4. LA ENTREGA #2
Se abrió el pantalón sin prisa, con la misma economía de movimientos con que hacía todo, y Elena lo tuvo delante de la boca, y esperó, porque no le habían dado la orden todavía y ya había entendido que en esa casa no se adelantaba nada.
La espera fue su primera disciplina de rodillas: tenerlo ahí, a un aliento, deseándolo, y no moverse hasta que él lo permitiera.
Se le hizo agua la boca. Sintió la humedad subir entre sus propias piernas, sin que nadie la tocara, solo de estar arrodillada y quieta y disponible.
—Abra —dijo él.
Y ella abrió la boca, y él entró, y empezó la que iba a ser la primera lección larga de su educación.
No fue rápido ni fue amable. Viktor la tomó por la garganta desde dentro con la misma calma dominante con que la había tomado por el cuerpo la noche anterior, sin ninguna prisa, marcando él el ritmo y la hondura, con una mano cerrada en el pelo de ella no para lastimarla sino para gobernarla, para recordarle a cada momento que era él quien movía, que ella solo recibía.
Le enseñó desde el primer minuto que aquello no era una caricia que ella daba sino un uso que él hacía: la palabra que él iba a usar después, muchas veces, era esa —usar—, y Elena la aprendió aquella mañana con el cuerpo antes que con el oído.
La sostuvo, la guio, la hizo tomarlo hondo, más hondo de lo que ella habría creído que podía, hasta que se le llenaron los ojos de agua y se le escapó el aire y todo su cuerpo peleó por un segundo contra la invasión.
Y él no se detuvo por las lágrimas —había entendido, o sabía de antes, que las lágrimas de ella no eran una negativa— sino que esperó, quieto, hundido, dándole tiempo a que la garganta cediera y se abriera y aprendiera, y cuando cedió, cuando Elena dejó de pelear y se entregó a estar así, abierta y usada y quieta, algo en ella se soltó hacia dentro con un alivio enorme, el mismo alivio de la noche anterior pero más hondo, porque esta vez no había ni siquiera placer propio de por medio: había solo el servicio, el estar siendo usada, el ser útil al hombre que la poseía.
Y descubrió, arrodillada, con los ojos llorosos alzados hacia él y las manos quietas sobre los muslos como se le había ordenado, que aquello —dar sin recibir, servir sin cobrar— la encendía más que cualquier cosa que le hubieran hecho a ella.
Viktor la usó largo. La llevó y la trajo, le marcó pausas para que respirara y volvió a hundirse, la mantuvo trabajando con la garganta en profundidad y sostenida, sin permitirle apartarse ni acelerar por su cuenta, gobernándola entera desde el puño cerrado en su pelo.
No la elogió. Elena aprendería que el elogio, en Viktor, era tan raro como la sonrisa.
Pero en un momento, sin dejar de moverse, dijo una sola palabra, baja, casi para sí:
—Correcto.
Y esa palabra sola, que ella no sabía todavía lo poco que él la gastaba, le atravesó el cuerpo entero como si la hubiera tocado, y Elena redobló el servicio, se entregó más, buscó con la garganta ganarse otra, y no llegó otra —no iba a llegar otra en mucho tiempo—, pero la sola posibilidad la mantuvo trabajando con un fervor que la sorprendió a ella misma.
Cuando él terminó, terminó dentro, sin avisar y sin prisa, con una mano todavía cerrada en su pelo y la otra apoyada en la pared, y le ordenó con la voz apenas alterada que se lo tragara entero y que no derramara nada, y Elena obedeció, y él se lo comprobó después haciéndola abrir la boca y mostrarle que estaba limpia, como quien revisa que una tarea se hizo bien.
Solo entonces le soltó el pelo. Solo entonces le dijo que podía bajar los ojos, y ella los bajó, y el bajarlos —por entrega, no por miedo, exactamente como él le había dicho— fue el cierre de la lección.
—Levántese —dijo Viktor, ya recompuesto, otra vez entero y en orden como si nada hubiera pasado—. Ahí tiene lo que va a llevar hoy. Póngaselo. Después ordene la cocina; anoche quedó como quedó y no me gusta encontrarla así. A mediodía reviso la casa y la reviso a usted.
Elena se levantó con las rodillas marcadas del suelo y la boca todavía ocupada del sabor de él, y tomó de la cama la prenda de encaje y las tiras de cuero, y empezó a ponérselas sin saber bien cómo iban, girando las hebillas, buscando la lógica de aquel arnés mínimo que no cubría sino que enmarcaba, que le ceñía la cintura y le cruzaba el pecho y le dejaba todo lo demás a la vista.
Y cuando por fin estuvo vestida con lo único que podía llevar en aquella casa —expuesta, ceñida, ofrecida incluso a solas—, se miró un segundo en el espejo y no se reconoció, y en el mismo segundo entendió que esa mujer del espejo, la que no reconocía, era la que iba a ser a partir de ahora, y que no le daba miedo.
Fue a la cocina a poner orden, descalza, con el cuero ciñéndole el cuerpo, y mientras ordenaba —mientras devolvía cada cosa a su sitio con el cuidado con que se atiende un altar— se sentía, por primera vez en su vida, completamente en su lugar.
Tenía la casa que atender y un hombre que la atendía a ella.
Tenía reglas para cada hora y un cuerpo que ya no tenía que decidir nada.
Tenía, creía, todo lo que había ido a buscar.
Y estaba tan ocupada teniéndolo que no notó lo otro: que desde que había cruzado aquella puerta no había tenido, ni una sola vez, un momento que fuera solo suyo.
Que el orden que la rodeaba por fuera, tan perfecto, tan sin resquicios, no le dejaba por dentro ni una rendija a solas.
No lo notó porque no lo buscaba todavía.
Ordenó la cocina, la dejó impecable, y esperó el mediodía y la revisión con el cuerpo tranquilo y algo, muy al fondo, empezando —sin ruido, sin salida— a acumularse.