CAPÍTULO 19
Se estaba convirtiendo en costumbre que pasáramos más tiempo del necesario en la casa de
Logan.
Aquella semana, definí la planificación del proyecto y elegimos los caballos para la muestra. Eso nos valió noches de cenas después del trabajo, en presencia de la pequeña, curiosa por “trabajar con nosotros”, en sus propias palabras.
Para hoy, el objetivo era recogerla temprano e irnos a casa, pero al verla conseguir dar sus primeras vueltas en bicicleta sola hizo que me quedara y, cuando me quise dar cuenta, estábamos cenando con Logan.
Mis sentimientos estaban confusos.
Al mismo tiempo que me gustaba ver la interacción entre Melissa y Logan, una punzada de recelo en el pecho no me dejaba simplemente relajarme. Era como si hubiera algo mucho más grande detrás de todo aquello y mi intuición me estuviera preparando.
Por esta razón, pasé muchas noches en vela esa semana, dando vueltas en la cama mientras la cabeza me daba mil vueltas.
¿Por qué me gustaba presenciar la relación entre ellos?
¿Por qué, desde que nos conocimos, sentí que podía confiarle a mi hija?
¿Por qué permitía esa interacción entre ellos aun sabiendo que nuestro tiempo aquí estaba contado?
Y ahora, sentada frente a la chimenea del salón y bebiendo licor de uva, seguía pensativa mientras los observaba juntos.
Estábamos los tres en el mismo sofá. Yo, en un extremo, con los pies de Melissa en mi regazo.
Ella en el medio, tumbada con la cabeza en el muslo de él.
Y Logan, en el otro extremo, sostenía un vaso de whisky en una mano, mientras le acariciaba el pelo con la otra, observándola con cariño.
Melissa murmuraba cosas ininteligibles por lo bajo. Los ojos se le cerraban, su respiración empezaba a cambiar.
El calor del fuego nos arropaba en un silencio reconfortante.
A nuestra manera, estar así se había convertido en una costumbre cuando ella se quedaba callada.
— Es una niña increíble —dijo Logan en voz baja al levantar la vista hacia mí.
Le toqué los tobillitos, sintiendo una oleada de amor que me invadía.
— Melissa es la mejor decisión que he tomado. He hecho y haría todo por ella.
Me miró fijamente.
— ¿Su padre está presente?
Tragué saliva, incómoda. No era ningún secreto, pero tampoco algo de lo que hablara abiertamente.
— Yo soy su madre y su padre. Eso es lo único que importa.
Apretó ligeramente la mandíbula, comprendiendo que aquel era un tema delicado, pero no insistió.
— Todos tenemos secretos —respondió, analizándome con tanta intensidad que tuve que apretar levemente los dedos alrededor del vaso.
Me alteraba de una manera peligrosa, a pesar de que ni siquiera nos hubiéramos tocado con segundas intenciones.
Me gustaba su forma de ser. Cómo se mantenía taciturno, pero estaba atento a todo, de los que removerían cielo y tierra si hiciera falta.
Logan era intenso, cerrado, emocionalmente inaccesible y era plenamente consciente de su propio encanto.
— ¿Le espera alguien en Aurum? —Preguntó tras dar un sorbo a su copa.
Tosí, sorprendida por la franqueza a quemarropa.
¿Qué le iba a decir? ¿Que no he estado con nadie desde hace casi seis años? ¿Que me puse el mundo por montera cuando decidí ser madre?
En su lugar, me limité a responder:
— Ni en Aurum, ni en ningún otro sitio.
La comisura de su boca se movió ligeramente, satisfecho. Su mirada cambió, entornó los párpados y las aletas de su nariz se dilataron levemente. Me miraba como si me estuviera viendo por dentro, no solo desnuda, sino sin mis capas de protección.
Mi cuerpo reaccionó sin que yo pudiera controlarlo.
Se me erizó la piel. El estómago se me contrajo. La sangre me hirvió.
Tragué saliva, odiando admitir las reacciones que me provocaba. Me pasé la lengua por los labios, necesitando fuerzas para salir de aquella confusión interna.
Como si lo supiera, Mel refunfuñó y se dio la vuelta. El gesto rompió nuestra burbuja visual y lo agradecí mentalmente. Era mi oportunidad para escapar de aquel ambiente tenso entre nosotros.
Me aclaré la garganta.
— Bueno, es hora de irnos —rompí el silencio, levantando sus piececitos para ponerme de pie.
— Yo las llevo. —Su voz sonó baja, pero firme.
Fruncí el ceño, confusa.
— No hace falta, he venido en coche.
Con cuidado de no despertar a Mel, se puso de pie, la cogió en brazos y me miró.
— No ha sido una petición.
Sin darme tiempo a protestar, caminó hacia el recibidor, cogió la llave de la camioneta y salió al porche.
Un tanto sorprendida, recogí sus cositas, mi bolso y fui tras él, intentando comprender qué quería decir con aquella actitud.
Llegué a tiempo de verle acomodar el cuerpecito de mi hija en el asiento trasero y cerrar la puerta con cuidado; a continuación, abrió la puerta del copiloto y me buscó con la mirada. Bajé los escalones del porche y me planté frente a él, fulminándolo con la mirada.
— ¿Qué te crees que estás haciendo?
— Una elección. Ahora suba, si no quiere que se resfríe con la brisa nocturna.
Me mordí el labio con rabia, confundida. Su mirada siguió el gesto y, solo entonces, me di cuenta de que podía haber resultado sexy.
— Mierda —refunfuñé, entrando de malas formas y tirando de la puerta antes de que él pudiera cerrarla.
— ¡Bruta!
Me encogí de hombros, irritada mientras me acomodaba el bolso y la pequeña mochila de unicornio en el regazo. A continuación, giré el cuello para observar a la pequeña dormilona en el asiento de atrás, ajena a la confusión.
— ¿Qué está pasando, Mel? —murmuré, tocándole la espalda. Evidentemente, la pregunta era más para organizarme mentalmente yo que para ella.
Logan abrió la puerta del conductor, entró y me miró antes de arrancar el motor, pero no dijo nada durante el corto trayecto hasta la villa.
El ambiente tenso solo era interrumpido por el country de Easton
Corbin. Mientras la canción hablaba de dos personas solitarias que se conocieron en un bar cualquiera regado con whisky, yo sentía que mis emociones empezaban a hablar más alto que la razón.
El corazón me latía a mil por hora, la razón parecía cubierta por una niebla blanca. A mi lado, Logan tenía la mandíbula tensa. Sus dedos apretaban el volante con más fuerza de la necesaria.
Éramos como dos caballos salvajes, heridos por el pasado, aprendiendo a vivir con menos traumas en el presente.
Solté el aire contenido cuando llegamos frente a mi garaje. La villa era pequeña, llena de casas muy juntas. No fue ninguna sorpresa cuando los primeros rostros empezaron a asomarse a las ventanas al reconocer el sonido del coche del jefe.
Resoplé, irritada.
— ¿Qué pasa? —indagó Logan, apagando el motor.
¿Qué pasa? ¿De verdad no se daba cuenta?
— ¡Nada!
Saqué las llaves de casa antes de recoger los bolsos y abrir la puerta.
Antes de que pudiera coger a mi hija, Logan se adelantó, envolviéndola en sus brazos como si lo hubiera hecho toda la vida. Melissa se acurrucó en su pecho, murmurando algo antes de volver a dormirse.
Suspiré, odiando la sensación de estar perdiendo el control.
Rodeé el coche y abrí la puerta de casa. Como un buen conocedor de los planos, Logan caminó directamente hacia los dormitorios.
— ¿Derecha o izquierda? —preguntó, refiriéndose al de ella.
— Izquierda —respondí, dejando las cosas en el sofá antes de ir tras él.
Aceleré el paso cuando él entró primero y se detuvo junto a la cama.
Yo tiré de la colcha y encendí la lámpara de la mesilla. Luego, le observé dejarla sobre el colchón con cuidado, arroparle los hombros con la manta y detenerse, mirándola unos segundos antes de mirar a su alrededor y esbozar una casi sonrisa.
— No podría ser más ella —constató en voz baja.
Asintió, saliendo yo de la habitación primero, pero a tiempo de oírle murmurar:
— Duerme bien, Mel.
Fuera, me crucé de brazos, mordiéndome el interior de la boca.
Al decidir traernos a casa, lo había descolocado todo.
Nuestra rutina y, sobre todo, mis emociones.
Logan salió del dormitorio poco después, dejando la puerta entreabierta.
Esos pequeños detalles parecían simples, pero yo veía mucho más allá. Veía cómo se preocupaba por ella, su cariño y un atisbo de esperanza en mi corazón que jamás debería existir.
Salí de mis pensamientos cuando sentí su mirada quemándome.
Apreté ligeramente las yemas de los dedos en los músculos de los brazos y solté la respiración entrecortada. En silencio, Logan dio un paso hacia delante, analizando mis reacciones.
Me quedé inmóvil, pero sentía el corazón desbocado en el pecho y la garganta seca.
Un leve gruñido escapó de su garganta, como si dijera que aquel era su límite absoluto. Parpadeé, sintiendo que la respiración se me aceleraba. Aún mirándome como si me viera el alma, levantó la mano en el aire lentamente, dándome tiempo por si quería huir.
Debería haberlo hecho, pero no me moví. Solo me preparé para sentir el contacto cálido en mi rostro. Y, cuando llegó, contuve la respiración otra vez, estremeciéndome con el contraste de su áspera palma.
El silencio se volvió denso. Nuestras miradas conectadas. Las respiraciones al mismo ritmo agitado.
Mis brazos cayeron sueltos a los lados del cuerpo.
Mi mente gritando que huyera. Mi cuerpo incapaz de responder.
Logan ni parpadeaba. Sin prisa, deslizó los dedos por el lateral de mi rostro hasta llegar a la barbilla, donde se detuvo un segundo antes de pasar el pulgar por mis labios y murmurar:
— ¡Eres preciosa!
Su mirada parecía un océano cristalino, listo para hacerme ahogar. Le toqué la muñeca y cogí aire, buscando desesperadamente las palabras y una mínima señal de sensatez. Todo lo que encontré fue el deseo salvaje de probar a qué sabía.
— Tú... —me aclaré la garganta—. Deberías irte.
— ¿Quieres que me vaya? —murmuró, ronco.
— Deberías —respondí, en un hilo de voz.
— Pero yo no quiero.
Estaba demasiado cerca. Su olor, intenso, demasiado embriagador.
— Logan... —vacilé—. La gente se dará cuenta de que tu coche está en la puerta.
— Que se jodan todos. Ahora, solo te quiero a ti.
Sus ojos ardieron, peligrosos. Eliminó la distancia que nos separaba. Su mano bajó a mi cuello, agarrándome el pelo por la nuca. La otra me pegó a su cuerpo.