El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 28 EL DESGARRO DEL CIELO (Malphas)
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CAPÍTULO 28 EL DESGARRO DEL CIELO (Malphas)

El peso de las cadenas de hierro frío cae sobre el granito de la plaza, un sonido sordo que resuena como la sentencia definitiva de mi estirpe.

La sensación de libertad es un dolor agudo, una punzada que recorre la estructura de mis huesos huecos mientras el éter, otrora suprimido por la alquimia de la Injunción, vuelve a fluir por mis venas en una marea de azul cobalto.

Pero no fluye solo. La calidez del Ancla, ese pulso febril que Isolda ha mantenido vivo contra toda lógica, se funde con mi propia esencia, creando una simbiosis que me obliga a incorporarme con una inestabilidad que aborrezco.

Me alzo sobre mis piernas, sintiendo cómo el mármol antiguo del suelo reacciona a mi mera presencia.

Isolda está allí, a mis pies, con su casaca táctica rasgada y la mirada perdida en el caos que hemos desatado; su presencia es un ancla constante, una fragilidad mortal que mi orgullo aristocrático se niega a soltar.

—No mires atrás —le ordeno, y mi voz, aunque rasgada por el cansancio, recupera el filo de mi linaje—. La Injunción no dejará esta plaza hasta que nuestras esencias sean ceniza.

—Ya no hay retorno, Malphas —responde ella, y en su tono no hay rastro de la inquisidora que fui; solo hay una resolución melancólica que me desarma.

El contacto directo entre nuestras pieles es una explosión cromática.

Al estrechar su mano, el éter desbocado en mi interior entra en resonancia con la Marca de su omóplato.

Es una descarga de una violencia inaudita, una sinfonía gélida y subsónica que hace que mi núcleo místico explote en una pulsión de cobalto tan profunda, tan absoluta, que el aire mismo a nuestro alrededor se curva.

La gravedad radial de la plaza se invierte; los escombros de granito, las astillas de madera de la pira y los fragmentos de hierro frío comienzan a elevarse, orbitando a nuestro alrededor como meteoros en un sistema condenado.

El impacto de nuestra unión es una herida en la realidad.

Sobre nuestras cabezas, en los arbotantes que sostienen la Catedral de los Lamentos, un crujido mineral rompe la cacofonía de los silbatos de vapor.

Las gárgolas, esos vigilantes de piedra que durante eones han observado la decadencia de esta urbe, abren sus ojos de granito; no son estatuas, son Lithos que despiertan, sus pupilas de zafiro encendidas por la onda expansiva de nuestro éter.

—¡Mira! —exclama Isolda, su voz apenas un susurro ante la magnitud del horror que se cierne sobre nosotros.

El cielo crepuscular de Noxvalia, ese manto gris ceniza que siempre ha ocultado la verdad, se desgarra con una violencia que hace vibrar la estática de mis alas. No hay nubes, no hay bruma; solo hay una distorsión óptica, una grieta que se abre en el cenit.

A través de ella, no distingo el firmamento, sino el Vacío: una oscuridad absoluta, insondable, que parece succionar la luz de los focos de la Injunción y convertirla en nada.

El aroma a ozono concentrado, a salitre de los canales lejanos y a lluvia metálica nos envuelve mientras observamos, con el orgullo completamente desangrado, cómo nuestra realidad se desmorona ante lo que siempre estuvo esperando tras el Velo.