El viaje del colibrí
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Capítulo 1
El bosque de los condenados
Red llegó a la puerta de Vharkol con la extraña impresión de que solo habían pasado unos cuantos días y no varios años. El viento del bosque sopló con una fuerza áspera y húmeda que lo obligó a entornar los ojos. Cuando los abrió pudo comprobar que el tiempo pega más fuerte que una maza de hierro.
Lleno de nostalgia, el extraño se acercó a las ruinas del viejo molino y empezó a recordar aquel día en que, a este pequeño pueblo, donde lo único que se veía todos los días era la tala de árboles, llegó por la tarde un grupo de cincuenta guardias.
Los locales estaban extrañados: hacía más de veinte años que el gobierno, o en este caso el ejército, no ponía un pie allí y todo el reino decía que Zhonos y el rey se habían olvidado de ellos, que no podía haber un asentamiento que tuviera a sus espaldas semejante bosque.
Los hombres del rey entraron al lugar como si estuvieran en su casa y se dividieron en parejas.
Todos con un objetivo claro: encontrar al infame Red Blades.
Muchos de ellos preguntaron a los lugareños, pero estos se reservaban la información.
El descontento que sentían con la corona e incluso con el resto de Mazavid era así de fuerte.
Uno de los guardias sacó de su bolsillo un papel doblado y, sacudiéndolo en la mano derecha, se lo mostró a su compañero.
Después se acercaron a una anciana que apenas podía ver y que, por su edad, había sido incapaz de esconderse en casa cuando ellos llegaron.
Los guardias abrieron el trozo de papel.
Se trataba de un cartel de búsqueda; en él se apreciaba un dibujo.
Se busca:
Red Blades.
Edad aparente: aproximadamente 28 años.
Altura aproximada: 178 centímetros.
Complexión: atlética, piel clara, ligeramente dorada.
Cabello: color ébano.
Color de ojos: marrón oscuro.
Por regicidio y robo de parte del tesoro real de León, traición y uso de magia de sangre prohibida.
Todo aquel que contribuya a información que lleve a su captura será enormemente recompensado.
—Buenas tardes, señora. ¿Ha visto a este hombre?
La anciana rio y miró al hombre directo a los ojos.
—¿Acaso crees que puedo ver lo que dice aquí, cielo? ¿O acaso crees que te lo diría si supiera?
Los guardias empezaron a ponerse molestos frente a la falta de cooperación de la gente de Vharkol y luego de dañar varias propiedades de los habitantes siguieron avanzando hacia la parte más alejada, donde una única casa de dos pisos resaltaba frente a los demás edificios.
El primero de ellos miró una placa enchapada de oro cerca de la puerta con el nombre «Regal» y volteó a ver a su compañero, quien sin perder tiempo empezó a hacer señas a los demás guardias.
—Abre la puerta, ladrón, ¡se te acabó la suerte!
—Sabemos que estás ahí, no hagas esto más difícil.
Justo en ese momento, Red, quien había visto la llegada de los guardias desde la ventana del frente y se había encerrado en la habitación del fondo del pasillo no mucho después, corrió hacia la ventana trasera y saltó.
No perdió tiempo, no miró atrás. No podía permitírselo, no después de observar la hilera de vapor a la distancia que solo podía significar problemas.
Los guardias entraron y se encontraron una habitación en completo desorden, las estanterías habían sido tiradas a propósito y muchas puertas bloqueadas. Después de destrozar la puerta de la última habitación del segundo piso a hachazos vieron que estaba completamente vacía; ya era muy tarde.
—Mierda, se nos escapó —exclamaron los guardias, en un tono casi unísono.
—Parece que se metió al bosque.
Sabían que si no capturaban a Red los colgarían, no tenían alternativa. Con una mirada frívola, como la de un soldado que sabe que no volverá a casa, dieron vuelta y se dirigieron a sus caballos sin soltar ni una palabra.
Esa es la quinta vez que aparecen de la nada esta semana. Ni siquiera tuve tiempo de agarrar mis cosas, pensó Red viendo la ropa que llevaba puesta, una camisa negra, pantalones marrones y unas botas de cuero sencillas.
Apenas se adentró en el bosque fue como si el sol se pusiera. No era que le sorprendiera, sabía que el bosque era peligroso, pero no podía ser peor para él que ser capturado y fallar su misión.
Debería buscar refugio, el Bosque de los Condenados no se llama así precisamente por ser un paraíso.
El bosque era enorme, no solo por sus dimensiones, sino también por sus árboles. Durante la primavera una niebla densa lo recorría enteramente y era el hábitat de animales salvajes y de peligros que suelen ser considerados mitos o leyendas.
Cuando llevaba ya un tiempo considerable caminando se sintió muy cansado.
Se sentó, apoyó la espalda contra un árbol, abrió su mochila, sacó un pedazo de pan y le dio un gran mordisco.
En ese momento tomó un segundo para mirar la reliquia que cargaba dentro de su mochila, una llave grande, azul y algo pesada, y no pudo evitar pensar en los últimos meses.
Su escape de León, capital de Mazavid, la muerte de la reina y la persecución desde aquel entonces.
El antiguo colibrí intentó no pensar en ello y bebió un sorbo de su odre.
De repente escuchó aullidos: era una manada de lobos.
No mucho tiempo después los lobos empezaron a ladrar, pero sus ladridos no eran feroces; era más como si un perro casero asustado intentara ahuyentar sin éxito a un ladrón armado mientras sus amos duermen totalmente despistados.
Eventualmente, escuchó cómo los lobos eran golpeados y chillaban, algo los estaba lastimando, y ese algo hacía un ruido horrible, como si de un demonio se tratase.
—Scark, Scark...
El ruido no era un rugido ni un gruñido reconocible. Era áspero, como nacido en lo profundo de la garganta de una criatura que solo existe en pesadillas y no está hecha para emitir palabras ni advertencias. Sonó como carne raspando contra hueso, como un aliento forzado a atravesar algo roto.
Red sabía que no podría defenderse de lo que fuera que fuese esa criatura, por lo cual se levantó algo asustado y se movió despacio.
No quería conocer a la bestia. Luego de muchas horas, Red había perdido la cuenta de cuánto tiempo había pasado despierto, pero estaba seguro de que había pasado el tiempo suficiente para que amaneciera, lo cual, para su infortunio, no ocurría.
La niebla se hacía más densa y la iluminación del bosque parecía ser incluso menor por cada hora que pasaba ahí.
Cuando estaba a punto de devolverse, la vista de un pequeño campamento iluminado por una única hoguera lo detuvo.
Los campistas, un grupo de apenas una docena, eran miembros de la iglesia del sol verde, veneradores del dios Zhonos en una de sus marchas «purificadoras». Red sabía que no podían verlo o tendría que ensuciarse las manos. Otra vez. Subió a uno de los árboles y ojeó el campamento donde se reunían.
—Padre santo... Hmm —dijo uno de los acólitos mientras orinaba cerca del árbol. Al parecer, no había descargado su vejiga hace mucho tiempo.
Apenas el hombre terminó de responder al llamado de la naturaleza Red saltó sobre él y lo noqueó. Luego agarró unas llaves que el sujeto llevaba consigo y se puso su vestimenta, asegurándose de que el sectario no la hubiera mojado de orina. El colibrí siempre fue alguien muy limpio.
Muy bien, vamos a esconderte, pensó Red, sin embargo, justo en ese momento, algo arrastró su cuerpo dentro de los arbustos. Era la criatura.
Red se colocó la capucha del atuendo del sectario y corrió hacia el campamento con mucha prisa, deteniéndose al pie de la hoguera, agitado.
—¿Qué pasa, Robert? Corres como si hubieras visto a Thuron ¿Acaso vino a ayudarnos a llevar las almas pecadoras a su reino en persona? —preguntó uno de los acólitos, un hombre alto con una voz suave.
Con lo que había visto en un solo día o noche, Red podía creer que hasta eso era real, pero no era el Thuron de los relatos, no vestía una túnica blanca, no era bello, él estaba convencido de que solo era una bestia irracional.
—¿De qué hablas? Eso es imposible —respondió Red, intentando seguirle el juego al extraño.
Mientras los sectarios perdían el tiempo riéndose de «Robert» la criatura emergió como una blasfemia encarnada.
Su cuerpo era alto pero encorvado, sostenido por extremidades demasiado largas con músculos tensos que parecían nunca descansar.
La bestia estaba cubierta completamente por un pelaje marrón oscuro y a lo largo de su espalda se erizaban mechones irregulares.
Su cabeza era la de un depredador antiguo.
Tenía un hocico corto y anguloso, no tan alargado como el de un lobo, sino más bien compacto, casi aplastado, ligeramente comparable al de algunos murciélagos.
Su nariz era más funcional que estética, ancha, como hecha para olfatear en la oscuridad.
Sus orejas eran puntiagudas y erguidas y sus ojos eran oscuros como la noche misma.
Nadie movió un músculo; el miedo se había encargado de ello.
—Scark, Scark... ¡SCARK! —gruñó la bestia, manteniéndose en el borde de la zona que iluminaba la hoguera.
Un sectario alto y panzón empezó a moverse tras ver que la bestia no hacía nada y empezó a reír.
—Donnie, mira, ¡en el bosque también tienen perros callejeros!
El hombre alto de antes rio y los dos tontos empezaron a hacerle señas a la criatura. Red miró al monstruo a los ojos, pero no pudo sentir que la vista de este lo siguiera.
—¿Es ciego? —pensó Red en voz alta.
—Vamos a probarlo —dijo el sectario gordo, quien agarró un trozo de leña cerca de la hoguera y lo lanzó lejos—. Vamos, perrito, ve a buscarlo.
El monstruo no hizo nada, siguió de pie en el borde de la hoguera como si la mínima iluminación que la hoguera proporcionaba a los hombres fuera una barrera mágica.
—Scark...
El hombre alto tragó saliva tras el último ruido gutural de la criatura y dirigió la vista a las extremidades superiores de la criatura. Sus brazos eran largos y desproporcionados y terminaban en manos huesudas con garras curvas, afiladas como cuchillas gastadas por el uso.
—Basta ya —dijo el sectario al hombre gordo—. Debemos dejar de jugar... Oye, Frank, trae esa lanza de allá.