Capítulo 2 — La música imposible
La casa de los Saavedra se alzaba luminosa en medio de la noche, como si hubiera sido concebida no solo para ser habitada, sino para ser exhibida.
Desde lejos, las luces parecían multiplicarse sobre los muros blancos, y el murmullo de voces, risas y música se adelantaba a los carruajes que llegaban uno tras otro, levantando polvo del camino con una alegría casi insolente.
Felipe descendió del coche ajustándose los guantes.
Andrés lo siguió de inmediato, mirando alrededor con esa ansiedad discreta de quien sabe que en ese tipo de casas la bebida aparece antes que las presentaciones.
El aire olía a flores recién cortadas, a perfumes importados y a cierta calidez artificial.
No era el olor de la tierra ni del trabajo: era el aroma exacto de la sociedad cuando decide celebrarse a sí misma.
—Nunca entenderé cómo pueden festejar así todos los años —murmuró Andrés, observando el ir y venir de los invitados—. Cumpleaños, aniversarios, santos… siempre hay una excusa.
—No celebran la excusa —respondió Felipe—. Se celebran entre ellos.
Entraron al gran salón. La orquesta ejecutaba una pieza correcta, bien medida, sin riesgo alguno.
Sonaba como debía sonar. Las damas lucían vestidos traídos de Europa, demasiado abrigados para el clima, demasiado ajustados para el baile que fingían disfrutar.
Los caballeros conversaban en pequeños círculos, inclinando la cabeza con falsa modestia, como si las decisiones importantes se tomaran en esos murmullos.
Felipe saludó, sonrió, inclinó la cabeza. Todo aquello le resultaba familiar, casi cómodo. Andrés, en cambio, se movía con la libertad de quien no aspira a pertenecer del todo; bebía, bromeaba y observaba sin el menor entusiasmo que algunos consideraban indispensable.
Felipe escuchó la música con atención profesional.
Reconoció la estructura, anticipó los cambios, adivinó los errores antes de que ocurrieran.
No había nada mal en ella; sin embargo, nada parecía necesario.
Pensó en su propio violín, en las horas de estudio, en la disciplina, en la repetición incansable. Todo estaba hecho… y todo estaba vacío.
Fue entonces cuando lo vio.
No ocupaba el centro del salón ni parecía interesado en hacerlo.
Se hallaba ligeramente apartado, junto a una de las columnas, y aun así el espacio a su alrededor parecía abrirse con naturalidad.
Vestía de oscuro, sin joyas visibles, y su rostro —pálido, casi ajeno al calor de la noche— mantenía una expresión seria, contenida, más atenta que complacida. No sonreía. Observaba.
Felipe sintió una incomodidad leve, difícil de explicar. No era desconfianza ni recelo. Era la sensación de estar frente a algo que no terminaba de encajar, como una palabra mal colocada en una frase conocida.
—¿Quién es ese? —preguntó a Andrés, sin apartar la vista.
Andrés siguió la dirección de su mirada.
—Debe ser el tipo nuevo del que hablaban. No es de por aquí, eso seguro… ojalá no sea otro idiota como los que suelen venir.
Como si hubiera escuchado la observación, uno de los anfitriones se acercó al grupo y, tras intercambiar algunas palabras, alzó la voz.
—Señores, señoras —anunció—, esta noche tenemos el privilegio de escuchar al Barón don Carlos Medrano, quien amablemente ha aceptado deleitarnos tocando el violín.
Hubo murmullos, inclinaciones de cabeza, sonrisas calculadas. Felipe se acercó lo suficiente para oír cuando uno de los caballeros, con tono festivo, le preguntó:
—¿Primera vez por estos lares, Barón?
—No exactamente —respondió él—. Hace años estuve aquí, aunque no tuve ocasión de disfrutar de los placeres de esta ciudad.
—¿Y qué lo trae ahora? —intervino otro—. ¿Negocios? ¿O acaso busca esposa?
Las damas rieron con la complicidad que solo permite una pregunta que no exige respuesta.
—Me la pone difícil —dijo el Barón con voz pausada—. Entre tanta belleza, elegir sería un acto de ingratitud.
Felipe notó que, por alguna razón, aquella respuesta le resultó inquietantemente precisa.
La música cesó. El director de la orquesta se volvió hacia el anfitrión, quien asintió con una sonrisa ceremoniosa.
El Barón avanzó hacia el estrado. Recibió el violín que alguien le ofrecía —un instrumento fino, pero no excepcional— y, antes de tocar, ajustó las cuerdas con movimientos precisos, sin prisa. Dio un par de acordes breves, como quien comprueba una herramienta, y entonces comenzó.
La primera nota fue suficiente para que el salón cambiara.
No era alegre ni solemne. Era, ante todo, triste. Tristísima. Un lamento contenido que parecía surgir no del instrumento, sino del aire mismo. Las conversaciones se apagaron. Los mozos se detuvieron con las bandejas en alto. Afuera, incluso los carruajes parecieron inmóviles.
Felipe sintió algo en el pecho.
La música avanzaba sin apuro, arrastrando consigo una sensación de pérdida antigua, de cosas que no se habían dicho y ya no podrían decirse.
Una mujer dejó caer el abanico sin notarlo.
Un caballero se sentó de golpe, como si las piernas le hubieran fallado.
Alguien sollozó en silencio, sorprendido de escucharse.
Felipe no pensaba. Reconocía.
Reconocía aquello que no se aprende, que no se imita, que no se transmite. No era técnica. Era otra cosa. Algo que no se podía nombrar sin perderlo.
Sin aviso, el ritmo cambió.
La tristeza dio paso a un frenesí inesperado.
Las notas se aceleraron, se persiguieron unas a otras con una energía casi violenta.
Algunos marcaron el compás sin darse cuenta; otros palmeaban, descolocados.
El Barón tocaba con vigor, pero su rostro permanecía imperturbable, como si aquello no le costara nada.
Felipe observaba sin parpadear.
Pensó en su violín. Pensó en los años. Pensó, por primera vez, que había llegado al límite de lo que podía alcanzar.
Cuando la última nota se extinguió, el silencio se prolongó más de lo aceptable. Nadie supo qué hacer con él. Luego el salón estalló en aplausos, vítores y exclamaciones desmedidas.
La fiesta intentó recomponerse. Las voces se elevaron demasiado. Las risas fueron exageradas. La orquesta retomó su lugar como si pudiera borrar lo ocurrido. No lo logró.
Felipe permaneció inmóvil.
Cuando consiguió acercarse, el Barón ya había devuelto el violín.
—Permítame presentarme —dijo Felipe—. Soy Felipe Riviera.
—Un placer —respondió el Barón.
—Hace tiempo que toca el violín, supongo.
El Barón lo miró con una atención distinta, directa.
—Más de lo que cree.
—¿Y el instrumento? —preguntó Felipe—. Su sonido… no es común.
—Lo fabriqué yo mismo.
Felipe frunció el ceño.
—Conozco instrumentos —dijo—. Y estaría dispuesto a comprarlo.
El Barón negó suavemente con la cabeza.
—No está a la venta.
Felipe entendió que la frase no admitía réplica.
—Entonces —dijo— permítame invitarlo a casa, a unas tertulias de amigos. Usaré mi violín. Tal vez tengamos el placer de tocar juntos.
Hubo una pausa breve.
—Acepto —respondió el Barón—. ¿Le parece este fin de semana?
Felipe asintió.
No sabía por qué, pero supo que algo había quedado comprometido.
Y la música, aún suspendida en el aire, parecía observarlo.