CAPÍTULO 18
— Entonces, ¿no vas a ir al Ocala Breeders’ Sales este año? —preguntó mi secretaria, durante la videollamada.
Se refería a un evento de rendimiento y genética equina.
Yo solía ir más por gusto que por ser el más importante del sector.
— James irá en mi lugar.
— Mmm... y esa repentina ausencia no tendrá nada que ver con la presencia de la nueva empleada, ni de su hija, ¿verdad? —Hilary arqueó la ceja, con ese sarcasmo tan suyo.
— Quiero seguir de cerca el nuevo proyecto.
Hilary no andaba desencaminada, pero yo no pensaba admitir en voz alta que me sentía muy a gusto en su compañía.
— Avísame con tiempo si tengo que organizarte tu nueva boda, ¿eh? Esas cosas llevan trabajo.
Resoplé, impaciente.
— Si ya hemos terminado con los temas de hoy, adiós, Hilary.
Ella sonrió.
— Pórtate bien, Logan. La semana que viene estoy por allí. Y ah... —
guiñó un ojo de forma exagerada— no hagas nada que yo no haría.
Pulsé el botón rojo sin darle importancia a sus provocaciones.
A continuación, me recosté en el mullido respaldo, con la mirada perdida en la ventana con vistas privilegiadas al rancho. Últimamente, estaba trabajando tanto desde el despacho de fuera que se me había olvidado cómo era tener aquellas vistas en el despacho de la casa principal.
— ¿Ya has terminado de trabajar, Sr. Serio? —La dulce voz sonó a mis espaldas.
Sin darme cuenta, una sonrisa tonta asomó a mis labios.
Giré el sillón, y me encontré a Melissa parada en la puerta que había dejado abierta, con esa mirada expectante.
Llevaba el pelo oscuro recogido en dos trenzas, una a cada lado de los hombros, y el flequillo sobre sus ojos azules.
Llevaba una blusa rosa, pantalones cortos vaqueros y estaba descalza.
Exactamente como me había acostumbrado a verla.
Tenía trabajo para toda una vida sin descanso. Sin embargo, esa semana, desde que le regalé la bicicleta, me había dado el lujo de trabajar desde casa cuando las tareas eran burocráticas, lo que normalmente ocurría después de comer.
A última hora de la tarde, Melissa siempre venía a buscarme para montar en bici con ella mientras Hannah aún no había llegado.
— Ya, Mel —respondí, levantándome.
La pequeña entró en el despacho como si fuera la dueña, vino hacia mí, me cogió de la mano y me arrastró con ella.
— Ya monto muy bien en la bici, ¿a que sí, Sr. Serio? —
preguntó, levantando la cabeza para mirarme.
Arqueé una ceja.
— ¿Tú crees?
— Sí, ya me puedes quitar los ruedines.
Contuve la risa. Melissa era un metro de pura astucia y convencimiento.
— Entonces, yo también puedo dejar de correr detrás de ti —
la piqué.
— Pero entonces me caeré —refunfuñó, haciendo un puchero adorable.
— ¿No acabas de decir que montas muy bien? —Hice una leve mueca—. Entonces ya no me necesitas.
— Pero me gusta que me ayudes a montar en bici.
Tragué saliva. Sus sinceras palabras removieron algo dentro de mí.
El caso es que no lograba explicar racionalmente la conexión que me unía a Melissa. Más aún, me veía ansioso por resolver el papeleo del trabajo lo más rápido posible para poder tener más tiempo para jugar con ella.
— ¿Ya has merendado? —cambié de tema al mirar hacia la mesa del comedor.
Asintió.
— La señora Brown me ha hecho dónuts.
— ¿Te han gustado?
Sonrió.
— ¡Me han encantado!
— Entonces ponte las zapatillas para no hacerte daño en los pies —le avisé al detenernos cerca del recibidor y ver el par pequeño contrastando al lado de una de mis botas.
— ¿Me ayudas? —pidió, haciéndose la remolona.
Me detuve, mirándola fijamente un segundo más.
— ¿Cómo negarte cualquier cosa, Abejita?
Abrió los ojos de par en par, esbozando una enorme sonrisa.
Se había dado cuenta.
— Me has llamado igual que mami.
— Lo he hecho... ¿No te gusta?
Movió la cabeza a los lados.
— Me gusta mucho. Puedes seguir llamándome así... ¿Ahora me puedes ayudar con las zapatillas?
Sonreí. Era terrible.
Me agaché, apoyando una rodilla en el suelo, y ella rodeó con las dos manos mi cuello y levantó un pie en el aire. Le cogí el pequeño tobillo, dándole unos golpecitos suaves con la punta de los dedos para quitarle el polvo y ella se echó a reír.
— Me haces cosquillas.
Busqué su mirada, haciendo una mueca.
— ¿Cosquillas? —Le pasé la punta de los dedos por la planta del pie—.
¿Así?
— Para, Sr. Serio... —Se rio a carcajadas, perdiendo el equilibrio y la sujeté para que no se cayera.
Dejé de hacerle cosquillas, pero no de observar cómo su risa ligera parecía conectar directamente con mi pecho.
Le puse el calcetín de unicornio y la zapatilla, repitiendo el proceso en el otro pie. Gloria nos observaba de lejos con una sonrisa contenida en los labios.
Después, cogí la pequeña bicicleta aparcada junto al sofá del porche y la llevé al césped. Melissa se montó enseguida, ansiosa por jugar.
Los ruedines estaban doblados de las caídas por el porche. El acuerdo de no montar por los pastos lejos de la vista de un adulto se cumplía, pero no se podía decir lo mismo de las zonas exteriores y cubiertas de la casa.
De hecho, Melissa ya había aprendido a mantener el equilibrio y sus pies tocaban el suelo sin dificultad, lo que hacía innecesario el uso del soporte.
— Espera aquí —anuncié, alejándome.
— ¿A dónde vas?
— A hacer lo que me has pedido.
Me siguió con la mirada mientras caminaba hacia el coche y abría el maletero para sacar la caja de herramientas. En segundos, volví con la llave adecuada.
— Necesito que te bajes.
No protestó, e hizo lo que le pedí. Los ojos le brillaban con cada ruedín que quitaba.
— Listo, ahora ya eres oficialmente independiente de los ruedines —anuncié unos minutos después.
Lo celebró dando saltitos. Pronto el coche de Hannah apareció en nuestro campo de visión.
— Tu madre está llegando —anuncié, viéndola primero.
— ¡Bieeeen...!
En segundos, Hannah paró cerca de nosotros y se bajó, imponente. Llevaba unos vaqueros que marcaban bien sus curvas, camiseta, gorra y botas. Sencilla y sexy.
Dejé a un lado las reacciones de mi cuerpo, cada vez más presentes al estar cerca de ella.
— ¿Qué está pasando aquí? —preguntó al acercarse.
— Mami, mami... el Sr. Serio le ha quitado los ruedines a mi bici —anunció Melissa corriendo a los brazos de su madre.
Con ella en brazos, Hannah se acercó, desviando la mirada de la bici hacia mí, preocupada.
— Logan...
— No se preocupe, Melissa ya no los necesitaba.
— No los necesito, mami... ha dicho que ahora soy dependiente.
— Independiente, Mel —la corregí.
— Eso... independiente, mami.
Hannah se paró a mi lado, y su perfume mezclado con el sudor invadió mis fosas nasales.
Control, Logan... Control.
Melissa se bajó y se subió a la bicicleta.
— ¿Me ayudas? —me pidió.
— Por supuesto, Abejita...
— ¿Abejita? —Hannah me miró con asombro.
Le sostuve la mirada.
— ¿Le molesta que yo también la llame así?
Tragó saliva, quedándose callada un segundo más de lo necesario, sin dejar de mirarme.
— Me molesta. Es algo muy íntimo, suyo y mío.
Apreté la mandíbula, tragando saliva. Pero no le quitaba razón, al fin y al cabo, yo solo era el nuevo jefe de Hannah y, para ella, tenía los días contados en sus vidas.
Solo estaba protegiendo a su hija, como si yo estuviera invadiendo la intimidad de ambas. Y, una vez más, la admiré por no ceder.
— ¡Mami! —La pequeña la reprendió, comprendiendo la tensión—.
Puedo ser la abejita de los dos.
— Tu madre tiene razón, Mel. —Sonreí para rebajar la tensión, cambiando de tema enseguida—. Ven, súbete que te ayudo a montar.
No se resistió. Sujeté el sillín, estabilizando la bicicleta.
Melissa se sentó, puso un pie en el primer pedal y, cuando iba a hacerlo en el segundo, la interrumpí, tocándole la pierna.
— Ahora ya no tienes la ayuda de los ruedines. Si subes los dos pies sin que la bicicleta esté en movimiento, te vas a caer —le expliqué.
— Ah, es verdad. —Melissa hizo una mueca —. Entonces no me sueltes, por favor.
— No te soltaré, Mel —le garanticé—. ¿Lista?
— Siiií...
En los minutos siguientes, la mantuve en equilibrio mientras pedaleaba.
El viento nos daba en la cara, ella se reía a carcajadas, yo la animaba con palabras de afirmación... Y cuando la vi lo suficientemente segura, aflojé los dedos sin dejar de correr detrás de ella hasta soltarla por fin.
Me quedé atrás, orgulloso.
A continuación, busqué la mirada de Hannah, que estaba emocionada grabándonos con su móvil.
— ¡Lo ha conseguido! —gritó, entusiasmada.
Y por primera vez, la vi libre de aquella armadura que siempre la mantenía tensa cerca de mí.
Volví a fijarme en Mel, que pedaleaba sin haberse dado cuenta todavía de que estaba sola.
Y entonces lo entendí.
La llegada de Hannah y Melissa a mi vida no fue casualidad.