11. LA OBRA
Elena empezó a notar los preparativos antes de que nadie le dijera nada, porque llevaba ya tiempo suficiente en aquella casa para leerla como leía el cuerpo de Viktor.
Cambiaron cosas pequeñas. Viktor viajó más, y volvió de cada viaje más callado y más exacto, con esa concentración del hombre que arma algo grande pieza por pieza.
El teléfono sonaba a horas raras, y él lo atendía en el despacho con la puerta cerrada, cosa que no hacía.
El nombre de Armand empezó a aparecer en sus llamadas con una frecuencia nueva, y junto a él, cada vez más, otra palabra que Elena recogía sin entenderla del todo pero que se le fue quedando por lo mucho que se repetía: la mesa.
Se hablaba de la mesa. De quiénes estaban en la mesa, de lo que la mesa decidía, de un sitio en la mesa.
Y Viktor, cuando la decía, bajaba aún más la voz, como se nombra lo que de verdad importa.
Llegaron trajes nuevos a la casa —para él—, de una sobriedad todavía mayor que la habitual.
Llegó, un día, un joyero pequeño que Viktor guardó sin mostrárselo.
Y llegó, sobre todo, un cambio en cómo la trataba a ella: la exigía más pulida que nunca, revisaba su postura con una atención renovada, la corregía en detalles que hacía tiempo daba por aprendidos, como quien repasa una pieza antes de exhibirla en un sitio donde todo se mira.
Elena no preguntó —no preguntaba— pero lo intuyó con el cuerpo: que se acercaba algo.
Que Viktor la estaba preparando para entrar, a su lado, en un mundo aún más grande que el que ya le había mostrado.
Un sitio donde volvería a haber hombres como Armand, y donde ella tendría que ser, más que nunca, impecable.
La sola intuición le encendía por dentro una mezcla de vértigo y de orgullo: la de la posesión que sabe que va a ser mostrada en el altar más alto.
Fue una de esas noches, con los preparativos flotando en el aire de la casa, cuando Viktor decidió hacer con ella lo que Elena recordaría después como la posesión más pulida de todas.
* * *
—Esta noche no va a hacer nada —dijo él—. No va a servir, no va a ayudar, no va a moverse. Esta noche solo va a ser mirada, y va a mirarse. Quiero que vea lo que tengo.
La llevó al cuarto del espejo.
Elena no lo conocía. Era una habitación que Viktor mantenía cerrada, de paredes en penumbra y una sola pared entera de espejo, del suelo al techo, ante la cual había espacio despejado y, en un arcón bajo, enrollada con la pulcritud de todo lo suyo, cuerda de seda.
Roja oscura, casi negra a aquella luz, de un grosor exacto, tan cuidada y tan dispuesta como todo lo que aquel hombre poseía.
Elena la miró y sintió el pulso subírsele a la garganta, porque su cuerpo, que ya conocía las cosas de aquella casa antes que su cabeza, entendió que la seda no era para atarla como el caballete —para castigarla— sino para otra cosa, más lenta, más honda.
—Desnúdese —dijo Viktor—. Y póngase de cara al espejo.
Elena obedeció, y se quedó de pie, desnuda, frente a su propio reflejo, con Viktor detrás, vestido, entero, mirándola a ella mirarse.
Y esa fue la primera parte, antes de la seda: verse.
Verse entera, la piel translúcida encendida ya de anticipación, el pulso latiéndole visible en el cuello, el mapa de siempre delatándola.
Verse impecable —la postura que él le había enseñado, la espalda recta, el mentón alto, los hombros abiertos, las manos sueltas— y verse, a la vez, deseada, expuesta, suya.
No estaba acostumbrada a mirarse así, de frente, sostenidamente; había pasado la vida entera evitando los espejos, encogiéndose ante ellos.
Y ahora Viktor la obligaba a sostenerse la mirada mientras él tomaba la cuerda.
La ató despacio. Con una lentitud ritual que no tenía nada que ver con la eficacia seca del caballete.
Le pasó la seda por el cuerpo tramo a tramo, tejiéndosela sobre la piel con una precisión de artesano —los brazos plegados a la espalda y ceñidos, la cuerda cruzándole el torso por encima y por debajo de los pechos hasta enmarcárselos y levantárselos, apretándolos, haciéndolos resaltar entre las líneas rojas; las vueltas bajándole por el vientre, abriéndosele entre las piernas, ciñéndola donde estaba ya húmeda—.
Y Elena lo miró todo en el espejo. Esa era la orden y esa era la trampa: que no podía cerrar los ojos, que tenía que verse ser convertida, vuelta a vuelta, de mujer en obra.
Se vio desaparecer bajo la seda y aparecer como otra cosa —un cuerpo tejido, enmarcado, inmovilizado, hermoso de un modo que no se reconocía—, y cuanto más apretaba Viktor los nudos, más se le encendía la piel entre las líneas rojas, y más entendía, sin palabras, algo que la recorrió como un escalofrío: que la estaban cerrando.
Que cada vuelta de seda era una salida menos.
Que su cuerpo, atado así, no podía moverse ni ayudar ni participar ni soltarse por ningún lado —solo recibir, solo ser—, y que esa contención total, lejos de asustarla, le daba el alivio hondo de no poder hacer ya absolutamente nada salvo pertenecer.
Cuando terminó de atarla —los brazos inmovilizados a la espalda, el torso tejido, los pechos alzados y ceñidos entre la seda, una cuerda pasándole entre las piernas que la tocaba con cada movimiento mínimo—, Viktor la hizo mirarse entera.
—Mírese —dijo, detrás de ella, con la boca cerca de su oído—.
Esto es lo que tengo. Mire qué bien hecha está.
—Le pasó una mano por el costado, por encima de las cuerdas, reclamándola—.
No hay una sola grieta en usted. Ni una.
La formé sin resquicios. —Y Elena, mirándose en el espejo, atada, encendida, impecable, sintió el orgullo de ser eso para él, la obra de él, y sintió a la vez, muy por debajo, la punzada de siempre, más honda esta noche: porque al mirarse tan perfecta, tan cerrada, tan sin un solo borde suelto, buscó en su propio reflejo el sitio que era de ella —un rincón, un resquicio, algo que la seda no ciñera y la mirada de él no alcanzara— y no lo encontró.
No había. Estaba entera por fuera, entera para él, y por dentro, detrás de la piel translúcida que lo decía todo, había algo que el espejo no mostraba y que no tenía por dónde salir.
No lo pensó con palabras. Solo se le llenaron los ojos, ahí atada, sin saber por qué, mirándose.
Y entonces Viktor la usó.
* * *
La tomó por detrás, de pie, sosteniéndola por las cuerdas que le cruzaban la espalda como quien toma las riendas, y la penetró duro, hondo, de una sola embestida que la hizo doblarse hacia delante contra la seda que la sujetaba.
No fue lento como el atado. Fue rudo. Dueño.
La cuerda que le pasaba entre las piernas se tensó con cada empuje y la frotó justo donde ardía, de modo que él la usaba por dentro y la seda la usaba por fuera a la vez, y Elena no podía hacer nada —los brazos atados a la espalda, el cuerpo tejido e inmóvil—, nada salvo recibir, embestida tras embestida, sostenida por las cuerdas y por las manos de él.
Y todo el tiempo, el espejo.
—No cierre los ojos —le ordenó Viktor cuando ella, deshecha, intentó bajarlos—. Mírese. Mire cómo la uso.
Y Elena se miró. Se vio a sí misma atada y poseída, la seda roja marcándole la piel clara, los pechos alzados y temblando con cada golpe, la cara encendida, la boca abierta, un hilo de saliva, los ojos llenos —se vio siendo usada por el hombre que la gobernaba, y verse fue otra forma de ser poseída, la más completa, porque ya no solo lo sentía: lo presenciaba, no podía apartar la vista de su propia entrega—.
Viktor la embistió más duro, sujetándola por la seda, gobernándola entera desde las cuerdas, y le habló al oído sin dejar de mirarla en el reflejo a ella, a los dos:
—Esto es lo que va a entrar conmigo a esa mesa —dijo, ronco, dueño—. Esto. Una mujer sin una sola grieta. Mírese bien, porque es lo que va a ver todo el que la mire a mi lado: lo que yo poseo, y cómo lo poseo. —Otra embestida, honda, que la subió sobre la punta de los pies—. Dígame de quién es.
—Suya, señor —jadeó Elena contra el espejo, mirándose decirlo, viendo su propia boca formar las palabras—. Toda suya. Sin una grieta.
—Ni una —repitió él, y la usó más fuerte todavía, hasta que la seda le mordía la piel y la fricción entre las piernas la volvía loca y Elena colgaba de las cuerdas y de él, sin voluntad, sin cuerpo propio, pura pertenencia—. Ahora se corre. Mirándose. Quiero que se vea.
Y Elena se corrió mirándose a los ojos en el espejo, atada, poseída, con la seda ciñéndola entera y el hombre hundido en ella hasta el fondo, y fue un orgasmo que la partió de arriba abajo, largo, brutal, que la sacudió contra las cuerdas mientras se obligaba a no cerrar los ojos, a verse acabar, a presenciar su propia entrega, entera.
Y Viktor terminó detrás, dentro, con dos, tres embestidas finales que la clavaron contra su cuerpo, vaciándose en ella con un gruñido bajo, sosteniéndola entera por la seda mientras se derramaba hasta el último espasmo, dueño hasta el final.
* * *
La sostuvo así un rato, hundido todavía, los dos reflejados en el espejo —él vestido y entero, ella desnuda y tejida y deshecha—, hasta que las respiraciones bajaron.
Después la desató. Despacio, vuelta por vuelta, con la misma paciencia con que la había atado, retirándole la seda tramo a tramo y devolviéndole el cuerpo, frotándole cada marca roja que la cuerda le había dejado en la piel clara para devolverle la sangre.
Y Elena, mientras la desataban, se miró en el espejo aparecer de nuevo —dejar de ser obra y volver a ser mujer, la piel marcada de líneas, los ojos rojos, el cuerpo laxo—, y sintió la calma inmensa de después, la paz honda de haber sido poseída sin dejar nada afuera.
Pero se quedó, esa noche, con la imagen grabada.
No la del sexo —esa se disolvía en la calma como todas—.
La otra: la de ella misma atada frente al espejo, buscándose un rincón propio en su propio reflejo y no encontrándolo.
Viktor la había llamado, orgulloso, la obra suya.
Y esta noche, por primera vez, Elena había sentido que esas palabras, que a él le sonaban a la cumbre de su arte, escondían por debajo algo que a ella le pesaba sin nombre: que una mujer sin una sola grieta es también una mujer sin una sola salida.
Que él la había cerrado tan bien, tan perfecta, tan entera, que no le había dejado ni una rendija por donde respirar lo que fuera que llevaba dentro y no lograba soltar.
No lo dijo. No sabía siquiera cómo se diría.
Se dejó desatar, se dejó frotar las marcas, se dejó llevar a la cama, y se durmió contra el cuerpo de Viktor con la piel cruzada de líneas rojas que se irían borrando y con una intuición que no se borraba —la de que se acercaba una mesa, un sitio alto, un mundo aún mayor donde iba a entrar a su lado como la obra que él había hecho—, y con el sitio hueco de siempre, esta noche más lleno, apretándose en silencio detrás de la piel que lo decía todo menos eso.