Elena No fue un accidente (Elena 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

El jueves por la tarde sonó el telefonillo.

Elena estaba en el salón con el cuaderno de notas abierto en la rodilla, añadiendo conexiones nuevas al mapa que había ido construyendo en los últimos días, cuando la pantalla pequeña del videoportero se iluminó. Fue a mirar.

Mínguez.

Lo reconoció de inmediato, el traje oscuro, el maletín de piel, la postura recta de siempre.

Pero había algo diferente esta vez, algo que la pantalla en blanco y negro del videoportero captaba a pesar de su resolución limitada.

Una tensión en la mandíbula, quizás, o en la forma en que sostenía el maletín, más cerca del cuerpo que la primera vez.

Mínguez intentaba parecer igual que siempre y no lo estaba consiguiendo del todo.

Elena se quedó mirando la pantalla sin moverse.

La primera vez que Mínguez había aparecido en ese videoportero ella lo había abierto sin dudar, convencida de que era un trámite administrativo, sin razón para temer nada concreto.

Ahora sabía quién era Mínguez. Sabía para quién trabajaba.

Sabía que Calvo había mandado a alguien a registrar el cajón del escritorio de Marcos la misma noche que Marcos había muerto, y que ese mismo Calvo había decidido que Mínguez volviera .

¿Y si venía a hacerle daño?

La pregunta llegó antes de que pudiera razonarla, con esa velocidad específica del miedo que no espera a que uno decida tenerlo.

Elena miró la pantalla durante dos segundos más.

Mínguez seguía de pie frente al portal con la paciencia de quien está acostumbrado a esperar.

No había nada en su postura que fuera explícitamente amenazante.

Pero tampoco había nada que la tranquilizara.

Fue al dormitorio.

Abrió el armario. Apartó las cajas de zapatos, sacó la bolsa de tela del fondo.

La abrió. La cámara estaba ahí, junto al disco duro de Lara, exactamente donde la había dejado.

La cogió. Las manos le temblaban ligeramente, lo notó cuando intentó encenderla y tuvo que pulsar el botón dos veces porque la primera no había apretado con suficiente firmeza.

La cámara se encendió. Abrió la aplicación en el móvil. La conexión wifi tardó unos segundos en establecerse, unos segundos en que Elena se quedó mirando la pantalla del teléfono con el pulso acelerado, contando mentalmente.

Conectada.

Fue a la cocina.

No tenía mucho tiempo. Mínguez llevaba ya casi un minuto esperando en el portal y si tardaba demasiado en abrir empezaría a parecer que algo pasaba.

Elena recorrió la cocina con los ojos buscando el sitio correcto, el ángulo que cubriera la mesa y las sillas sin que la cámara fuera visible desde donde iba a sentarse Mínguez.

La estantería encima de la nevera, entre la lata de conservas y el bote de aceite.

Lo había usado antes. Sabía que funcionaba.

Pero las manos seguían temblando y el primer intento salió mal, la cámara quedó demasiado inclinada hacia abajo, el ángulo no cubría la mesa. La ajustó. Comprobó en el móvil. Mejor, pero el encuadre cortaba la silla de la izquierda. La movió un milímetro. Volvió a comprobar.

Aceptable.

No era el ángulo perfecto. Pero cubría la mesa y la silla donde iba a sentarse Mínguez y la mayor parte del espacio donde iba a ocurrir la conversación. Tendría que servir.

Guardó el móvil en el bolsillo del pantalón.

Fue al recibidor. Se miró un segundo en el espejo de la entrada.

Pelo en orden. Respiración que intentaba ser normal y que no lo era del todo.

Nada que dijera que acababa de pasar cuatro minutos corriendo por el piso con las manos temblando instalando una cámara oculta.

Pulsó el botón para abrir el portal .

Mínguez llegó al rellano con la misma puntualidad mecánica de siempre. Elena lo esperó en la puerta abierta. Se saludaron con la formalidad de la primera visita — el pésame repetido, el maletín en la mano derecha, la inclinación breve de cabeza.

Pero esta vez los dos sabían cosas que no sabían la primera vez. Y los dos sabían que el otro lo sabía.

Dijo que lamentaba molestarla otra vez. Que habían surgido algunos asuntos que prefería tratar en persona.

Elena dijo que pasara. Lo guió a la cocina.

Mínguez se sentó en la misma silla que la vez anterior.

Dejó el maletín en el suelo. Cruzó las manos sobre la mesa.

Repasó el espacio con los ojos, el mismo inventario discreto de la primera visita, pero esta vez con una atención ligeramente diferente, más enfocada, como si supiera exactamente qué estaba buscando y quisiera confirmar que seguía en el mismo sitio.

Elena se sentó frente a él. No le ofreció agua.

Ese pequeño cambio estaba ahí, en el espacio entre los dos, sin que ninguno lo nombrara.

Mínguez empezó a hablar. Dijo que había llegado a su conocimiento que Elena había estado haciendo algunas averiguaciones en relación con los asuntos de su marido.

Que lo entendía, era una reacción completamente normal.

Que el duelo tomaba formas distintas en cada persona y que buscar respuestas era una de las más comunes.

Elena escuchó. Asintió en los momentos adecuados.

Por dentro calibraba. Mínguez hablaba con la misma fluidez de siempre, las palabras elegidas con la precisión de alguien que sabe exactamente el peso de cada una.

Pero había algo en su tono que era ligeramente diferente a la primera visita.

Menos paciente, quizás. O más consciente de que la paciencia tenía un límite y ese límite se estaba acercando.

Y Mínguez la notaba a ella también.

Ella lo vio en la forma en que sus ojos la evaluaban mientras hablaba, en el análisis constante que hacía de su postura, de sus respuestas, de los pequeños gestos con los que cualquier persona delata lo que está pensando aunque intente no delatarlo.

Elena sabía que estaba más tensa de lo que había estado la primera vez, que el pulso acelerado de los últimos minutos había dejado algún rastro en la forma de sostener las manos, en la respiración ligeramente más corta de lo habitual.

Los dos sabían cosas. Los dos sabían que el otro las sabía. Y los dos mantenían las formas porque romper las formas significaba nombrar lo que había debajo, y ninguno de los dos estaba en posición de hacerlo todavía .

Mínguez dijo que sin embargo había cosas que era mejor dejar donde estaban.

Que a veces la búsqueda de respuestas llevaba a lugares que no hacían el dolor más llevadero sino todo lo contrario.

Que él lo decía con el mejor de los ánimos, como alguien que había visto muchas situaciones similares y que genuinamente quería que Elena pudiera seguir adelante con su vida.

Elena dijo que lo entendía. Que apreciaba su preocupación.

Mínguez la miró.

Sus ojos se desplazaron hacia el salón, visible desde la cocina a través del arco de la puerta.

La foto enmarcada en el mueble junto a la televisión, Elena y Marcos en la playa con el mar detrás.

La misma foto que había mirado la primera vez.

Esta vez la miró más tiempo. Dos segundos, quizás tres, con una atención que no intentaba disimular del todo, como si necesitara que Elena la viera mirando.

Volvió a mirarla a ella.

Dijo, con la misma voz tranquila y modulada de siempre: hay cosas que es mejor dejar donde están, Elena. El que remueve brasas que no encendió, al final acaba quemándose. No lo digo yo, lo dice la experiencia.

Lo dijo con calma. Sin alzar la voz, sin cambiar el tono, sin ningún gesto que pudiera calificarse de amenazante si alguien lo describiera después.

Después cerró la frase con una sonrisa breve y dijo que había algunos documentos administrativos que necesitaban su firma en los próximos días, que le mandaría un correo con los detalles.

Elena no reaccionó.

No cambió la expresión, no movió las manos, no dejó que nada en su cara dijera que la frase había llegado donde Mínguez quería que llegara.

Por dentro, sin embargo, algo se cerró con fuerza, un puño invisible que apretaba en algún sitio detrás del esternón.

Lo sostuvo sin que se le notara, con la misma disciplina con que había sostenido todo lo demás desde noviembre.

Dijo que de acuerdo. Que gracias por venir.

Lo acompañó a la puerta. Mínguez recogió el maletín, repitió el pésame, dijo que lo sentía mucho, que si necesitaba cualquier cosa. Elena dijo que gracias. Cerró la puerta.

Se quedó de pie en el recibidor.

Escuchó el ascensor, la puerta cerrándose, el mecanismo bajando, el ruido que se apagaba cuando llegaba a la planta baja. Después el silencio.

Fue a la cocina.

Lo primero fue la cámara. La cogió de la estantería encima de la nevera, sacó la tarjeta de memoria, abrió la aplicación en el móvil.

Navegó hasta la grabación más reciente. El ángulo desde arriba y ligeramente ladeado, la mesa de la cocina, las dos sillas, Mínguez visible de espaldas y Elena de frente.

El audio llegaba con la ligera distorsión de los micrófonos pequeños pero con suficiente claridad para que las palabras fueran inteligibles.

La frase de las brasas estaba ahí.

Elena escuchó los diez segundos alrededor de la frase dos veces, con el volumen bajo, con el auricular en el oído para que el sonido no se escapara hacia ningún sitio que no fuera ella misma. Después paró la reproducción.

Tenía la grabación.

Fue al salón.

La foto estaba en el mueble junto a la televisión, en el mismo sitio donde había estado siempre, en el mismo sitio donde Mínguez la había mirado dos veces en dos visitas distintas. Elena la cogió. La sostuvo en las manos.

Elena y Marcos en una playa, sonriendo, con el mar detrás.

Un verano de hacía cuatro años, en Menorca, la última vez que habían cogido vacaciones de verdad, una semana donde los dos habían decidido sin decírselo del todo que esa semana iba a ser diferente, que iban a dejar fuera de ella todo lo que normalmente se interponía.

Marcos más relajado de lo que lo había visto en tiempo.

Elena sin los exámenes por corregir ni las sospechas que llevaban meses instaladas.

Solo los dos y el mar y el tiempo que pasa más despacio cuando uno decide no mirar el reloj.

El que remueve brasas que no encendió, al final acaba quemándose.

Elena miró la foto y repitió la frase en su cabeza.

La repitió de formas distintas, buscando todos los ángulos desde los que podía leerse.

La advertencia era clara. El mensaje era claro.

Mínguez había ido a su casa dos veces, la segunda con un mensaje que no podía repetirse en ningún contexto sin sonar inocente pero que nadie que lo hubiera escuchado en ese momento podía malinterpretar.

Calvo tenía miedo.

No lo había pensado en esos términos hasta ese momento, pero era la única lectura posible.

Si Calvo no tuviera miedo, Mínguez no estaría en su cocina diciéndole que no removiera brasas.

La presión significaba que había algo que proteger.

Y lo que había que proteger era exactamente lo que Elena y Lara tenían entre manos.

Devolvió la foto al mueble. La colocó exactamente como estaba, con el marco alineado con el borde del mueble, en el mismo sitio de siempre.

Se quedó mirándola un momento más .

Después cogió el móvil y llamó a Lara.