.
Después lo dejó.
No para siempre, sabía que volvería, que estas cosas volvían siempre en los momentos en que uno no esperaba, un domingo por la mañana, una canción en la radio, el olor de algo que le recordara a él.
Pero podía dejarlo ahora. En este momento, en esta silla, con la pizarra vacía delante y doce minutos que se iban convirtiendo en once y en diez y en nueve.
Se levantó.
Cogió el rotulador del borde de la pizarra. Lo destapó. Escribió la fecha en la esquina superior izquierda, donde siempre, con la misma letra de siempre.
Jueves, 3 de abril .
Lo miró un momento.
Después fue a abrir la puerta del aula para que los alumnos pudieran entrar cuando llegaran.