El vuelo de la ceniza (Noxvalia nº 3) CAPÍTULO 25 EL JUICIO DE LOS IGUALES (Isolda)
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CAPÍTULO 25 EL JUICIO DE LOS IGUALES (Isolda)

La luz blanca de los focos de la Injunción de Hierro cae sobre el patio de armas con una brutalidad que me lacera la retina, una claridad quirúrgica que intenta despojar a este lugar de sus sombras góticas.

Mis botas tácticas resuenan con un eco militar sobre el pavimento estéril; mantengo el mentón erguido, con la disciplina de quien ha sido educada para no mostrar fisuras, aunque el roce de la seda negra de Malphas contra mi tez, oculta bajo la lona de mi casaca, me recuerde a cada instante la profanación de mis votos.

Aquí, en el corazón administrativo de Noxvalia, el aire no sabe a ozono ni a la magia antigua de las agujas; sabe a aceite de motor, a herrumbre caliente de las calderas de vapor y a la esterilidad implacable de la Doctrina del Hierro.

El Inquisidor Jefe me aguarda al final del pasillo, flanqueado por dos unidades de Purificadores cuyas armaduras pesadas brillan con un fulgor metálico que anula cualquier intento de éter en un radio de metros.

Su rostro es una máscara de severidad administrativa, un mapa de arrugas que he memorizado durante años bajo el estricto régimen de la orden.

—Tu ausencia en las divisiones de patrulla no fue un error administrativo, Isolda —dice, y su voz es un siseo metálico, carente de cualquier rastro de la calidez que alguna vez intentó inculcarme—.

Tu rastro magnético se apagó en el nivel intermedio antes de encenderse con la firma espectral de un Malphas.

—El Velo no es la plaga que vuestra Doctrina reclama —replico, forzando a mi voz a mantener un tono estable, a pesar de la zozobra que me atenaza el pecho—.

La Injunción ha manipulado la fisiología de los seres alados para justificar un exterminio que solo sirve para alimentar los Sifones de Bruma de la superficie.

—La verdad es un lujo para los que no tienen el peso de la supervivencia de Noxvalia sobre sus hombros —responde él, dando un paso hacia adelante—. Has abrazado la corrupción feral. Has traicionado la lógica del orden.

Intento mantener el cruce de acusaciones, mis palabras cargadas de un subtexto de rebeldía, buscando ganar minutos vitales para que Malphas pueda, si es que aún puede, encontrar una salida. A lo lejos, escucho el siseo de las poleas hidráulicas del cuartel.

Entonces, un pitido agudo y mecánico me hiela la sangre.

El terminal analógico a su espalda ha completado su proceso, emitiendo un sonido seco que confirma la distribución de la orden de supresión inmediata.

Mi sentencia de muerte viaja ahora por los cables de cobre a todas las divisiones del distrito.

—Ya no hay lugar para el debate, Isolda —sentencia, sin siquiera mirarme a los ojos—. Purificadores, rodeadla.

Las botas de metal rítmicas de los soldados se cierran a mi alrededor como un cepo de hierro frío.

Pero no es la orden de detención lo que me paraliza el corazón.

Al girar la cabeza, mis ojos encuentran el centro de la pira en el patio exterior.

Allí, inmovilizado por cepos de hierro frío que le marcan el cuello y las muñecas, Malphas cuelga con la cabeza baja, con sus alas masivas incapaces de desplegarse bajo el peso de la supresión.

La luz blanca de los focos se refleja en sus plumas, desnudando su vulnerabilidad ante la mirada impasible de la Injunción.

La soberbia del vencido nunca fue tan aterradora como ahora que lo veo expuesto, un aristócrata del cielo convertido en una pieza de caza sobre el granito frío de la plaza.