CAPÍTULO 29 EL ESCAPE HACIA EL SUBSUELO (Isolda)
El desgarro del cenit, esa brecha obscena que revelaba el Vacío absoluto, ha sumido la Plaza de la Ejecución en un pánico irracional.
La Injunción, tan meticulosa en su orden, vacila ante lo que no puede clasificar, y es esa vacilación, esa grieta en su invulnerabilidad, la que me permite arrastrar a Malphas hacia los márgenes.
Su peso es una carga de mármol y seda vegetal que amenaza con hundirme, pero mis manos, entrenadas para la precisión de la inquisición, ahora encuentran fuerzas en la desesperación.
Las plumas negras de sus alas, maltrechas y desprendiendo copos de ceniza grisácea, rozan el suelo con un lánguido crujido que se pierde en la cacofonía de los silbatos de vapor de la Injunción.
Ya no hay vuelta atrás. La melancolía que me embarga no es arrepentimiento; es la elegancia de saber que he quemado mis naves, que el bando que juré defender es ahora el muro que debo derribar.
Llegamos a los márgenes de la pira. Con los nudillos cicatrizados y la urgencia ardiendo en mis venas, me abalanzo sobre las pesadas trampillas de hierro y herrumbre que ocultan el acceso a los sistemas de alcantarillado industrial.
Son estructuras masivas, forjadas en el metal que teme al éter, pero mis dedos encuentran la palanca de emergencia.
El metal gime bajo mi esfuerzo, un lamento metálico que se ahoga con el rugir de las sirenas de la Injunción que comienzan a converger en la plaza.
—Entra —le ordeno, sin mirar atrás—. Si te atrapan de nuevo, no habrá segunda oportunidad.
Descendemos por las pasarelas metálicas hacia la penumbra húmeda. La estructura vibra bajo nosotros, un eco de la maquinaria de Noxvalia que late como un corazón de vapor.
Malphas, privado de la altivez de su estatus aristocrático, se desploma contra mí al llegar al nivel intermedio. Su musculatura fibrosa, normalmente tensa y poderosa, cede contra mi hombro, obligándome a sostenerlo con una tenacidad que me hace sentir la fragilidad de su vínculo con esta realidad.
Su respiración, antes gélida, se mezcla con la mía en el aire enrarecido por el hollín de las fábricas inferiores; es un calor vivo, una fiebre que me confirma que, pese a todo, aún estamos conectados.
Estamos a punto de adentrarnos en las entrañas de la ciudad cuando un siseo estruendoso, agudo y definitivo, congela mi sangre.
Me giro a tiempo para ver cómo la compuerta hidráulica de la esclusa comienza a bloquearse, un mecanismo de seguridad de la Injunción que se activa en cascada para sellar el distrito.
El estruendo del metal cerrándose a nuestras espaldas es el sonido del cierre de una tumba. La oscuridad se precipita sobre nosotros, una negrura impenetrable que solo se rompe por el parpadeo de nuestra propia estática.
El puente con el mundo exterior se ha roto; estamos solos en los pasadizos, rodeados por el lodo aceitoso, la herrumbre húmeda y el aroma a sándalo e incienso que Malphas arrastra consigo desde las criptas superiores.
No hay más luz que el brillo intermitente y cianótico de nuestras Marcas, dos faros azules en el corazón de un subsuelo que no perdona a los traidores.