Capítulo 36 #4
—¿Escuchaste eso? —preguntó Red a Hambre.
—¿Cómo no iba a hacerlo?
El dúo caminó por el rastro de sangre que finalizaba en una habitación llena de pinturas de Aelthiriel y del elfo Eryndor. Allí, como si todo hubiera sido planeado, el bebé lloraba acostado en un cojín de terciopelo azul con hilos de oro en el suelo.
La sorpresa fue tal que a Red se le cayó la llave azul.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó Hambre.
—¿Y por qué iba a saber yo?
—Pues... deberías. Es de los tuyos, ¿o no?
—¿Tú crees que esa cosa es humana?
—Se ve como uno.
Asustado, Red caminó hacia el bebé, el cual empezó a llorar más fuerte. Luego, cerca de un cuadro del elfo, notó una manta gris con la cual limpió al infante de la sangre.
—Podemos dejarlo aquí, nadie se enterará —dijo Hambre.
—Hambre...
El diablillo miró fijamente a Red.
—No tengo ni la menor idea de qué debo hacer.
—Acaba con él. Recuerda lo que me contaste. Si dudas, si dejas con vida a esta cosa, estarás cumpliendo la voluntad de él. Terminarás volviéndote su... caballero.
Red guardó la llave en el pantalón y agarró al bebé con la manta, el cual no paró de llorar.
—Te vas a arrepentir —dijo Hambre.
Antes de salir, Red miró el peculiar cuarto una última vez y por un momento el tiempo se detuvo.
—No pensé que lo lograrías... —dijo la voz de Thuron proveniente de uno de los retratos.
—No, no tienes derecho a dirigirte a mí después de esto.
—Las vidas que se perdieron aquí todos estos años son una verdadera tragedia y me avergüenzan.
Mis instrucciones no fueron... estas. Por eso deseché este plan hace años hasta que tus pobres elecciones hicieron que resurgiera por sí solo.
Lylia Theresa simplemente no aguantó la exposición constante al vacío y es una verdadera tragedia, pero confío en que tú podrás.
El dios hizo una pausa y luego dijo:
—Te encomiendo a mi hijo. Sé que te encargarás bien de él, después de todo algo de tu sangre también corre por sus venas.
—Voy a abrir la puerta y luego me dejarás en paz. No voy a quedarme con el niño.
—¿Cientos de vidas fueron apagadas para traerlo aquí y quieres que sean desperdiciadas?
—Yo lo decidiré —dijo Red, mirando nuevamente al bebé que sostenía, pero antes de continuar lo que quería decir, fue interrumpido.
—Los humanos, tan banales como siempre. La vida elige, ustedes aceptan. No son más que utilería en el escenario de la vida. Si quieres creer en el libre albedrío, adelante. Pero recuerda que una mentira no deja de ser veneno, aunque la sirvan en copas de cristal.
Tras aquel momento congelado en el tiempo, Hambre le tocó el hombro para llamar su atención.
El diablillo y Red volvieron por donde Red entró y en el camino se toparon con «Lylia» o más bien el saco de carne que la criatura usaba para habitar en la superficie.
Como un acto de lástima, Red agarró el cuerpo falso y lo colocó en la tumba vacía entreabierta de antes, cerrándola esta vez para siempre.
De vuelta en la superficie, Red y Hambre vieron el escenario remodelado por un gran árbol inmarchitable.
Explicar lo del niño sería difícil, por lo que se lo dio a Hambre, quien también se mantuvo escondido.
El antiguo caballero se despidió formalmente de los sobrevivientes y del enano, al cual le hizo algunas preguntas sobre Garrick Vinland, y luego se reunió con Hambre.
El dúo se dirigió a la salida este de Campo Verde, donde Cenizas esperaba totalmente agitado, luego de unos minutos tranquilizando a su montura, Red se dispuso a montar cuando el semi mono Ondrej apareció y le exigió respuestas.
El colibrí, algo apenado con el sujeto, lo acompañó al edificio de ladrillos rojos donde previamente había dejado el pago y tras buscar unos minutos lo encontró en una caja fuerte detrás de una cabeza disecada que Marie guardaba como trofeo.
Le dio un pago de quinientas monedas de oro.
El mono no protestó, estaba demasiado ocupado enloqueciendo por el dinero, cuando estaba listo para partir este declaró sus intenciones de acompañarlo.
Quizá con la falsa idea de que seguirlo le traería más riquezas.
Pensando en sus habilidades como rastreador, Red no lo rechazó.
Forjamontañas vio al sujeto alejarse y no pudo evitar pensar en cómo había visto ese estilo de lucha antes, en un hábil guerrero llamado Regal Blades hacía varios años, uno de los colibríes. Quizá algún día lo vería de nuevo.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Hambre.
—Ambrosía.
Horas después, aun en el camino, el grupo acampó cerca de un río.
El diablillo y el semimono dormían, pero Red se encontraba de pie frente a la corriente fluvial, con el bebé en los brazos, pensaba en todo y en nada, en su hermano, en su casa, en Lysif, en Elara, en Vlak, en el escorpión, en Thuron y Lylia.
Mientras sus ojos miraban las estrellas, sintió cómo el niño le daba un fuerte rasguño, ocasionando que se le cayera de los brazos directo al río y fuera arrastrado.
El bebé no era normal, pensó al ver el corte profundo.
Pensó en tirarse, seguirlo. Pero se detuvo, aceptó todo lo que había y que podía ser y, como acto de rebeldía contra el destino, regresó con los demás.
Fin del libro I