EPÍLOGO
CINCO AÑOS DESPUÉS...
Di la orden con la rienda y clavé las espuelas sin punta en el lomo de Eclipse. La tierra blanca del picadero volaba, quedando atrás. El viento me daba en la cara, empujando mi sombrero, refrescando la piel sudada de mi pecho.
— ¡Voy a ganar, papá! —gritó Melissa entre risas, obligando a Lumi, la yegua blanca con manchas marrones, a terminar la vuelta sin chocar contra el barril.
Lumi no era un unicornio, pero fue lo más cerca que estuve de cumplir el deseo de la habladora Abejita.
Yo mismo había hecho todo el proceso, desde la genética hasta la inseminación.
Cuando nació, Melissa se enamoró a primera vista y la bautizó como Lumi, porque en su cabeza se parecía a un uni(cornio).
Su inseparable sombrero rosa le caía hacia atrás, sujeto al cuello por el cordel. Su largo cabello oscuro estaba recogido en la cuidada trenza que
Hannah le hacía a diario, ignorando el hecho de que nuestra primogénita estaba a punto de cumplir diez años.
Al verlas mantener el mismo cariño maternal hasta el día de hoy, me daba la sensación de que para ellas, el tiempo no pasaba. Era como si la madre e hija que conocí hace cinco años siguieran sintiendo exactamente el mismo amor la una por la otra.
— Tienes que hacerlo mejor, Abejita —la provoqué, dejándola atrás.
Estábamos compitiendo en una carrera de velocidad, y usábamos los barriles solo para marcar los puntos de giro.
Siempre teníamos momentos como esos, pero desde que ella ganó seguridad sobre los caballos, yo no se lo ponía fácil, aunque de vez en cuando la dejaba saborear la victoria.
La línea de meta se acercó y Melissa llevó a la yegua al límite, poniendo en práctica todo lo que su madre y yo le habíamos enseñado.
No aflojé, exigiéndole también el máximo a mi viejo —y compañero— caballo. Desde que pasó por los cuidados de Hannah, Eclipse no volvió a tener la misma enfermedad. Seguía ágil, fuerte, pero ya estaba mayor. Le permitía tener raros momentos como aquellos porque le venían bien.
Maldije cuando la nueva amazona del rancho cruzó la línea de meta en primer lugar. No por no alegrarme de su victoria, sino porque el tiempo pasaba deprisa y yo sabía que si seguía así, el mundo se le quedaría pequeño para los logros de mi Abejita.
— ¡He ganado! ¡He ganadooo! —gritó para celebrarlo, disminuyendo la velocidad de la yegua hasta detenerse por completo. A continuación, se bajó, saltando exageradamente en la tierra e hizo el baile de la victoria—. Mamá, le he ganado a papá, ¿lo has visto?
— Lo he visto, Abejita. Has estado genial —respondió Hannah, sonriente.
Se acercó a la verja con las manos ocupadas, sujetando dos pequeñas muñecas que insistían en tirar de ella en direcciones opuestas mientras ni ella misma lograba mantener su propio centro de gravedad, debido a aquel barrigón.
Puse a mi caballo al lado de Mel, levanté la mano para chocarla con ella y sonreí.
— Felicidades por la victoria, hija. Te la mereces.
Sonrió, toda embobada. Sabía que yo no se lo ponía fácil.
— Gracias, papá.
— Ahora voy a socorrer a tu madre —bromeé antes de dar media vuelta con el caballo y dirigirme hacia los tres.
— Papá, papá... —Las infantiles voces se animaron al verme.
Eran una preciosa mezcla entre Hannah y yo. Maeve tenía los ojos castaños y el pelo negro, como Melissa y yo. Owen se parecía más a Hannah. Sus ojos y su pelo, pero con mi complexión y mi personalidad.
Después de la prueba de ADN, Hannah y Melissa se mudaron definitivamente a mi casa, o mejor dicho, a nuestra casa. Poco después, nos casamos oficialmente. Estábamos centrados en nuestra nueva vida y en el proyecto de ella cuando nos enteramos de la llegada de Maeve.
Hannah estuvo increíble al lograr compaginar la maternidad, el nuevo embarazo, el trabajo y nuestro matrimonio. Como era de esperar, su proyecto fue un éxito, reconocido no solo a nivel nacional, sino internacional.
Profesionalmente, ella también se realizó.
Dos años y medio después, llegó nuestro chico. Y ahora, mi mujer estaba embarazada de seis meses de nuestro cuarto hijo.
Me detuve ante ellos y los gritos de entusiasmo aumentaron. Resultaba extraño, pero me daba la sensación de que hasta a Eclipse le gustaba esta familia tan numerosa.
Me bajé despacio, tocando primero la cara de mi mujer, sujetándola por la nuca y la besé, consciente de que nuestras minirréplicas nos observaban. Al separarme le toqué la barriga.
— ¿Cómo te encuentras?
Sonrió, cansada.
— Estamos bien. Con hambre... para variar.
Sonreí, acariciando su mejilla sonrojada.
— No te quedes con las ganas, amor —le dije, cogiendo primero a Maeve, que me pasó su bracito por el cuello, mirándome con curiosidad.
— Ni se te ocurra decir eso, Logan. Si abres esa puerta, no volveré a mi peso normal en la vida.
Senté a la pequeña en la silla de montar, y ella se agarró enseguida al pomo.
— Muy bien, agárrate mientras cojo a tu hermano —le indiqué, rodeando con mi brazo la pequeña cintura de Hannah—. Déjate de tonterías, amor. Estás preciosa.
Ella puso los ojos en blanco y le di un beso en el cuello, haciéndola reír. A continuación, volví a montar con cuidado de Maeve, que ya se sabía nuestro ritual. Luego, le tendí la mano, Hannah me entregó al pequeño, suspirando.
— ¿Seguro que estás bien? —Fruncí el ceño. No me gustaba verla así—. ¿Quieres ir al médico?
Negó con la cabeza.
— Tonterías, vete a dar un paseo con ellos. Me voy a quedar un rato con
Mel.
Asentí, aunque a regañadientes.
— Ya sabes que me tienes que decir si te duele algo, ¿verdad?
— Tranquilo, estoy bien. —Sonrió, paseando la mirada de mí a nuestros hijos, sentados delante de mí en la silla—. Ten cuidado.
— Sí, señora McAllister —respondí de buen humor, inclinándome para atraerla por la nuca y darle un último beso.
Si antes me volvía loco verla en vaqueros, ahora siempre me las arreglaba para arrastrarla a los rincones cuando llevaba vestidos.
— ¿No os cansáis de estar besándoos por ahí? —bromeó
Melissa, acercándose.
Nos separamos, riendo. Mel le tocó la barriga a su madre, agachándose para darle un beso. Hannah sonrió, arreglándole el pelo con cariño al levantarse.
Observé la escena sintiéndome orgulloso de nuestra familia.
— Vamos, papá, vamos —volvieron a pedir los niños, impacientes.
Las tres palabras que más se escuchaban ahora en el rancho eran papá, mamá y abejita. Yo no podía ser más feliz por ello.
— Vamos —asentí, dándole la orden al caballo, para alegría de los niños.
— Adiós, papá. Ahora me voy a quedar un ratito con mamá —
dijo Melissa, guiando a Hannah hacia las gradas, donde se sentaron para observarnos.
Nuestra hija mayor era dedicada, y adoraba a sus hermanos. Lo bastante lista para saber que siempre sería nuestra Abejita.
Troté con cuidado, a una buena velocidad para que ellos disfrutaran con seguridad mientras reían y parloteaban.
Mi mirada se perdió en la esquina del cercado donde ocurrió aquel lamentable día con Hannah. Thompson seguía en la cárcel y, si por mí fuera, allí se quedaría para siempre.
Un recuerdo llevó a otro y, cuando me quise dar cuenta, estaba rememorando el pasado.
Durante un viaje a Nueva York, la casualidad nos puso delante de los padres de Hannah. La escena nos pilló por sorpresa a todos, pero sobre todo a ella, que se mantuvo firme, fue educada, pero no dio su brazo a torcer.
Sus padres estaban un poco perdidos, pero les bastó con ver a Melissa dando su espectáculo siendo ella misma para quedarse deslumbrados.
Se mostraron dispuestos a estrechar lazos. Hannah no aceptó en el momento, pidió un tiempo y no fue fácil dejarse convencer. Actualmente, no tenía mucho contacto con ellos, pero no ignoraba sus llamadas. Aparecían por el rancho de vez en cuando para visitar a sus nietos.
Siempre he respetado las decisiones de mi mujer, todavía no era algo fácil para ella y, tal vez, jamás lo sería.
Tras ganar el juicio contra el laboratorio de reproducción humana, le entregué toda la indemnización a Hannah para que hiciera lo que creyera conveniente.
Ella decidió donar cada céntimo a varias organizaciones benéficas, afirmando que si aquel error nos había dado el mejor regalo de nuestras vidas, era justo que también beneficiara a otras personas.
Con pequeños gestos como aquel, me enamoraba de ella un poco más cada día.
Una vez, todavía embarazada de Owen, me pidió que la acompañara a un pueblo cercano. No me dijo el motivo, y fui sin preguntar. Al llegar, me encontré con una propiedad pequeña, sencilla, pero con mucho potencial productivo. Fue entonces cuando, de la nada, anunció que la iba a comprar.
— ¿Comprar? —Fruncí el ceño, con curiosidad—. ¿Por qué?
Sonrió al revelar:
— Siempre fue mi sueño tener un pedacito de tierra para llamarlo mío.
No hice más preguntas. Aparte de nuestra vida en común, ella tenía sus propios planes profesionales y eso decía mucho de su personalidad.
— Me parece bien. Yo me encargo del papeleo.
Sonrió, levantando la mano para tocarme la cara.
— Gracias, amor. Pero voy a comprarla con mi dinero.
En aquel momento, sentí un orgullo inmenso por la mujer con la que había elegido compartir mi vida.
No se trataba de quién eran las tierras o el dinero. Lo que era mío, era suyo y de nuestros hijos. Siempre. Se trataba de un logro personal suyo. Y fue demasiado hermoso verla conseguirlo.
El día de la firma en la notaría, lloró con el bolígrafo en la mano. A día de hoy guardo esa foto en la memoria y en la pantalla del móvil.
El dulce recuerdo me vino a la mente, y fue interrumpido por dos charlatanes emocionados.
Las manos de Owen descansaban sobre mis antebrazos. Las de
Maeve en la silla, junto a las mías. Levanté la vista y las encontré charlando sin quitarnos el ojo de encima.
La vida podía ser plena, aunque pareciera improbable. En el pasado, llegué a enterrarme en mí mismo, sumido en el trabajo y en la soledad. Vivía atado a las normas y al autoritarismo. Era doloroso, pero cómodo.
Hannah y Melissa llegaron poniéndolo todo patas arriba, al hacerme primero padre y, después, marido. Contra todo pronóstico, me demostraron que la vida no es una lista de tareas de lo que aún queda por hacer, sino algo que simplemente sucede.
Caótica, colorida, ruidosa e incluso llena de contratiempos...
FIN.