El violín (Pactos y Conjuros nº 1)
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Capítulo 1 — La casa y la resaca
Era otra mañana más, y un impertinente haz de luz se colaba por la persiana de la habitación, dándole de pleno en la cara a Felipe.
La resaca del día anterior y las dos horas de sueño no combinaban con el amanecer en febrero; había en ese tipo de luz una insolencia particular, como si el día no solo llegara, sino que además reclamara obediencia.
Felipe giró el rostro hacia la pared, como si ese gesto pudiera negociar algo con el mundo, pero la claridad insistía.
Pensó —todavía medio dormido— que prefería cuando la luz empezaba a ceder, cuando las cosas seguían viéndose, pero ya no exigían tanta precisión.
Abajo, la casa ya era bulla. El sonido de platos, pasos apresurados y voces de servicio se mezclaba con el canto de un gallo lejano y el golpe de un cubo contra la piedra del pozo.
Veinte años habían pasado desde que el Perú se declarara república, y aun así, en lugares como aquel, la independencia era más una palabra que una transformación.
Cambiaron los nombres, los retratos en las paredes y los discursos en Lima; pero en las haciendas, el día seguía empezando del mismo modo que antes, obediente al sol y a la costumbre.
El tiempo allí no avanzaba: se repetía con una paciencia aprendida del desierto.
Dos cholas y una mulata —que formaban parte del servicio— se movían con la eficiencia silenciosa de quienes conocen la casa mejor que nadie.
Eran supervisadas con severidad por Mamá Inés, una negra en sus setenta y algo más, de espalda aún firme y mirada que no aceptaba excusas.
Había criado a Felipe desde que este naciera.
Fue ama de llaves de Don Manuel Riviera y Doña Esther Casablanca, ambos fallecidos en un trágico accidente años atrás, al naufragar el crucero donde iban.
Felipe contaba con tres años cuando murieron sus padres, y desde entonces Mamá Inés se convirtió en casa, en consejo y en frontera.
En aquella casa, como en tantas otras del sur, la república había cambiado las leyes, pero no el orden silencioso de los afectos ni de las obediencias.
Mamá Inés no levantaba la voz más de lo necesario, porque no hacía falta.
La autoridad no se imponía: se ejercía como se ejerce la gravedad, sin ruido y sin disculpas.
Felipe, ya mayor, la quería tanto como a una madre, y aunque a ratos fingiera fastidio —porque a los hombres les da vergüenza reconocer que aún necesitan ser contenidos—, aceptaba sus advertencias como quien acepta el clima: se protesta, pero se obedece.
Sabía que, sin ella, la casa sería solo un edificio grande y la hacienda una extensión de tierra sin memoria.
—Felipe, baja ya —retumbó la voz desde el patio interior—. Seguro que otra vez fuiste a tomar con los vagos de tus amigos. Baja, que se enfría tu desayuno… ¿O no querrás ver cómo esta negra se enoja y te trae de las orejas?
Felipe gimió como si el sonido fuera un esfuerzo físico. Enterró la cara en la almohada, intentó negociar con su propio cuerpo el regreso al sueño, y consiguió apenas un murmullo.
—Umm… uhhh… mmm… ma… no tengo hambre… Tráeme agua, aunque sea de los corrales… no aguanto esta sed…
—¡Muchacho del cuerno…! ¡Baja inmediatamente!
No terminó de decir la última palabra cuando un chorro de agua helada le cayó en la cara como un latigazo.
Felipe se incorporó de golpe, con la respiración cortada, y a punto estuvo de soltar un carajo cuando vio a Mamá Inés en el umbral: seria, solemne, con un dedo en alto, como si con ese gesto contuviera no solo la mala palabra, sino la vida entera.
—Shhhh… ¿Qué modales son esos? —dijo, con una calma que daba más miedo que el grito—. Modera esa boquita, que no estás con las arrabaleras con quien sales. Báñate y baja. Tu desayuno está servido.
Felipe se limpió la cara con la sábana, y una carcajada, a medias auténtica y a medias rendición, se le escapó.
—Ja… ja… ja… Ma, con los años te pones más pesada.
—Que bajes, mi niño —respondió ella, y en “mi niño” había una amenaza envuelta en cariño—. Que hoy tienes que pagar el jornal con tu capataz… y no dejes que te robe con las cuentas.
Felipe se puso de pie, tambaleando apenas, sintiendo que el piso se movía con la dignidad de un barco viejo.
Se acercó al lavamanos, se miró en el espejo, y se vio como se ven los que han heredado demasiado pronto: joven, sí, pero con un cansancio que no venía solo de la noche anterior, sino de otras noches acumuladas.
Un cansancio antiguo, de esos que no se curan con sueño porque no nacen en el cuerpo.
Había en su mirada una tristeza discreta, una que no se decía porque la casa tenía criados, la hacienda daba frutos y la gente de sociedad no perdona a quien parece frágil.
—Ma, Andrés será un pendenciero, pero pillo no es —dijo, mientras se echaba agua en la nuca—. Y si roba… le aplico la ley del tocuyo.
Mamá Inés, que ya se había dado media vuelta, se detuvo.
—¿Tocuyo? ¿Qué ley es esa?… Tampoco es pa’ denunciarlo, mijo. Le adviertes y se acabó.
Felipe sonrió, todavía con la cabeza goteando.
—No, ma. La ley del tocuyo: hoy tú, mañana yo.
Mamá Inés soltó una carcajada que le sacudió el pecho, y por un instante se le vio joven.
—¡Jajajajjajajja!… Apúrate, pues, que te espero abajo.
Felipe se bañó rápido. No porque la prisa fuera su virtud, sino porque el agua fría era el único remedio que conocía contra la mezcla de culpa y alcohol. Se vistió con ropa limpia, se perfumó lo justo —lo suficiente para que la gente creyera que la vida le era fácil— y bajó.
El comedor olía a pan recién horneado, a café fuerte y a mantequilla.
La mesa estaba servida como si el mundo dependiera de ello.
Mamá Inés se sentó frente a él, no para comer, sino para vigilar la exactitud del universo.
Las dos cholas iban y venían con platos, y la mulata se encargaba de los líquidos con una precisión casi militar.
—Come —ordenó Mamá Inés.
Felipe obedeció. Tenía el estómago cerrado, pero sabía que la desobediencia en esa casa no se pagaba con castigo, sino con decepción, y esa era la moneda más cara.
Mientras masticaba sin entusiasmo, dejó que los sonidos de la hacienda lo atravesaran como una música conocida: el relincho de un caballo, la madera de un portón, las voces en el patio, la risa de un mozo joven, el quejido de un eje mal engrasado.
El valle se abría verde y fértil en medio de la aridez, sostenido por acequias antiguas y por una paciencia aprendida del desierto que lo rodeaba.
Ese movimiento constante era el verdadero dueño de la casa.
Felipe era, en el mejor de los casos, el rostro visible de una maquinaria antigua, y lo sabía.
Había aprendido a administrar, a pagar, a mandar sin humillar, a sonreír cuando correspondía.
Todo funcionaba. Todo estaba en su lugar.
Y, sin embargo, algo no terminaba de asentarse.
—Hoy pagas el jornal —dijo Mamá Inés, como recordándole que la vida no era solo música, vino y mujeres—. Y nada de hacerte el gracioso con los jornaleros. El chiste no llena el plato.
—Hoy pago el jornal —repitió Felipe, y asintió.
Terminó el café y se levantó.
En el patio, Andrés ya lo esperaba.
Andrés era su amigo de infancia y capataz de la hacienda; de esos hombres que nacen con la risa lista y la bronca cerca.
Tenía la mirada viva, la espalda fuerte, y una forma de caminar como si el mundo le debiera paso.
Sostenía un cuaderno de cuentas bajo el brazo, como si fuera un arma.
La gente lo respetaba sin necesidad de títulos ni explicaciones, porque sabía de números y de hombres por igual.
—¡Al fin aparece el patrón! —gritó al verlo—. Pensé que la resaca te había llevado al cementerio.
—Todavía no —respondió Felipe—. Y si me lleva, me llevas flores. No quiero que me traigas discursos.
Andrés soltó una carcajada. Se estrecharon la mano, y sin necesidad de decirlo, fueron hacia donde los hombres esperaban.
Casi medio centenar de empleados se había reunido, formando una línea irregular; rostros curtidos, manos grandes, ropa gastada por trabajo real.
El algodón había sido generoso ese año. Saldría en fardos hacia el puerto y de allí al extranjero, viajando más lejos que los hombres que lo sembraban, como si la riqueza tuviera siempre mejor destino que quienes la producían.
El pago del jornal fue un ritual. No por lo solemne, sino por lo preciso.
Andrés le iba diciendo números, Felipe contaba, los hombres firmaban o marcaban con su dedo.
Alguno sonreía, alguno se quejaba, alguno agradecía sin palabras.
Felipe miraba cada rostro y comprendía, en un nivel que no sabía explicar, que esa fila era más verdadera que cualquier salón con música, vino y aplausos.
Al terminar, Andrés cerró el cuaderno con un golpe seco.
—Listo. No te robaron, no me robaste. La ley del tocuyo queda en paz.
—Por hoy —respondió Felipe.
—Por hoy —repitió Andrés—. ¿Y ahora qué, patrón? ¿Vas a portarte bien o vas a volver a la vida criminal?
Felipe caminó hacia los corrales, respiró el olor a tierra y a animal, y por un instante la resaca se le fue como si el aire se la arrancara.
Se sentía observado desde lejos por algunas miradas curiosas, femeninas, discretas, y otras menos amables.
No le incomodaba. Era parte del trato silencioso con el pueblo.
—Hoy… —dijo— hoy podría portarme bien.
Andrés se acomodó el sombrero.
—Eso suena a que ya tienes un plan.
Felipe no respondió de inmediato. Miró el cielo claro, miró las lomas cercanas, miró la casa grande con sus ventanas abiertas, y sintió esa sensación extraña que a veces le llegaba sin aviso: la idea de que, pese a todo el movimiento, había algo detenido dentro de él.
Algo que no se había decidido a vivir del todo desde que sus padres se hundieron con el barco.
—Los Saavedra dan una fiesta esta noche —dijo al fin—. Dicen que viene un caballero nuevo en la comarca. Ojalá no sea uno de esos que llegan creyendo que todo esto es provincia y atraso porque no es Lima.
Andrés lo miró con interés.
—¿Quién será ese nuevo tipo? Ya me dio curiosidad… mientras no sea otro idiota aburrido y altanero como los de siempre.
Mamá Inés apareció en la puerta del patio, secándose las manos en el delantal.
—Ni se te ocurra llegar tarde —dijo—. Y no quiero verte mañana pidiendo agua de los corrales.
—Sí, ma.
Felipe miró el horizonte, donde el desierto parecía aguardar sin prisa, como si hubiera aprendido a esperar mejor que los hombres.
—A mí también.
En tiempos así —pensó sin saber por qué—, las cosas antiguas encontraban siempre la forma de regresar con otro nombre.