4. LA ENTREGA
Elena despertó en una cama que no era la suya, en un silencio que no se parecía a ningún silencio que hubiera oído.
No era la ausencia de ruido de su apartamento, ese silencio pobre hecho de vecinos lejanos y del zumbido de la nevera.
Era un silencio construido, espeso, de casa gruesa y bien hecha, un silencio que costaba dinero y que parecía existir para que dentro de él nada pasara desapercibido.
Abrió los ojos despacio. La luz entraba filtrada, medida, por una cortina que alguien había dejado exactamente en el punto en que dejaba pasar la mañana sin dejar pasar la calle.
Todo, hasta la luz, estaba bajo control en aquella casa.
Estaba desnuda entre las sábanas. Su ropa de la noche anterior no estaba en la silla donde la había dejado —donde él le había indicado dejarla— ni en ninguna otra parte.
Había desaparecido, y Elena entendió, con el cuerpo antes que con la cabeza, que no la habían movido sino retirado, y que esa desaparición era la primera frase de una conversación que aún no habían tenido.
Se incorporó. Y fue entonces cuando vio la casa a la luz del día, porque la noche anterior no había visto más que la penumbra, el orden y a él.
Era un lugar de una pulcritud que imponía.
Líneas limpias, superficies desnudas, ni un objeto de más, ni una foto, ni un papel, ni una de esas cosas pequeñas con que la gente ensucia sus casas para demostrarse que las habita.
Todo lo que había estaba porque servía o porque era hermoso, y nada por costumbre.
Un sitio así no se hereda ni se acumula: se decide, pieza por pieza, por una voluntad que no soporta lo que sobra.
Elena reconoció esa voluntad. La había tenido encima toda la noche.
Viktor entró sin llamar, porque era su casa y su cuarto y, desde la noche anterior, también era suya la mujer que había en la cama.
Venía vestido, entero, recién afeitado, con esa presencia que ordenaba la habitación con solo cruzar la puerta.
Traía algo doblado sobre el antebrazo, y Elena, por instinto, se subió la sábana sobre el pecho.
Él se detuvo. Le miró la mano que sujetaba la sábana, y después le miró la cara, sin prisa, hasta que Elena entendió sola —porque él no lo dijo— y bajó la sábana y la dejó caer a su cintura, y luego, sonrojándose, del todo.
Se descubrió entera delante de él, sentada en la cama, a la luz de la mañana. Viktor asintió apenas.
—En esta casa no se esconde el cuerpo —dijo—. Ni de mí, ni nunca. Es la primera regla, y de ella salen casi todas las demás. Va a costarle unos días dejar de taparse. No la voy a apurar. Pero tampoco la voy a dejar pasar una sola vez.
Dejó lo que traía a los pies de la cama. Era una prenda, y Elena la miró sin entenderla del todo: apenas una pieza de encaje negro, mínima, y unas tiras finas de cuero con hebillas pequeñas y brillantes.
—Antes de que se levante, tenemos que hablar de cómo va a vivir aquí —dijo Viktor, y se sentó en el sillón que había junto a la ventana, cruzó una pierna sobre la otra y la miró con la calma de quien tiene todo el tiempo del mundo y ninguna intención de gastarlo de más—.
Y quiero que escuche entero antes de decir nada. La escucho después.
Elena juntó las manos sobre el regazo, desnuda, y escuchó.
—Se queda —dijo él—. No como quien viene una noche.
Como quien pertenece. Anoche cruzó esa puerta por su pie, y por su pie puede irse ahora mismo, vestirse con lo que traía, que está guardado, y salir, y no volver a saber de mí.
Es la última vez que le voy a ofrecer esa puerta con estas palabras; después dejará de estar sobre la mesa.
Así que piénselo mientras hablo. —Hizo una pausa exacta—.
Pero si se queda, se queda entera. Su cuerpo, su tiempo, su ropa, sus horas, lo que hace y lo que no hace, cuándo y cómo.
Todo pasa por mí. A cambio, usted deja de cargar con la única cosa que no ha sabido cargar nunca sola, que es la de decidir sobre usted misma.
Yo decido. Usted obedece. Y en esa obediencia va a encontrar la paz que vino a buscar.
Elena no dijo nada, porque él le había dicho que escuchara, pero su cuerpo dijo por ella: se le había soltado la respiración, se le habían aflojado los hombros, y la piel del pecho se le encendió no de vergüenza sino de algo parecido al alivio.
—Cómo va a funcionar esta casa —siguió Viktor—.
La casa la lleva usted. La quiero impecable, siempre, en el mismo orden en que la encontró, porque el orden de fuera es lo que le va a enseñar el orden de dentro.
No es una sirvienta; es la mujer de esta casa, y la mujer de esta casa la mantiene como un altar.
Yo no me ocupo de la casa. Yo me ocupo de usted.
Ese es el trato: usted maneja la casa, y yo la manejo a usted.
Se levantó, tomó del pie de la cama la prenda de encaje y las tiras de cuero, y las sostuvo en alto para que ella las viera bien.
—Y esto es lo segundo. Dentro de estas paredes, usted lleva solo lo que yo le doy.
Nada suyo. Nada de lo que traía. Nada que la cubra por costumbre o por pudor.
—Dejó que Elena mirara la prenda: el encaje mínimo, translúcido, hecho para insinuar y no para tapar; las tiras finas de cuero negro con sus hebillas, pensadas para ceñir el cuerpo y enmarcarlo más que para vestirlo—.
A veces será encaje como este, de este que no esconde nada y que se ve todo por debajo.
A veces serán correas, arneses, cuero que le cruza el cuerpo y la deja expuesta en vez de cubrirla, que le ciñe la cintura y le levanta el pecho y le deja lo demás al aire.
A veces, ropa interior que existe para que yo la mire, no para que usted se sienta vestida.
Y a veces nada, cuando yo lo decida. Nunca va a elegir usted.
Cada mañana yo le voy a dejar lo que va a llevar ese día, y usted se lo va a poner sin preguntar, y va a andar por esta casa así, ordenándola, viviendo, disponible, con el cuerpo siempre a la vista de quien manda en él.
¿Por qué? —Se acercó, le tomó la barbilla, se la levantó apenas—.
Porque una mujer que anda por su casa cubierta y cómoda se olvida de lo que es.
Y yo no quiero que usted se olvide ni un minuto del día.
Elena tragó saliva. Tenía el pulso latiéndole en la garganta, a la vista, y él lo estaba mirando.
—Puede hablar —dijo Viktor.
—Sí, señor —dijo ella, porque era lo único que le cabía entero en la boca, y porque decirlo volvió a acomodarle por dentro esa parte suya que se sentaba, aliviada, cada vez que él le quitaba una decisión de las manos.
—Hay más, y lo va a ir aprendiendo con los días, porque no se aprende de una vez —dijo él, soltándole la barbilla—.
Cómo se dirige a mí ya lo sabe: “señor”, siempre, cada vez.
Cómo habla: poco, y cuando yo abra el turno.
En esta casa no se llena el silencio por llenarlo.
Si tiene algo que decir que valga la pena, lo dice; lo demás se lo guarda.
Cómo está su cuerpo cuando yo entro a una habitación: se detiene lo que esté haciendo, se pone de frente, en la postura, y espera.
No corre hacia mí ni se aparta. Se ofrece, quieta, y deja que yo decida si esa vez la uso o solo paso de largo.
Antes de tocar cualquier cosa que sea mía —y en esta casa todo es mío, empezando por usted— pide permiso con la mirada y espera el gesto.
No baja los ojos por miedo; los baja por entrega, y solo cuando yo lo haya merecido.
Todo esto le va a salir mal al principio.
Se va a equivocar. Y cada error se corrige.
—La miró un segundo más de lo necesario—.
Algunos se corrigen con una palabra. Otros no.
Pero de las correcciones hablamos cuando lleguen. Hoy solo quiero que empiece.
—Sí, señor.
—Póngase de pie.
Elena se levantó de la cama, desnuda, y se quedó de pie delante de él, y esta vez, sin que él se lo dijera, buscó la postura: la espalda recta pero no rígida, el mentón alto, los hombros abiertos, las manos sueltas a los costados.
Le temblaban un poco. Pero el cuerpo, aquel cuerpo que llevaba toda la vida encogiéndose para que no lo vieran, se abrió delante del hombre que había decidido mirarlo siempre, y decir “estoy disponible” sin que la boca lo dijera resultó, para su propia sorpresa, lo más natural que había hecho nunca.
Viktor la rodeó una vez, despacio, comprobando la postura como quien comprueba una obra recién empezada.
Le corrigió con dos dedos la línea de la espalda, le subió medio centímetro el mentón, le separó apenas los pies.
Y cuando la tuvo exactamente como la quería, se detuvo delante de ella, muy cerca, y le habló bajo.
—Todavía no le voy a poner la ropa —dijo—. Primero la voy a usar. Porque quiero que la primera cosa que aprenda su cuerpo esta mañana, antes que ordenar la casa, antes que vestirse con lo mío, sea de quién es.
Le puso una mano en el hombro. No apretó; solo dejó ahí el peso, y el peso bastó. Elena entendió la orden antes de que él la dijera, y sintió que se le encendía la piel del pecho y del cuello, el mapa de siempre delatándola, porque su cuerpo ya sabía lo que le iban a pedir y ya lo estaba deseando.
—De rodillas —dijo Viktor.
Y Elena se arrodilló delante de él sobre el suelo frío, y lo hizo como él iba a enseñarle a hacerlo siempre, aunque esta primera vez le salió por instinto: las rodillas apenas separadas, la espalda recta, los muslos abiertos lo justo, y las manos —esto sí se lo corrigió él, tomándoselas y colocándoselas— sobre los muslos, palmas abajo, quietas.
Quieta toda. Ofrecida. Con la cara a la altura de su cinturón y los ojos alzados hacia él, esperando.
—Los ojos en mí hasta que yo se lo diga —dijo—. Y las manos donde están. No me toca con las manos. Esto no lo hace con las manos.