Capítulo 24
Marcó el número y esperó. Lara cogió al segundo tono, con esa prontitud que tenía cuando sabía que había algo en el aire, cuando el teléfono sonaba en el momento en que ella también estaba pensando en llamar.
Elena dijo: ¿Lo has visto?
Lara dijo que sí. Que llevaba una hora mirando el móvil, que había seguido todo en tiempo real a través de los medios, que cuando había aparecido la confirmación de la detención se había quedado un rato sin poder hacer nada, solo sentada en su escritorio mirando la pantalla sin moverse.
Elena dijo que ella lo había visto por la televisión. Que estaba pasando el aspirador.
Lara hizo un sonido que era casi una risa, breve y cansada, del tipo que se escapa cuando la tensión lleva demasiado tiempo acumulada y encuentra la primera grieta por donde salir.
Dijo que era exactamente el tipo de momento que uno imagina de otra forma y que luego pasa así, pasando el aspirador un miércoles por la tarde.
Elena dijo que sí.
Las dos se quedaron en silencio un momento. No un silencio incómodo sino el tipo de silencio que existe entre personas que han pasado por algo juntas y que no necesitan llenarlo de palabras para que signifique algo.
Lara preguntó cómo estaba.
Elena pensó en ello antes de responder. Dijo que no lo sabía todavía. Que había algo que se había movido dentro, algo que tenía peso propio, pero que todavía no tenía nombre. Que quizás necesitaba tiempo para saber cómo se llamaba lo que sentía.
Lara dijo que lo entendía. Que a ella le pasaba algo parecido. Que después de más de un año con esto, de tenerlo tan cerca y tan dentro, era extraño verlo salir al mundo de repente y convertirse en noticias y en imágenes de coches patrulla aparcados en doble fila.
Hablaron durante veinte minutos. De Calvo y de Mínguez, de lo que vendría a continuación, del proceso judicial que sería largo.
De la fuente y del SMS de cuatro palabras y de la esperanza de que estuviera a salvo ahora que el caso era público y ya no había nada que silenciar que no fuera demasiado visible.
De Saura y de la conversación del lunes y de la foto de la hija en el despacho.
Y en algún momento, casi al final, Lara dijo que tenía algo para ella.
Lo dijo con una voz diferente, más quieta, con el tipo de cuidado que se pone en las palabras cuando lo que se anuncia es importante y frágil al mismo tiempo.
Dijo que era algo que Marcos le había dado en persona, en uno de los últimos encuentros que habían tenido, pocas semanas antes de morir.
Que le había pedido que se lo entregara a Elena si llegaba el momento.
Que no le había dicho qué había dentro. Que ella lo había guardado sin abrirlo y que ahora, con todo lo que había pasado, creía que el momento había llegado.
Elena no dijo nada durante un segundo.
Después preguntó si podía venir al día siguiente.
Lara dijo que sí. Que a la hora que Elena quisiera.
El jueves Lara llegó a las once de la mañana.
Subió al piso con la mochila al hombro como siempre pero sin el portátil, sin el cuaderno de notas, sin ninguno de los objetos que normalmente acompañaban su presencia. Solo la mochila, y dentro de la mochila, un sobre.
Lo sacó en el recibidor, antes incluso de entrar al salón.
Era un sobre normal, blanco, del tipo que se compra en cualquier papelería, con el nombre de Elena escrito en el anverso con la letra pequeña y ordenada de Marcos.
Solo el nombre. Sin apellidos, sin dirección, sin ningún otro dato.
Solo Elena, escrito con la misma letra que había escrito la contraseña en el papel de las páginas de cortesía del libro y la secuencia a lápiz en el margen del capítulo de Constantinopla.
Elena lo miró.
Lo cogió despacio, con las dos manos, como si el peso pudiera decirle algo antes de abrirlo. No pesaba casi nada. Solo el papel de dentro.
Lara dijo que lo sentía. Lo dijo en voz baja, sin elaborar, sin el preámbulo de alguien que explica por qué lo siente. Solo eso.
Elena dijo que gracias. Por guardarlo. Por traérselo.
Lara asintió. Cogió la mochila. Dijo que la dejaba sola.
Elena no protestó. Acompañó a Lara hasta la puerta, la cerró, escuchó sus pasos bajar la escalera, la puerta del portal cerrándose abajo.
Después se quedó sola en el recibidor con el sobre en las manos.
Fue al salón.
Se sentó en el sofá, no en el sillón, no en la silla del escritorio, sino en el sofá donde habían comido pizza con Lara, donde había dormido las primeras noches cuando no podía estar en la cama, donde había leído el libro que no podía leer y había mirado la televisión sin verla.
El sitio más neutro del piso, el que no pertenecía a ninguna versión específica de su vida anterior.
Miró el sobre un momento.
Después pasó un dedo por el borde del cierre y lo abrió.
Dentro había tres hojas dobladas, cuadriculadas, arrancadas de una libreta. La misma letra de siempre, pequeña y ordenada, pero más apretada de lo habitual, como si hubiera querido decir mucho en poco espacio y hubiera ido ajustando el tamaño a medida que avanzaba.
Elena.
Empezó a leer.
Llevaba tiempo pensando en escribirte esto. No sé si alguna vez lo leerás. Espero que no tengas que hacerlo. Pero si lo estás leyendo es porque las cosas no salieron como esperaba, y entonces necesito que sepas algunas cosas que no he sabido decirte de ninguna otra manera.
Elena tuvo que parar.
No al final de un párrafo ni en un punto natural de la lectura.
Tuvo que parar a mitad de la segunda frase porque algo se había movido en el pecho con una fuerza que no esperaba y que hacía que las letras se volvieran borrosas antes de poder terminar de leerlas.
Se las limpió con el dorso de la mano. Respiró.
Volvió al principio de la carta y leyó esas dos frases otra vez.
Llevaba tiempo pensando en escribirte esto.
Pensó en Marcos. No en el Marcos de los correos ni del teléfono de prepago ni del documento de Explicación.
Pensó en el Marcos que escribía esta carta.
En que en algún momento, en alguna noche de las muchas noches que había pasado solo con todo esto, había cogido una libreta cuadriculada y había empezado a escribirle.
Que había pensado en las palabras. Que las había elegido.
Siguió leyendo.
Sé que hay cosas que no te expliqué. Que durante años viví con algo que tendría que haberte contado y no lo hice.
No porque no confiara en ti. Todo lo contrario.
Te lo callé porque no sabía cómo decirlo sin destruir lo que habíamos construido, y porque una vez que empiezas a callarte algo cada día que pasa lo hace más difícil de decir hasta que ya no hay forma de empezar.
Entré en esto por razones que en aquel momento me parecieron razonables. Eso no las convierte en buenas razones. Pero necesito que sepas que no lo hice porque no me importara lo que pensaras. Lo hice exactamente por lo contrario.
Elena tuvo que parar otra vez.
Esta vez se levantó. Fue a la cocina a buscar un vaso de agua. Lo bebió de pie frente al fregadero, mirando el patio interior, las macetas de la vecina del segundo que siempre necesitaban agua. Después volvió al sofá.
Recordó una tarde de domingo de hace varios años, los dos en la cocina, Marcos cortando tomates para la ensalada con esa concentración desproporcionada que ponía en los gestos pequeños, y ella sentada en la encimera hablando de algo del instituto, de un alumno que le preocupaba, y Marcos escuchando sin dejar de cortar tomates pero con esa forma de escuchar que tenía cuando le importaba de verdad lo que ella decía, levantando la vista de vez en cuando para mirarla, no para demostrar que escuchaba sino porque la miraba.
Así la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta.
Elena había tardado meses en darse cuenta de que lo hacía. Y cuando se dio cuenta nunca se lo dijo porque le parecía que decírselo podía cambiarlo, que nombrarlo lo volvía consciente y que lo consciente era distinto a lo que era, que era simplemente Marcos mirándola cuando pensaba que no lo veía .
Cogió la carta. Siguió leyendo.
Cuando intenté salir entendí por primera vez la magnitud de lo que había aceptado.
No solo el riesgo. Sino lo que había hecho.
Lo que le había quitado a mucha gente sin cara, personas que no conocía y cuyos nombres no aparecían en ningún sitio, pero que existían.
Y lo que te había quitado a ti, que eras la persona que más me importaba y que vivía conmigo sin saber nada de lo que pasaba a dos metros de donde dormías.
No te lo mereces. Nunca te lo mereciste.
Las lágrimas llegaron aquí.
No de forma dramática, no con un sollozo ni con un gesto visible.
Llegaron despacio, del tipo que no se anuncia sino que aparece, que uno nota cuando ya están ahí y ya no tiene sentido intentar contenerlas.
Elena dejó que llegaran. Se quedó con la carta en las manos y las lágrimas cayendo y las letras de Marcos volviéndose borrosas otra vez, y esta vez no intentó aclararse la vista porque no quería interrumpir lo que estaba pasando, que era lo que había tardado semanas en llegar y que necesitaba el espacio que necesitaba.
Esperó a que las letras volvieran a ser legibles.
Siguió leyendo .
Hay cosas que quería haberte dicho en persona y que ya no voy a poder decirte.
Que los años contigo fueron los mejores de mi vida, incluso los últimos, incluso los que estuvieron llenos de cosas que no debían estar.
Que cuando hablaba de ti con personas que no te conocían me salían detalles que yo mismo no sabía que recordaba, cómo vuelves siempre al mismo capítulo de un libro que nunca terminas, cómo frunces un poco los ojos cuando algo no te cuadra del todo antes de decir nada, cómo dejas el café enfriarse siempre porque te pones a pensar en otra cosa antes de beberlo.
Que te conocía. Que eso era lo más importante que tenía.
Elena tuvo que dejar de leer un momento.
Pensó en Marcos contándole a Lara que ella volvía siempre al mismo capítulo del libro de historia medieval.
Que lo había dicho como uno de esos detalles que salen solos, sin decidirlos, porque la persona de la que hablas ocupa tanto espacio que se cuela en todo.
Y que ese mismo detalle era el que había usado para esconder la contraseña que Elena necesitaba para abrir la carpeta.
Había conocido a Elena lo suficiente como para saber exactamente dónde mirar.
Siguió .
He dejado todo lo que pude para que puedas hacer lo que yo no pude hacer.
Confío en que lo encuentres. Confío en que sepas qué hacer con ello.
Sé que no debería pedirte esto, que ya es suficiente con lo que te he pedido sin pedirte nada.
Pero si hay alguien que puede hacer que esto no haya sido para nada, eres tú.
Todo lo que hice mal lo hice pensando en ti.
Eso no me absuelve.
Solo quiero que lo sepas.
Te quiero, siempre te quise por encima de todo.
Marcos.
Elena terminó de leer.
Se quedó mirando la última línea durante un momento.
La letra de Marcos, pequeña y ordenada, la misma de siempre, la misma que en el papel de las páginas de cortesía y en el margen del capítulo de Constantinopla y en el borrador incompleto del correo que nunca envió.
La misma letra que había aprendido a reconocer en las últimas semanas como un hilo que conectaba todas las cosas que Marcos había dejado para ella.
Dobló las tres hojas. Las metió en el sobre. Cerró el sobre .
Lo dejó sobre la mesa del salón.
Se quedó mirándolo.
Y entonces lloró.
No como había temido que lloraría, no de forma desordenada ni incontrolable.
Lloró como lloraba Elena, que era con el cuerpo quieto y la respiración sostenida y las lágrimas cayendo sin que ella hiciera nada para detenerlas ni para acelerarlas, dejando que pasara lo que tenía que pasar al ritmo que tenía que pasar.
Era la primera vez que lloraba desde que Marcos había muerto.
Había contenido esto durante semanas, lo había guardado detrás de la necesidad de funcionar y de buscar y de entender y de no detenerse, y ahora que había terminado, ahora que Calvo estaba detenido y la carpeta abierta y la carta leída y ya no había nada más que sostener, las semanas enteras de contención encontraban el camino de salir.
Lloró un rato.
Después se limpió la cara. Fue a la cocina a beber otro vaso de agua. Volvió al salón. El sobre seguía en la mesa donde lo había dejado.
Lo cogió. Lo llevó al estudio. Lo guardó en el cajón del escritorio de Marcos, junto al teléfono de prepago y la tarjeta de Mínguez y la tarjeta de memoria con la grabación.
Las cosas que habían formado parte de esto, guardadas juntas en el mismo cajón que Marcos siempre había tenido cerrado y que ahora estaba abierto.
Se sentó en la silla de Marcos un momento.
El flexo apagado. Los libros en la estantería. El libro de historia medieval en la segunda balda con la cubierta de tela azul oscura, el lomo ligeramente más desgastado que los de al lado por los años de uso. Elena lo miró desde la silla.
Después salió del estudio. Cerró la puerta.