El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 26 EL ORGULLO DESANGRADO (Malphas)
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CAPÍTULO 26 EL ORGULLO DESANGRADO (Malphas)

El hierro frío es una mandíbula de metal que muerde mis muñecas, un cepo alquímico que clava su frialdad en la estructura de mis huesos huecos.

Estoy postrado contra la pira central de hierro negro mate, una mole erigida en el centro de la Plaza de la Ejecución para que todo el Distrito de los Lamentos sea testigo de mi disolución.

Mi altivez aristocrática, esa máscara que durante siglos me permitió sobrevolar la inmundicia de Noxvalia, se ha hecho añicos; aquí, encadenado y vulnerable, solo queda el pavor crónico a la invalidez, el terror de quedar atrapado para siempre en la tierra seca, lejos de los corrientes de aire que mi naturaleza reclamaba como derecho de nacimiento.

El veneno del dardo de supresión, mezclado con la toxicidad del hierro alquímico, recorre mis venas como una marea de ácido.

Mi ala derecha, antes un prodigio de iridiscencia petrolífera, tiembla con espasmos agónicos.

El raquis se quiebra con un sonido seco, un crujido de seda vegetal que precede a la muerte de cada pluma.

Las veo desprenderse en ráfagas de ceniza grisácea, finas partículas de mi propia esencia que el viento industrial dispersa sobre el granito mojado ante la multitud hostil.

Es una agonía física que me fractura el espíritu; siento cómo mi núcleo de éter se atenúa, perdiendo el brillo cobalto que mi Ancla, con su calor febril, había logrado rescatar.

—¡Mirad al monstruo! —brama una voz desde la masa de ciudadanos que se agolpan tras las barreras, sus rostros iluminados por la luz blanca de los focos militares que destruyen toda sombra gótica en la plaza.

A través de los fogonazos que me ciegan, mi visión se ajusta con una lentitud penosa. Escaneo la primera línea de los Purificadores, mis ojos de ámbar dorado recorriendo las corazas de acero y los uniformes rígidos, hasta que la encuentro.

Isolda.

Su silueta, perfilada por la luz quirúrgica de la Injunción, se abre paso entre las filas de acero.

A pesar de la vulnerabilidad de su posición, mantiene ese porte militar, esa disciplina de inquisidora que, irónicamente, es lo único que nos separa de una ejecución sumaria.

Mi aliento, cargado con el olor a ozono y sangre, se mezcla con la lluvia industrial que cae del cielo ceniciento.

Siento un impulso feral, un deseo de protegerla que desafía mi propia condición de prisionero, pero mi cuerpo no responde a la orden.

La figura del Inquisidor Jefe se recorta contra el claroscuro violento de la pira.

No hay piedad en sus rasgos administrativos, solo la eficiencia de quien cumple un trámite burocrático sobre la vida de un ser estelar.

Con una parsimonia que me heló el espíritu, alza una antorcha de fósforo azul, cuya llama química desprende un hedor dulce y metálico que anuncia la inminencia del fin.

La acerca a la base de la pira, donde la leña está impregnada en los mismos acelerantes que me han mantenido atado.

El aroma a madera antigua y toxinas me invade, y por primera vez en mi existencia, el orgullo de mi raza se desangra ante la realidad de que ni siquiera el fuego podrá borrar la marca que mi vínculo ha dejado en ella.