Elena No fue un accidente (Elena 1) Capítulo 21
87%

Capítulo 21

Lara llegó en veinte minutos.

Sonó el telefonillo y Elena fue al videoportero, la vio en la pantalla con la mochila al hombro y la bicicleta apoyada contra la pared del portal, y pulsó para abrirle sin decir nada. Mientras esperaba el ascensor fue a la cocina a por dos vasos de agua. Necesitaba hacer algo con las manos.

Lara entró sin el preámbulo habitual. Dejó la mochila en el suelo del recibidor, sacó el portátil, lo puso sobre la mesa del salón. Elena puso los vasos de agua al lado. Las dos se sentaron. Elena sacó el móvil, buscó la grabación, la orientó hacia Lara.

Dijo que lo escuchara.

Lara escuchó.

Había algo diferente en cómo lo hacía esta vez, algo que Elena notó aunque no hubiera podido describir exactamente qué.

No era la atención evaluadora de la periodista que examina material, aunque eso también estaba.

Era algo más inmediato, más físico. Lara escuchaba con el cuerpo ligeramente inclinado hacia el móvil, con las manos quietas sobre las rodillas de una forma que no era su postura habitual, con una concentración que tenía algo de defensa además de análisis .

Cuando llegó la frase de las brasas Lara no movió un músculo.

Pero algo cambió en su cara. No en la expresión exactamente, Lara era demasiado disciplinada para eso. En los ojos. En la forma en que los ojos procesaban lo que acababan de escuchar y lo clasificaban no solo como material periodístico sino como algo que le concernía de forma directa y personal.

Elena paró la reproducción.

Lara se quedó en silencio un momento.

Después dijo que era Calvo hablando. No Mínguez.

Mínguez nunca decía nada por su cuenta, eso Lara lo sabía desde hacía meses, Mínguez era el canal, el instrumento, el hombre que convertía las decisiones de Calvo en palabras que podían pronunciarse en el salón de una viuda sin que nadie pudiera probar nada.

La frase de las brasas era de Calvo. El mensaje era de Calvo.

Y el mensaje podría haberle llegado a ella.

Lo dijo en voz baja, casi para sí misma.

Que llevaba más de un año investigando a Calvo, que Calvo sabía que existía, que el robo del portátil en la redacción era la prueba de que sabían exactamente quién era ella y dónde trabajaba.

Que si hubieran querido mandar ese mensaje a alguien de la redacción en lugar de al salón de Elena lo habrían hecho.

Que la diferencia entre las dos situaciones era más pequeña de lo que le gustaba pensar.

Elena no dijo nada. Dejó que el silencio hiciera lo que tenía que hacer.

Lara volvió a escuchar la grabación. Esta vez entera, desde el principio. Elena observó cómo la escuchaba, cómo sus ojos se movían ligeramente mientras procesaba el tono de Mínguez, el ritmo de la conversación, los silencios que Elena había dejado en los momentos adecuados.

Cuando terminó, Lara dijo que era suficiente en contexto.

Lo dijo con la voz de nuevo profesional, con la contención recuperada, pero Elena había visto lo que había visto antes de que la contención volviera.

Lara tenía miedo. No el miedo calibrado y funcional de alguien que gestiona riesgos, sino el miedo real de alguien que acaba de escuchar algo que le recuerda que no está jugando un juego.

Dijo que sola la grabación podía defenderse como una conversación de condolencias mal interpretada.

Pero que junto con la carpeta de Marcos y la documentación de la fuente construía un cuadro que no dejaba margen.

Que Calvo podía contratar a los mejores abogados del país y esos abogados no podrían desmontar esto .

Elena respondió que entonces no había razón para esperar más.

Lara asintió. Dijo que ninguna.

Abrieron los portátiles.

Trabajaron en paralelo, Lara escribiendo la pieza, Elena revisando documentos de la carpeta de Marcos cuando Lara necesitaba confirmar una fecha o un nombre o una cantidad.

Era un trabajo meticuloso y silencioso, del tipo que no permite interrupciones porque cada pieza tiene que encajar con la siguiente y un error en el orden puede desmontar lo que viene después.

Elena no era periodista pero era profesora, sabía leer documentos, sabía identificar incoherencias, sabía cuándo una fecha no cuadraba con otra o cuándo un nombre aparecía en un sitio donde no debería aparecer.

Lara lo aprovechaba. Le pasaba secciones para que las revisara, le preguntaba sobre detalles del documento de Marcos que solo Elena podía confirmar con certeza.

Las horas pasaron con esa velocidad específica del trabajo concentrado, donde uno levanta la vista y el reloj ha avanzado mucho más de lo que el cuerpo ha notado.

En algún momento Elena se dio cuenta de que llevaba más de una hora sin mirar el móvil, sin pensar en Calvo ni en Mínguez ni en la advertencia de las brasas, absorbida por completo en la tarea concreta de comprobar una cifra contra otra, y esa sensación, la de tener la cabeza ocupada por algo que no era miedo, le resultó casi extraña de lo poco habitual que se había vuelto.

A las nueve y media Lara cerró el portátil y dijo que necesitaba comer algo.

Elena dijo que en casa no había mucho. Que podían pedir pizza.

Lara dijo que le parecía bien.

Pidieron por teléfono, la más rápida que tuvieran, que llegó en veinticinco minutos. Las pusieron sobre la mesa del salón, entre los dos portátiles abiertos y el cuaderno de Lara lleno de anotaciones.

Comieron con los platos sobre las rodillas, en el sofá, con el volumen de la ciudad llegando apagado desde la calle y el piso en ese orden específico del trabajo a medias que no es desorden sino pausa.

Lara preguntó cómo estaba Elena.

No de la forma en que se pregunta por cortesía, con una atención real de quien quiere saberlo y que espera una respuesta verdadera.

Elena dijo que estaba bien. Que nada era igual pero que estaba bien.

Que al principio el piso le había parecido demasiado grande y demasiado silencioso y que todavía lo era pero que había aprendido a moverse por él de otra forma.

Que echaba de menos a Marcos, no al Marcos que había descubierto en las últimas semanas, sino a él, a la persona concreta con la que había compartido ocho años.

Hubo un momento de silencio.

Después Elena preguntó por Lara. Lo hizo con cierta timidez, con la torpeza de quien no está acostumbrada a preguntar por la vida de los demás de forma directa.

Preguntó si tenía familia cerca, si alguien sabía en lo que estaba metida, si había alguien en su vida con quien pudiera hablar de todo esto.

Lara respondió con la misma honestidad con que Elena había respondido antes.

Dijo que su madre estaba en Alicante y que hablaban por teléfono cada semana pero que no le había contado nada de la investigación porque no quería preocuparla.

Que tenía amigos pero que los amigos no sabían los detalles.

Que había elegido este trabajo sabiendo que requería cierta soledad, que las investigaciones largas y sensibles no se podían compartir con todo el mundo, y que había aprendido a vivir con eso aunque a veces pesara más de lo que debería.

Elena la escuchó. Pensó que Lara tenía veintinueve años y que llevaba más de un año sola con esto, con la misma soledad que Elena había llevado las últimas semanas pero sin el ancla de un pasado compartido con alguien, sin la foto en el mueble del salón, sin el jersey que todavía olía a alguien .

Dijo que esperaba que cuando todo esto terminara las cosas fueran bien para ella. Lo dijo con sencillez, sin adornos, como se dicen las cosas que se sienten de verdad pero que no se sabe cómo decir mejor.

Lara la miró un momento. Después sonrió, una sonrisa pequeña y un poco cansada pero real.

Dijo que ella también lo esperaba.

Fue entonces cuando Lara mencionó a Marcos.

Lo hizo de forma natural, como si la conversación lo hubiera traído sola.

Dijo que no había tenido mucho trato con él a nivel personal, su relación había sido siempre de fuente y periodista, con todas las distancias que eso requería.

Pero que cuando Marcos hablaba de Elena se notaba que la quería.

Que había mencionado pequeñas cosas, que ella era profesora, que le gustaba la historia, que siempre volvía al mismo capítulo de un libro que nunca terminaba de leer.

Que lo decía con ese tipo de detalle que solo tiene la gente cuando piensa en alguien a menudo.

Elena no respondió de inmediato.

Miró el plato que tenía en las rodillas.

Pensó en Marcos hablando de ella con Lara, con una periodista a la que había buscado para filtrarle información sobre un esquema de corrupción, contándole que su mujer era profesora de historia y que tenía un libro que nunca terminaba.

El tipo de detalle que uno da sin darse cuenta, sin decidirlo, porque la persona de la que habla ocupa tanto espacio que se cuela en cualquier conversación aunque uno no se lo proponga.

Dijo que sí. Que probablemente la quería. Que eso era lo más difícil de sostener, no la traición, porque la traición habría sido más limpia, sino esto. Saber que alguien te quiso y que ese querer tomó una forma que destruyó cosas sin pedir permiso.

Lara no dijo nada. Solo asintió, el tipo de asentimiento que no pretende resolver nada sino simplemente acompañar.

Recogieron los platos. Volvieron al trabajo.

A la una y cuarto Lara dijo que tenía suficiente para terminar la pieza. Que lo que faltaba podía completarlo sola en casa, la estructura estaba hecha, los datos verificados, solo necesitaba el cierre y una última revisión antes de mandársela a Elena.

Elena dijo que de acuerdo.

Recogieron los portátiles, guardaron los documentos, ordenaron la mesa del salón. Lara metió el cuaderno en la mochila. Elena cogió la tarjeta de memoria de la grabación de Mínguez y la guardó en el cajón del escritorio, junto a la tarjeta de visita de Mínguez y el teléfono de prepago de Marcos.

En la puerta Lara se giró .

Elena no esperaba el abrazo. No era el tipo de gesto que Lara hacía, o al menos no era el tipo de gesto que había hecho en ninguno de los encuentros anteriores. Pero Lara la abrazó, brevemente, con los brazos alrededor de los hombros y sin decir nada. Elena devolvió el abrazo.

Era la primera vez que se tocaban desde que se conocían.

No hacía falta ponerle palabras. Era complicidad y cariño y respeto y apoyo, todo a la vez, en el único idioma que ese momento necesitaba.

Lara dijo que mañana le mandaba la pieza antes de enviársela a la plataforma. Que quería que Elena la leyera y la aprobara antes de publicar.

Elena dijo que gracias.

Lara bajó las escaleras. Elena escuchó sus pasos alejarse, la puerta del portal cerrándose, el silencio del rellano.

Apagó las luces del salón. Fue al dormitorio.

Se desvistió despacio, con el cansancio físico de quien ha pasado horas trabajando con la concentración muy alta. Se puso el pijama. Se metió en la cama.

No pensó en nada concreto antes de dormirse. O pensó en todo tan deprisa que fue lo mismo que no pensar en nada, Marcos y la carpeta y la grabación y Lara y las pizzas y lo que Lara había dicho sobre cómo Marcos hablaba de ella.

Pensó en que mañana iba a ser un día distinto a todos los anteriores.

Y pensó, antes de que los pensamientos se apagaran, que esa noche no había estado completamente sola.

Que había alguien al otro lado de esto, alguien que sabía lo que ella sabía y que había bajado las escaleras con la mochila al hombro hacia el frío de la noche, y que eso, de alguna forma que Elena no sabía nombrar del todo todavía, era suficiente para que el piso no pesara igual que las noches anteriores.

Se durmió.