El veredicto del multimillonario (Multimillonarios Despiadados nº 2) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

«El aplauso llena la sala, pero no llena lo que se vació por dentro.»

CHIARA FERRARI

La puerta giratoria de cristal me devolvió el reflejo de toda Roma, igualita que el primer día. Solo que el primer día entré sola, con una acreditación nueva en el bolsillo y el pecho lleno de esperanza.

Esta vez entraba del brazo de Bianca, sin acreditación ninguna, y el pecho era una piedra.

—No debería estar aquí —dije, por décima vez, en el ascensor.

—No has venido por él. —Bianca me apretó la mano, los ojos fijos en el número que subía en el panel—. Has venido a ver. Inocencia sin testigo fue lo que faltó la primera vez. Hoy el testigo soy yo, y tú vas a estar con los ojos bien abiertos cuando el mundo por fin mire hacia el lado correcto.

El ascensor se abrió en la planta doce, y el frío me bajó por el vientre, anotando planta por planta cada recuerdo.

Era el mismo salón. La misma luz alta de catedral. En el centro, donde un día una vitrina vacía me señaló con el dedo delante de la empresa entera, ahora había un pequeño escenario, un mar de sillas y la prensa.

La misma prensa que había estampado mi cara esposada bajo tres palabras en letras enormes sobre la cama de un hombre.

Había convocado a los buitres que lo devoraron. A propósito.

Nos sentamos al fondo. Me eché el pelo hacia delante de la cara sin darme cuenta, el viejo reflejo de quien ha sido fotografiada demasiadas veces.

Bianca me apartó el mechón despacio.

Cuando entró, el salón contuvo la respiración, y yo la contuve con él, rabiosa por contenerla.

Nada de comitiva. Nada de Vittoria un paso por detrás, nada de Massimo cerrando el grupo.

Lorenzo Riccardi cruzó el salón solo, sin corbata, con la camisa de quien no dormía desde hacía una semana y ningún papel en la mano.

Sin teleprónter. Sin nadie susurrándole al oído. Se detuvo exactamente donde se había detenido la otra vez. En el lugar de la vitrina.

Y empezó a demolerse en cadena nacional.

—La Stella se recuperó anteayer, en una redada en la Costa Amalfitana. —La voz era baja, clara, sin el hielo de antes. Era peor: estaba desnuda—. La señora Vittoria Riccardi, directora de patrimonio de esta casa y prima mía, está detenida. Fue ella quien robó la pieza y quien falsificó las pruebas.

Un murmullo recorrió la sala. Él esperó a que pasara sin protegerse.

—Lo voy a repetir despacio, porque en este mismo lugar, hace unos meses, dije lo contrario. Y el error merece el mismo escenario que tuvo la mentira.

Buscó las cámaras. A mí no me buscó, y yo, idiota, registré que no me buscaba.

—La acusación fue mía. El error fue mío. —Cada frase caía como piedra en un pozo—. La dottoressa Chiara Ferrari es, y siempre ha sido, inocente.

Dottoressa.

La palabra me golpeó de lleno en el pecho.

La última vez, en aquel escenario, yo había sido «la signorina Ferrari», dicho con desprecio, rebajada a cebo, a personal de servicio. Ahora me devolvía, delante del mismo mundo, el título que nadie se había molestado nunca en darme. Con intereses.

—La destruí aquí, con pruebas falsas y una convicción que era verdadera.

—Se le trabó la mandíbula, y esta vez no era frialdad; era el esfuerzo de no quebrarse la voz—.

No hay indemnización que pague eso. Hay esto: yo, de pie, delante de las mismas cámaras que ella usó para ayudarme a hundir a la dottoressa; yo me equivoqué. Ella no.

El resto vino en tono de trámite, y cada frase era un ladrillo de mi nombre volviendo a su sitio: retractación formal presentada, indemnización íntegra, el proceso contra mí archivado, una frase y un sello, después de meses pesando una tonelada.

Y, por último, la colección homenaje suspendida.

—Por tiempo indefinido —dijo—. Hasta que esta casa vuelva a merecer llevar el nombre de mi madre.

En un rincón de mi cabeza, vi la cocina de la nonna en Florencia.

A mi padre en la silla de siempre, frente al mismo telediario que unos meses antes le había parado el corazón. La mano en el pecho otra vez —me jugaba el negocio entero—, pero esta vez por el motivo correcto.

Cuando terminó, los flashes no fueron hacia él. Atravesaron el salón y me encontraron al fondo.

Yo, que había salido de aquel edificio fotografiada con esposas, estaba siendo fotografiada de nuevo, sentada, entera.

De pie por dentro. Bianca me cogió la mano y no la soltó.

Lorenzo bajó del escenario. No recogió los papeles que no tenía. No esperó ninguna pregunta de periodista. Cruzó el salón entero en mi dirección, con el mundo girando la cabeza para seguirlo, y se detuvo a un paso de mí.

El perfume de madera llegó con él. La última vez en aquella planta, había llegado como una amenaza. Ahora llegaba solo como él.

Yo esperé el reproche. La petición. La mano tendida. La frase ensayada.

—Gracias por haber venido, dottoressa.

Fue solo eso. Los ojos ámbar sostuvieron los míos durante un segundo que dolió, y no tendió la mano, no me tocó el brazo, no pidió nada. Se dio la vuelta y se marchó primero, dejándome a mí la última palabra, la que no dije.

Fue entonces cuando el veneno que Vittoria había plantado meses antes murió del todo, sin ruido.

Hombre que vigila, extorsiona. Hombre que vigila, controla, exige, se queda a ver el efecto.

Este lo había entregado todo —la carpeta, el escenario, su propia credibilidad— y se había marchado antes que yo, sin quedarse para la foto, sin esperar mi agradecimiento.

No me había traído de vuelta para vigilarme. Me había devuelto lo que era mío y había salido de escena.

Fue en el coche de Bianca, parado en el atasco de la salida de Roma, cuando el llanto por fin llegó.

El llanto contenido desde aquella planta de las esposas, el que me había prohibido en Florencia —llanto por mi padre; el resto no merece el agua—.

Llegó de todas formas, caliente, imparable, y Bianca no dijo una palabra: solo me puso la mano en la nuca y me dejó.

Mi nombre había vuelto.

Tres noches después, en Florencia, mi padre me llamó a la cocina.

En la mesa, junto al frutero, había un sobre marrón. Matasellos de Roma. Iba dirigido, con la letra firme que yo conocía de los recados en la encimera, no a mí.

A él.

—Tu Riccardi me ha escrito. —Giuseppe no apartó los ojos del sobre—. Pidiendo permiso para venir aquí. A mí. De hombre a hombre, como si aún quedara algo de eso en el mundo. —Le dio un sorbo al café, tranquilo como solo saben estarlo los viejos—. Le he contestado.

El frío me subió por el vientre.

—¿Qué le has contestado, papà?

Dejó la taza en la mesa, sin prisa.

—Que la puerta de casa se abre el sábado. —Sus ojos encontraron los míos, y había en ellos algo que yo no veía desde antes del hospital—. El resto, quien lo abre o lo cierra eres tú, piccola.

CAPÍTULO 48

«Desde lo alto, lo veía todo. De rodillas, por fin la vi a ella.»

LORENZO RICCARDI

La casa del signor Ferrari estaba al final de una cuesta de piedra, detrás de una verja de hierro que chirriaba.

Nada de mármol. Nada de portero. Un timbre que pulsé dos veces antes de reunir el valor para la tercera.

Y eso que yo entraba en cualquier sala del mundo sin llamar.

El viejo abrió la puerta en pijama, con un chaleco de lana por encima, me midió de arriba abajo —del zapato caro al cuello de la camisa en la que, por primera vez en la vida, había decidido no ponerme corbata— y me hizo sitio sin sonreír.

—Siéntese. —Señaló un sillón que había visto décadas mejores—. Café todavía no se lo merece.

Me senté. Él se acomodó enfrente, despacio, la mano un segundo de más sobre el pecho antes de posarla en el brazo del sillón. El corazón que un telediario le había parado meses antes.

—No voy a preguntarle por dinero —dijo—.

Dinero sé que tiene de sobra; es lo que queda cuando falta todo lo demás.

—Sus ojos, del mismo castaño que los de ella, no me soltaban—.

Mi hija se pasó la vida mintiendo para protegerme.

Las medicinas, el alquiler, la cara feliz al teléfono.

Lo aprendió de mí: yo mentí con las medicinas años y años para no ser una carga.

Uno se dice que es protección, pero una protección que decide sola lo que el otro puede soportar no es protección.

Es una cárcel con la puerta pintada de cariño.

Lo aprendió de mí, eso lo entiendo. —Ladeó la cabeza—. ¿Usted por qué miente?

La pregunta me abrió en canal.

No había cámaras, no había público, no había discurso preparado. Solo un viejo con chaleco de lana y la tarde de Florencia entrando torcida por la ventana.

—Por miedo, signor Ferrari. —Mi voz salió más baja que en el escenario, y dolió más—.

Controlo porque tengo miedo. Perdí a mi madre muy pronto y me convertí en una caja fuerte: encierro dentro todo lo que importa, en la oscuridad, donde nadie puede alcanzarlo ni para robarlo ni para hacerle daño.

Su hija fue la única persona que consiguió leer lo que había dentro.

Y tuve tanto miedo de lo que vio que preferí destruirla antes que dejarla con la llave.

Giuseppe me midió un buen rato. Tiempo de viejo, que no tiene prisa, porque ya ha gastado toda la prisa. Después cogió el café que tenía al lado —solo el suyo— y bebió un sorbo.

—Una caja fuerte que se abre una vez, se abre otra —dijo, y había menos hielo en la voz—.

La diferencia está en que usted decida si quien la abre la próxima vez es usted, o el miedo.

—Señaló con el mentón hacia el fondo—. Está en la cocina.

Era de la madre de su madre. Cuidado con lo que vaya a decir ahí dentro: ese suelo ha oído a tres generaciones de mujeres Ferrari. No traga mentiras.

La cocina estaba al fondo, tres escalones por debajo del resto de la casa.

Azulejo gastado, una cocina de fogones negros, botes de harina y de pasta alineados como soldados viejos.

Y ella, de espaldas, las manos blancas hasta la muñeca, trabajando una masa sobre una tabla más vieja que nosotros dos.

Me detuve en la puerta.

En otra cocina, meses antes, ella había invadido mi mármol con la salsa de su abuela y me había enseñado dónde estaba la sal. Ahora era yo, de cachemir, plantado en la puerta de su reino, sin saber si podía pisarlo.

—¿Puedo entrar?

Ella detuvo las manos en la masa, pero no se volvió.

—La casa es de mi padre —respondió, la voz demasiado controlada—. Pregúntaselo a él.

—Él me ha mandado aquí. —Di un paso, solo uno, y respeté la frontera del escalón—. Pero la cocina es tuya. Así que te lo pregunto a ti.

Se volvió entonces, con harina en un mechón del pelo, los ojos castaños secos y duros, y aun así me quedé sin aire igual que la primera vez, en un laboratorio, con una estrella encendiéndose dentro de una piedra.

No planeé el gesto.

El cuerpo decidió antes que la cabeza. Doblé las rodillas sobre las baldosas frías de la nonna, entre los fogones y la mesa, y me quedé allí, a la altura equivocada para un hombre como yo, a la única altura correcta para lo que había venido a decir.

—Levántate —dijo enseguida, y le tembló la voz—. No hagas eso.

—Déjame quedarme aquí abajo un momento. —Miré hacia arriba, hacia ella—. Desde lo alto lo he visto todo mal la vida entera.

Cruzó los brazos enharinados, una muralla. Entonces hablé desde el suelo:

—Te necesito. No es un deseo, Chiara. El deseo lo domino.

Esto es necesidad, y la necesidad nunca supe domarla.

Soy tuyo desde el primer día. Desde antes del primer día: desde un ascensor en el que una mujer me dijo que algunos de los que estábamos allí trabajábamos, y estuve a punto de sonreír por primera vez en años.

A ella se le llenaron los ojos de lágrimas contra su voluntad.

Lo vi y no lo usé. No era munición. Ya no quedaba munición entre nosotros.

—Dame una oportunidad. Una sola. Te juro que voy a pasarme la vida demostrándote que he cambiado.

Y cuando me equivoque, porque me voy a equivocar, decides tú.

Esa es la única promesa que vale algo viniendo de mí: no la de no equivocarme nunca.

La de no volver a decidir nada por ti. Ni para protegerte. Sobre todo para protegerte.

Abrió la boca. No la dejé todavía: faltaba la verdad que yo había enterrado en una terraza.

—En Amalfi, aquella madrugada, cuando dije «duerme, yo hago guardia»... —Se me cerró la garganta, y forcé la frase a salir—. Era esto lo que no tuve el valor de decir. Te quiero. Te quiero, Chiara. Despierta, dormida, odiándome desde el otro lado de Italia. Hago guardia igual.

La primera lágrima le resbaló, y con ella vino la lista, la lista que yo me sabía de memoria, porque era toda verdad.

—Me llamaste ladrona delante de la empresa entera. —La voz se le llenó de rabia—. Cogiste lo más verdadero que te di y lo llamaste servicio.

—Sí.

—Supiste el nombre de la culpable y te callaste. Decidiste, tú solo, que yo no soportaba la verdad. Otra vez.

—Lo sé.

No rebatí ninguna.

No tenía defensa y, más que eso, ella necesitaba vaciar cada una en mi cara y verme aguantar de rodillas. Así que aguanté, una a una, mientras la harina se le secaba en los puños y la tarde escurría amarilla por la ventana sucia.

—Es siempre el mismo hombre —dijo, más bajo.

—Lo era. —Le sostuve la mirada—. Estoy de rodillas en el suelo de tu nonna precisamente para dejar de serlo.

Se quedó en silencio.

La lista se había acabado. Y cuando la lista se acaba, solo queda lo que uno esconde debajo de ella.

—Intenté odiarte con método —confesó, y la voz se le quebró por la mitad—. Hice una lista que repasaba cada noche. La lista falló en Amalfi y nunca más volvió a funcionar bien.

Le tembló el mentón. Me miró, allí abajo en el suelo de la nonna, y la palabra salió partida por la mitad, muy bajito:

—Levanta... Lorenzo.

El apellido que había levantado como un muro en el tren cayó con mi nombre dentro de su boca, y me puse de pie sin sentir las piernas.

No fue rápido. Nada bueno entre nosotros había sido nunca rápido. Le llevé la mano a la cara, dejé la harina de sus dedos en mi piel y la harina de los míos en su mejilla, y la besé despacio, como quien pide perdón sin más palabras, porque las palabras se habían acabado y solo quedaba esto.

Jazmín y madera en el mismo aliento.

La vida entera encerré en la oscuridad lo que amaba. A esta la voy a mantener en la luz, aunque me cueste el resto de mis días.

Ella me agarró la camisa con las dos manos enharinadas, y sentí, contra mi boca, la risa y el llanto peleándose dentro de ella al mismo tiempo.

Un carraspeo teatral partió la cocina por la mitad.

Giuseppe, apoyado en el marco del escalón, café en la mano, los ojos castaños brillando con una maldad tierna.

—En la cocina de la nonna, no. —Bebió un sorbo, impasible—. Hay hoteles en Florencia. Muchos, de hecho. Y usted, por lo visto, puede pagarlos todos.