El veredicto del multimillonario (Multimillonarios Despiadados nº 2) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

«Hay victorias que se cargan como un ataúd . A hombros, en silencio, y sin saber muy bien de quién es el entierro. »

LORENZO RICCARDI

La Costa no había cambiado en tres semanas. El que había cambiado era yo.

Los mismos limoneros bordando el acantilado, el mismo mar paciente allá abajo.

La última vez había subido aquella carretera conduciendo mi propio coche, con ella riendo en el asiento de al lado. Hoy iba en una furgoneta sin ventanas, aparcada a doscientos metros de un restaurante colgado del acantilado, con un pinganillo en el oído y las dos manos inútiles en el regazo.

Dos días antes, ella había cruzado la puerta de la sala de guerra con tacón bajo y su apellido en la portada del contrato, y había apartado la silla de la cabecera sin pedir permiso.

A Massimo le gustó. Yo me quedé de pie contra la pared, en mi nuevo sitio: el del que no manda.

Me pasé la vida encerrando lo que amaba en una caja fuerte, para que nadie pudiera alcanzarlo. Ahora la caja fuerte era yo, y ella estaba fuera de mi alcance, en una mesa a doscientos metros, con una piedra delante y tres hombres de las sombras alrededor.

No podía hacer otra cosa que escuchar. Era exactamente el sentido de la lección.

Una hora antes, en el puesto de mando, Tommaso había girado el anillo tres veces antes de hablar:

—La aseguradora me ha ofrecido adelantarme la comisión. —Miraba el mar, no a mí—. Bastaba con que les entregara el canal directo y sacara a la chica de la mesa. Limpio, rápido, tres por ciento en la cuenta mañana.

—¿Y?

—Y dije que no. —Por fin levantó los ojos, y había en ellos el cansancio de quien decide tarde, pero decide—.

Autentiqué mentiras durante diez años, dottore.

Una vez en la vida quería poner mi nombre debajo de una verdad.

Además, a ella no hay ojo que la engañe.

Iba a perder la comisión de todos modos.

El pinganillo chasqueó. La voz del comisario Romano, baja y seca:

—Ha empezado.

Cerré los ojos para ver mejor. Me sabía la terraza de memoria: las bombillas amarillas entre las viñas, el mar invisible abajo.

Me sabía al hombre de lino crudo, el reloj demasiado bueno para el resto de la ropa. Y me sabía, sobre todo, la voz que vino a continuación: lisa, profesional, sin un temblor.

—Vamos a lo que importa —dijo Chiara.

Mi Chiara. Trabajando.

Se oyó el clic de unos cierres. El murmullo de nuestro hombre de Ginebra fingiendo hastío de rico. Y entonces un silencio distinto, el que cae cuando se abre una caja de terciopelo.

—Puede examinarla —dijo el Lino.

Yo no lo vi. Pero lo había visto una vez, en un laboratorio de la planta doce, y la memoria rellenó la oscuridad de la furgoneta: la lupa de latón de mango gastado subiendo hasta su ojo, el mentón inclinándose, el mundo entero reducido a seis puntas de luz dentro de una piedra.

Su voz volvió al grano, y esta vez me hablaba a mí sin saberlo.

—Zafiro estrella natural. Asterismo de seis rayos, centrado, perfecto.

—Una pausa de perita, no de mujer—. Talla de la casa Riccardi.

Última pieza que Elena Riccardi diseñó antes de morir.

—Y entonces, más bajo, la frase que en el contrato era solo una señal y que en su boca se convirtió en otra cosa—: La estrella es suya. Siempre lo fue.

Era la clave. Era el final.

—Ahora —ordenó Romano.

Salí de la furgoneta antes de que terminara la orden. Subí la escalera de piedra de dos en dos, con el corazón a un ritmo que no era de operación.

Era de hombre.

Lo sentí antes de verlo. Arriba, en el aire quieto de la Costa, un perfume caro, de esos que se quedan cuando la persona ya ha salido de la sala. Conocía aquel perfume de treinta navidades.

No.

Estaba en un rincón de la terraza, lejos de la mesa, con unas gafas de sol que ya no escondían nada.

Había venido. La dueña impaciente no le confió el último activo de su vida a un mensajero: vino con sus propios ojos a vigilar el dinero que iba a tapar todos los agujeros.

El error final de la serpiente acorralada.

Los hombres de Romano se cerraron a su alrededor sin aspavientos. Vittoria no gritó, ella nunca gritaría.

—No tienen ninguna prueba de que esta piedra haya pasado por mis manos —dijo, tranquila, al comisario.

—Está usted sentada a diez metros de la venta de la pieza más buscada de Italia, signora. —Romano ni siquiera levantó la voz—. Pruebas es lo que va a sobrar.

Vittoria giró la cabeza y me vio. Por un segundo el rostro de acero se le resbaló, y lo que quedó debajo era más viejo, más cansado, casi humano.

—Tú no entiendes lo que es hundirte dentro de un apellido, Lorenzo. —Respiró hondo, y la máscara volvió a su sitio por última vez—. Tú naciste en la parte de arriba de él.

No hubo esposas de telenovela. Solo una mano firme en su brazo y el camino hacia la salida. Nos miramos una vez. Cuarenta años de mesa de Navidad cupieron en aquella mirada, y ninguno de los dos encontró una palabra que mereciera la pena gastar.

Cuarenta años. Y lo único que yo sentía, mientras se la llevaban, era el olor de su perfume alejándose.

Romano me alcanzó con una carpeta requisada.

Entre facturas y rutas, una nota con letra de oficina que yo conocía demasiado bien: instrucciones sobre cómo «llevar la comunicación» con la acusada, firmadas por una abogada de mi propio departamento jurídico.

Dottoressa Albani. El hilo que había asestado la puñalada de terciopelo en la comisaría ahora ataba el otro extremo de la cadena.

—Esta va a querer hablar antes de la celda —dijo Romano, guardándose la nota—. Siempre quieren.

Busqué a Chiara con los ojos. Ya había guardado la lupa de su abuela en el estuche, de espaldas a mí, leyendo la piedra de Elena una última vez a la luz amarilla.

No vino hacia mí, y yo no tenía derecho a ir hacia ella.

Dos días después, en Roma, la sala de guerra estaba vacía.

En la pizarra blanca todavía estaba escrito LA PIEDRA en lo alto y, debajo, con mi letra, la palabra que había borrado y reescrito hasta casi agujerear el rotulador: RECUPERADA.

Massimo ya se había marchado. Tommaso ya había ido a por su comisión, la legítima, esta vez. La Stella estaba en una caja de acero sobre la mesa, reintegrada a la colección por peritaje, libre.

Chiara dejó el contrato firmado y la factura de los honorarios junto a la caja, alineados, profesionales. No se sentó.

—Está entregado. —La voz era la misma que en la terraza: lisa, sin temblor, sin mí dentro—. Mi trabajo ha terminado, signor Riccardi.

Y se dio la vuelta para marcharse.

Me quedé con la caja de acero en la mano, fría, mirando su espalda cruzar la misma puerta por la que había entrado con la cabeza alta dos días antes.

Su nombre había vuelto. La piedra de mi madre había vuelto. La villana estaba entre rejas, la casa estaba limpia, la guerra que juré ganar estaba ganada.

Tragué saliva.

Acababa de descubrir que limpiar su nombre era la parte fácil. Había recuperado la piedra de mi madre y estaba perdiendo a la mujer de mi vida por segunda vez, la misma noche.