Capítulo 45
Veintidós horas antes de la tragedia
El aroma a limpio anuncia su llegada a la reunión informativa.
Con los cabellos todavía húmedos y los ojos febriles, recorre el salón principal en busca de Germán y de respuestas.
No halla ninguna de las dos. El espacio está atestado.
Agudiza los sentidos. Solo alcanza a escuchar un silencio demoledor: el de cuatrocientas personas conteniendo la respiración a la espera de un relato plausible que les haga creer que el asesino no es uno de ellos.
Anochece sobre unos fiordos, los de Groenlandia, a los que nadie presta atención.
Maravillas toma asiento en la última fila.
El personal ha habilitado el comedor como un teatro; las hileras de sillas recuerdan la disposición de un cine de verano.
Los trabajadores permanecen de pie, circunspectos.
El foco del escenario se enciende. Ya no actúa Arya Devant; lo hace Monika Volkers con sus hechuras de soprano.
Mar no presta atención. Mira en todas direcciones.
Desea de corazón que su marido entre de un momento a otro como el niño grande que es.
Que le bese el pelo. Y la abrace fuerte.
Como hacían en Namie. Cuando aún se querían y el mundo estaba por estrenar.
Otea la habitación. Su mirada tropieza con la de Begur. Las dos están llorando. Le hace ver con la mirada que está bien. Siente una conexión profunda con esa mujer, que tiene la edad de ser su abuela.
La presidenta comienza a ofrecer una explicación. Tras ella, su guardia pretoriana: Aguilar, Schäfer, Nanshan y los cíborgs trajeados. Acevedo, en el atril, le estrecha los dedos. Su sello dorado le hace daño.
La baronesa se cambia de sitio. Atraviesa el salón por un lateral, avanza en las hileras y se reúne con Mar. Sus carraspeos le allanan el camino. Un caballero anónimo le cede el asiento a la dama que tose. Ya juntas, se abrazan.
—La escena está milimétricamente ensayada —dice Begur con rabia— . La puesta en escena es sublime. Míralos, a los muy hijos de puta, por la estética, la grandiosidad y la composición parece un encuadre de Leni Riefenstahl.
Su calor la reconforta un poco. Lo haría más el amor de Germán .
—¡¿Estás bien?! —dice—. Hemos estado preocupadísimos.
Ve algo en sus ojos que no logra traducir.
«Shhh». Alguien las hace callar.
Entrelazan los dedos. En voz baja, le cuenta que su marido no se ha despegado ni un minuto desde que la dejaron en la cabina. Justo antes de la reunión, Germán se ha ausentado alegando una urgencia.
Maravillas suspira. Ha entrado tan rápido en el comedor que no ha reparado en que hay una silla vacía en primera fila.
Le han reservado un puesto privilegiado con el resto de los sospechosos que han dejado de serlo.
No es consideración, es iconografía. Las otras cuatro personas interrogadas, con su presencia y beneplácito, asisten a su exoneración y corroboran a pies juntillas la versión oficial: muerte accidental.
Poquet repasa el semblante de sus rivales por unas horas: una acróbata, un crítico literario, un empresario ruso y un camarero filipino. Reiría la gracia si el chiste no fuera absurdo.
—Nos van a decir que el pobre Ponce se ha ahorcado él solito, ya verás.
—No les quedan muchas más opciones .
Les chistan de nuevo, y atienden.
Su mente vuelve sobre su obsesión favorita: «¿Dónde demonios se ha metido Germán?».
— En primer lugar, queremos agradecer la buena predisposición de Arya Devant, Tavo Méndez, Arkady Volkov y Maravillas Poquet por su paciencia y generosidad.
—Monika Volkers la busca contrariada por el hueco en su dentición de sillas perfectas—.
También a… a… —Aguilar le apunta el nombre de quien dio con el cadáver y lo borra tras mencionarlo—.
Sin olvidar al capitán Schäfer y al equipo de seguridad por el trabajo realizado en tiempo récord.
Como saben, esta reunión es para facilitarles todas las explicaciones que requieran.
Rumores de desaprobación.
— Para informarles de que, aunque estamos consternados por lo ocurrido, por respeto a Ponce y a su compromiso con la vida debemos continuar. Desde este momento, nos disponemos a retomar las actividades de la travesía con normalidad. —Toma aire. Su disgusto es real—. Él así lo habría querido.
Patricia Aguilar coge el micrófono. La versión corporativa atorada en la garganta.
Arya, Tavo y Arkady suspiran. Todo el Embryo lo hace. La emisión del alivio eleva el dirigible unos metros. Aguilar lee su propio discurso. La versión extendida que los asistentes escuchan es algo como lo que sigue:
—La investigación apunta a que Ponce Savaté se habría reunido con alguien en la madrugada del miércoles al jueves.
Entendemos que, buscando algún tipo de intimidad, eligieron la parte superior del escenario donde nos encontramos.
—A gu ilar señala la tramoya con un movimiento de barbilla—.
Tampoco estamos en disposición de afirmar si esa reunión llegó o no a producirse.
Lo que sí parece probado es que el señor Savaté tuvo la mala fortuna de tropezar con parte de la escenografía y perder el equilibrio, golpeándose la cabeza.
Supuesto corroborado por el doctor Nanshan.
—El médico asiente. Sus gafas se escurren—.
La caída podría no haber resultado fatal, pero la suerte miró para otro lado.
El juego de contrapesos tiró de él y la cuerda del telón se enredó en su cuello, a escasos centímetros de la tarima.
—Aguilar toma aire—. Sus restos mortales descansan con la reverencia que merece su talento.
Por favor, acompáñenme en el minuto de silencio que sigue a continuación.
El homenaje traba el paso a las preguntas que nadie formula.
Pat Aguilar maneja los tiempos como nadie.
La reunión informativa ha acabado.
Las personas se mueven torpemente, como en un sueño.
Los operarios retiran las sillas, desplazan tableros, el salón se trasforma mágicamente en un espacio en el que la cena se servirá en minutos.
Los estómagos rugen. Las luces titilan una vez más.
Germán aparece entre la muchedumbre, que mansamente camina hacia la salida.
La pareja se mira. Maravillas camina para alcanzarle.
Alguien grita «¡Fuego!» y cuatrocientas personas entran en pánico.
Germán levanta la mano, pero desaparece entre un mar de piernas y brazos, de voces y toses.
La multitud los separa, les arrastra la corriente. Lo vuelve a perder.
—¡Tranquilícense! Ha sido algo eléctrico —dice Schäfer por la microfonía.
La información del conato controlado en un transformador no tranquiliza a nadie. La cuota de credulidad está cubierta por hoy.
Los pasajeros entran en pánico .
Aliviada por saber que Germán está de una pieza, aprovecha el desconcierto para buscar a Patricia Aguilar.
«Ya discutiremos después ».