Elena, El Umbral de la Obediencia (Umbrella: El Imperio de la Obediencia nº 4) 10. EL DISCÍPULO #2
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10. EL DISCÍPULO #2

Se le encendió el cuerpo de una manera que la avergonzó.

Ahí, escondida, mirando lo que no debía, Elena sintió la humedad subirle entre las piernas, el pulso golpeándole en la garganta —en su garganta, que se acordaba de lo que era estar así—, y sin decidirlo se llevó una mano abajo, por debajo del cuero, y se tocó mirando.

Se tocó al ritmo de las embestidas de Armand, imaginándose ella en el lugar de Rosaria, imaginando esa entrega sin esfuerzo, y se le mezclaron dos cosas que no supo separar: el morbo puro de mirar, y la punzada de comparar.

Porque mientras se tocaba, mientras el placer le subía, no dejaba de pensar —sin palabras, con el cuerpo— que ella nunca se hundía así.

Que a ella siempre le costaba. Que había algo en Rosaria, una manera de desaparecer del todo en el servicio, que a Elena se le escapaba por más perfecta que fuera, y que esa falta —esa cosa que a la otra le sobraba y a ella le faltaba— le dolía justo debajo del placer, en el mismo sitio hueco de siempre.

Se llevó al borde así, encendida y herida a la vez, y vio a Armand tensarse, y vio cómo terminaba —dentro, en la garganta rendida de Rosaria, sujetándola con fuerza por el pelo mientras se vaciaba hasta el fondo, y a Rosaria tragándolo entero, sin derramar, sin apartarse, hasta el último espasmo—, y Elena se corrió a la vez que él, mordiéndose la mano en la sombra del pasillo para no hacer ruido, temblando contra la pared, con los ojos llenos y una insatisfacción honda debajo del orgasmo, la de siempre, la que su propia mano no alcanzaba nunca.

Se apartó de la puerta antes de que la vieran.

Volvió por el pasillo con las piernas temblándole, la mano húmeda, el cuerpo encendido y el pecho apretado, y supo dos cosas a la vez: que lo que había hecho —mirar, tocarse— era una falta, y que no podía callárselo, porque en aquella casa callar era decidir, y ella ya no decidía.

* * *

Viktor no dormía. Casi nunca dormía cuando había un asunto abierto en la casa.

Lo encontró en la penumbra de su cuarto, de pie junto a la ventana, y Elena se arrodilló nada más entrar, sin que se lo mandara, porque el cuerpo le pedía arrodillarse antes de hablar.

—Señor —dijo, con la voz rota—. Tengo que decirle una cosa.

—Dígala.

—Pasé por el ala de invitados. La puerta estaba abierta. —Bajó la cabeza—. Vi al señor Armand con su mujer. Y me quedé mirando. Y me… —tragó— me toqué mirándolos, señor. No debí. Vengo a decírselo.

Viktor la miró un largo rato, en silencio, con esa calma que no era ni enojo ni perdón, y Elena esperó de rodillas, con el corazón golpeándole, sin saber qué venía.

—Hizo bien en decírmelo —dijo él al fin—.

Y ahora le voy a recordar una cosa que parece que ver a otro hombre le hizo olvidar por un momento.

—Se acercó, le tomó el pelo con esa mano firme, le echó la cabeza atrás para que lo mirara—.

Usted puede mirar lo que quiera. Puede excitarse con lo que sea.

Pero este cuerpo, y lo que le pasa a este cuerpo, es mío.

Se tocó pensando en la garganta de esa mujer.

Bien. Ahora va a usar la suya, y va a acordarse, mientras la usa, de quién es su dueño.

No fue un castigo del caballete. Fue otra cosa, más directa, más íntima: un recordatorio escrito en el cuerpo.

La puso de rodillas como estaba, le abrió el pantalón, y se hundió en su boca sin la paciencia de otras veces, dueño, duro, gobernándola desde el puño en el pelo igual que Armand había gobernado a Rosaria —y Elena entendió que él lo hacía a propósito, que le estaba dando lo mismo que ella había mirado, para que no le quedara duda de a quién pertenecía—.

La usó hondo, sostenido, sin dejarla apartarse, y Elena peleó como peleaba siempre —porque ella no era Rosaria, porque a ella la garganta le costaba, porque su cuerpo se defendía y ella tenía que rendirlo a fuerza de voluntad—, y en esa pelea, en ese esfuerzo que era tan suyo, encontró su propia entrega, distinta de la de la napolitana pero entera, la de quien se rinde venciéndose a sí misma.

Las lágrimas le corrieron, la piel translúcida encendida y a la vista, delatándolo todo como siempre.

—Ahora se acuerda —dijo Viktor, bajo, sin dejar de moverse—. De quién es. —Y Elena, con él hundido en la garganta, asintió como pudo, y ese asentir con la boca llena fue la cosa más obediente que había hecho.

Cuando él terminó, terminó masivamente, con un empuje hondo y un gruñido bajo, vaciándose en su garganta en una cantidad que la desbordó.

Le había ordenado tragarlo entero, no derramar nada, y Elena luchó por obedecer —cerró la garganta alrededor de él, tragó, tragó otra vez—, pero era demasiado, y aun con toda su voluntad se le escapó: le desbordó por las comisuras, le resbaló por la barbilla, le bajó por el cuello y por el pecho, tibio, espeso, marcándole la piel clara por donde caía.

Y Elena se quedó de rodillas, con lo que no había podido tragar escurriéndosele por el cuerpo, la cara mojada, los ojos rojos, jadeando, y no intentó limpiarse —esperó, con las manos abiertas sobre los muslos, ofrecida, marcada, suya—, porque había entendido perfectamente la lección: que podía mirar a otros, pero que era de él, y que él la marcaba por dentro y por fuera para que no se le olvidara.

—Ahora sí —dijo Viktor, mirándola así, cubierta, de rodillas—.

Ahora se acuerda. —Le pasó el pulgar por el labio, recogiendo, y se lo metió en la boca para que lo limpiara, y ella lo hizo—.

Límpiese, y a la cama. Mañana cierro con Armand, y quiero mi casa en orden.

Y a usted, impecable, sirviéndole a él, como lo que es.

* * *

La negociación se cerró al día siguiente, a media mañana, con un apretón seco de manos y sin un solo papel.

Armand y Rosaria se fueron después del mediodía, de la misma manera exacta en que habían llegado —él delante, ella medio paso atrás, envuelta en un vestido de mundo que insinuaba lo que la noche anterior Elena había visto entregarse—.

En la puerta, Armand le dedicó a Viktor una inclinación mínima de cabeza, y a Elena, de pasada, una última mirada honda que le recorrió la piel y que ella sostuvo con los ojos bajos, sin encogerse, impecable, como Viktor le había mandado.

Y creyó ver —no lo habría jurado— que aquel hombre terrible y joven registraba algo de ella, lo archivaba en alguna parte de esa cabeza que lo leía todo, como quien guarda un dato de una mujer que quizá, algún día, en otra mesa, volverá a ver.

Cuando se fueron, la casa recuperó su silencio grueso, y Elena la ordenó entera, como se le había mandado, dejándola como un altar.

Pero por dentro no estaba en orden. Por dentro le daba vueltas, sin parar, lo que había visto en aquel pasillo.

No el sexo —el sexo lo había disfrutado, y Viktor se lo había cobrado, y eso estaba cerrado—.

Lo otro. La manera en que Rosaria se hundía.

La entrega que a la napolitana no le costaba y que a ella, por perfecta que fuera, siempre le costaría.

Elena ordenó la casa impecable, sirvió impecable, obedeció impecable, y por debajo de toda esa perfección sostenida a fuerza de esfuerzo sentía, más lleno que nunca, el sitio hueco: la sospecha, todavía sin palabras, de que en ella había algo que no salía por ninguna parte, algo que la otra mujer había sabido soltar y que ella no —que ella se lo tragaba, como se había tragado a su dueño, y que lo que no lograba tragarse entero se le quedaba dentro, sin escurrirse hacia ningún lado, subiendo despacio detrás de la obediencia sin una sola grieta.