El violín (Pactos y Conjuros nº 1) Capítulo 4 — El límite
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Capítulo 4 — El límite

Felipe comenzó a notar el cambio antes de admitirlo.

No llegó como una revelación ni como una sacudida, sino como llegan las cosas que terminan importando: sin ruido, pero con insistencia.

La inquietud no se iba al amanecer ni se disipaba con el trabajo.

Se quedaba adherida al cuerpo, acompañándolo mientras revisaba cuentas, mientras recorría los campos, mientras escuchaba a Andrés hablar de lo mismo de siempre.

Era una sensación sin forma precisa, parecida a una melodía que insiste en volver sin resolverse del todo.

—Estás distraído —le dijo Andrés una mañana, cerrando el cuaderno de cuentas con un golpe seco—. Y cuando te distraes, no es buena señal. Eso siempre termina en problemas.

Felipe levantó la vista, como si regresara de un lugar lejano.

—Trabajo no me falta.

—No —respondió Andrés—. Pero cuando la cabeza se va por delante, el cuerpo se queda pagando.

Felipe no respondió. Caminó hacia el fondo de la casa, donde el violín reposaba como una promesa que ya no se conformaba con ser tocada de vez en cuando.

Desde hacía días lo tomaba apenas terminaba la jornada, no por placer, sino por necesidad.

Tocaba más que antes, con una atención casi obstinada.

Las manos obedecían, el instrumento respondía, pero algo se interponía entre el sonido y lo que él buscaba. No era error. Era límite.

Las veladas continuaron, aunque con menos invitados.

La casa, sin embargo, no perdía su pulso.

Mamá Inés seguía al mando de todo, vigilando con el mismo rigor la cocina, el orden y las horas.

Las criadas entraban y salían con bandejas, encendían lámparas, recogían copas, murmuraban entre ellas con esa mezcla de curiosidad y respeto que despertaba el visitante constante.

El Barón llegaba siempre al caer el sol, con una puntualidad que ya nadie comentaba.

Mamá Inés lo recibía con cortesía seca, sin servilismos, como se recibe a alguien que no necesita ser medido.

Lo observaba con atención, aunque sin descaro, y más de una vez Felipe la sorprendió siguiéndolo con la mirada mientras atravesaba el comedor.

—Ese señor no es como los otros —dijo una noche, en voz baja, mientras indicaba a una de las criadas que retirara un plato—. No come casi nada.

—Tal vez no tiene hambre —respondió Felipe.

Mamá Inés lo miró de lado.

—El hambre siempre vuelve, mijo. Lo raro es no tenerla nunca.

Las criadas comentaban después, entre cuchicheos, que el Barón probaba la comida, pero no comía; que bebía, pero la copa siempre regresaba casi intacta; que hablaba poco, pero cuando lo hacía, todos callaban.

Nadie decía nada en voz alta. En esa casa, las cosas importantes no se anunciaban: se percibían.

Esa noche, Andrés estaba de mejor humor. El trabajo había rendido y el vino circulaba con más soltura.

—Le advierto, Barón —dijo, sirviéndose otra copa—, que si sigue viniendo con esa cara de no necesitar nada, un día de estos lo vamos a acusar de conspirar contra la alegría.

El Barón sonrió apenas.

—La alegría no siempre hace ruido —respondió—. A veces solo se nota cuando falta.

—Eso lo dice alguien que no ha cargado sacos doce horas seguidas —replicó Andrés, riendo.

Felipe tomó el violín y tocó una pieza conocida, correcta, casi automática. Mamá Inés, desde la puerta, escuchaba sin interrumpir, con los brazos cruzados. Andrés marcó el ritmo con el pie.

—Eso está bien —dijo—. Eso suena a lo que esperan de ti.

Cuando terminó, el silencio fue distinto. No incómodo, pero sí atento.

—Toca otra vez —dijo el Barón—. Pero no esa pieza.

Felipe dudó.

—¿Cuál, entonces?

—La que suele dejar de lado.

Andrés frunció el ceño.

—Eso suena a meterse donde no llaman.

Felipe cambió el arco de mano. Tocó. Al principio con cautela, luego con una decisión torpe pero honesta. La melodía no era bella del todo. Tenía algo crudo, menos educado, algo que no buscaba aprobación. Una de las criadas se detuvo sin darse cuenta. Mamá Inés no apartó la mirada.

Cuando terminó, nadie aplaudió.

—Eso no se toca en reuniones —murmuró Andrés.

—No —respondió Felipe—. No se toca ahí.

—Eso —dijo el Barón— es lo que se parece a usted.

Felipe dejó el violín sobre la mesa.

—No basta.

—Rara vez basta al principio —respondió el Barón.

El comentario quedó flotando. Mamá Inés ordenó retirar los platos. Las criadas obedecieron, devolviendo a la casa su pulso habitual. Afuera, los dos ancianos aguardaban junto al carruaje, inmóviles, como si no pertenecieran del todo a la noche ni al camino.

Felipe habló entonces, con menos prisa de la que sentía.

—Hay músicos —dijo— que parecen haber cruzado algo. No solo tocan mejor. Tocan como si ya no estuvieran del todo aquí.

—Como Paganini —dijo Andrés—. Ese sí que parecía tocado por algo raro.

El Barón alzó la vista con interés.

—Eso decían —respondió—. Siempre es más sencillo pensar en demonios que en decisiones.

—¿Lo oyó tocar? —preguntó Felipe.

El Barón asintió.

—Más de una vez.

No añadió nada más. Y no hizo falta.

—Decían que había hecho un pacto —continuó—. Que había entregado algo a cambio de ese dominio imposible.

—Como Fausto —dijo Andrés—. El alma por el conocimiento.

El Barón no negó ni afirmó.

—Las historias simplifican —dijo—. Paganini no dio lo que la gente cree… ni recibió lo que imaginan. Con los años, la música le fue pidiendo más de lo que el cuerpo podía sostener. Y algo en su juicio… empezó a apagarse.

Mamá Inés se persignó apenas, sin que nadie lo notara.

—Eso suena peor que un pacto —dijo Andrés.

—Lo es —respondió el Barón— cuando se entiende demasiado tarde.

Felipe tomó el violín una vez más y sostuvo una nota larga, hasta que el sonido comenzó a quebrarse.

—¿Usted cree —dijo— que hay músicas que piden algo a cambio?

—Creo —respondió el Barón— que hay músicas que no aceptan manos que no estén dispuestas a cambiar con ellas.

—¿Cambiar cómo?

El Barón se puso de pie.

—Eso —dijo— nunca se explica bien antes.

Se despidió con cortesía y salió. Los ancianos ya estaban listos. El carruaje se perdió cuando la oscuridad terminó de asentarse.

Felipe quedó solo en la sala. Mamá Inés se acercó despacio.

—No te pierdas, mijo —dijo, sin reproche—. Hay cosas que no se recuperan.

Andrés esperó a que ella se fuera.

—No voy a mentir —dijo—. El Barón me cae bien. Tiene algo correcto. Pero esa sobriedad suya… no beber, no comer, no excederse en nada… eso me pone en guardia.

—¿Por qué?

—Porque nadie cuida tanto lo que no teme perder.

Felipe no respondió. Tomó el violín una vez más. Tocó. El sonido fue distinto. No mejor. Distinto.

Y por primera vez comprendió que ya no se preguntaba si había un límite, sino qué estaba dispuesto a perder cuando lo cruzara.