El veredicto del multimillonario (Multimillonarios Despiadados nº 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

«Quince centímetros de acero entre el mundo y lo que quedaba de ella. Yo lo llamaba seguridad. No era más que miedo con otro nombre.»

LORENZO RICCARDI

Roma se extendía allá abajo como un tablero que ya había aprendido a jugar con los ojos cerrados.

Desde mi planta —la última, siempre la última—, la ciudad parecía pequeña. Cúpulas, tejados color de óxido, el verde de Villa Borghese a lo lejos.

Había construido lo suficiente para mirar todo aquello desde arriba. Y, aun así, unas plantas más abajo había una puerta al final de un pasillo que todavía me obligaba a respirar hondo antes de abrirla.

La sala de la caja fuerte.

Bajé hasta la planta doce. Tecleé el código que nadie más conocía por completo.

El panel parpadeó en verde. El acero cedió con aquel chasquido grave, casi litúrgico.

Allí dentro, bajo la luz fría, La Stella.

El zafiro reposaba en el centro del collar como si hubiera venido del cielo y no de una mina. Cuando la luz incidía en el ángulo justo, la estrella se encendía: seis brazos de luz cruzando el azul, el asterismo perfecto que solo una piedra entre miles llevaba consigo.

Mi madre pasó tres años diseñando aquella pieza, pero no vivió para verla terminada.

Yo tenía veintipocos años cuando murió, y desde entonces el Gruppo Riccardi creció diez veces, abrió plazas en tres continentes, compró competidores que un día me miraron por encima del hombro.

Nada de aquello la trajo de vuelta.

Con todo, La Stella era lo más cerca que llegaba de su letra: de cómo ladeaba la cabeza ante una gema en bruto y decía que toda piedra tenía un alma esperando a ser liberada.

Sentimentalismo.

Cerré la caja fuerte.

La piedra es carbono y presión. Lo demás son historias que uno se cuenta para soportar la pérdida.

Era lo que me repetía a mí mismo. Casi siempre funcionaba.

La confianza era un lujo que había dejado de permitirme.

Años atrás, una mujer se sentó en la silla frente a la mía, sonrió, firmó el contrato de confidencialidad y, en dieciocho meses, vendió nuestros procesos a la competencia como quien vende fruta en el mercado.

No lo vi. Yo, que lo veía todo. La lección entró de la peor manera: las personas más peligrosas son siempre las que uno deja entrar.

Desde entonces, cada rostro nuevo en mis pasillos era una variable hasta que se demostrara lo contrario.

Y faltaban semanas para el relanzamiento. Semanas para exponer La Stella al mundo. El peor momento posible para abrir las puertas a desconocidos.

Me pasé la mano por el pelo e intenté no pensar en ello.

—Tienes esa cara —dijo Massimo, sin levantar los ojos del vaso—. La cara de quien ha dormido aquí otra vez.

Estaba repantingado en el sillón de cuero de mi despacho como si fuera suyo, el traje arrugado de quien ha venido directo de la inauguración de un hotel en alguna costa que no recordaba cuál.

Massimo Greco era la única persona en el mundo que entraba en mi despacho sin avisar.

—Algunos trabajamos —dije.

—Algunos vivimos. —Levantó el vaso en un brindis perezoso—. Deberías probarlo algún día. Dicen que es agradable.

Me serví café en vez de responder.

Fuera, la tarde caía sobre Roma en un dorado que mi madre habría llamado color topacio. Massimo me observaba por encima del vaso con esa atención de quien finge no estar prestando ninguna atención.

Lo hacía. Leía a las personas como yo leía una hoja de cálculo. Era lo que lo hacía bueno en los negocios e insoportable como amigo.

—¿El relanzamiento va en plazo?

—Todo va en plazo. Siempre.

La puerta se abrió sin avisar otra vez.

—Lorenzo, necesito tu firma en el seguro de la... —Vittoria se detuvo al ver a Massimo, y su sonrisa se ajustó en el rostro como una joya cambiada de estuche—. No sabía que estabas acompañado.

Mi prima cruzó la sala con la elegancia de siempre. Vittoria había crecido conmigo: dos críos correteando por los pasillos de este mismo edificio, cuando el Gruppo aún era solo mi abuelo y un sueño demasiado grande.

Hoy se ocupaba de todo el patrimonio histórico de la casa. Conocía cada pieza, cada caja fuerte, cada código mejor que nadie. Confiaba en ella como se confía en la propia sangre.

Deslizó la carpeta sobre mi mesa y se quedó ahí, dudando de un modo que no encajaba con ella.

—¿Puedo decirte una cosa? —Vittoria bajó la voz—. Sobre la nueva contratación. La chica de Florencia, la del departamento de gemología.

Massimo arqueó una ceja. Yo no dije nada, dejé que el silencio hiciera la pregunta por mí.

—Es solo que... —Escogió las palabras con cuidado—. Faltando tan poco para la exposición, con La Stella ahí al fondo de aquella planta, traer a gente de fuera que nadie conoce bien... no sé. Me incomoda. Solo eso.

—Ha pasado por todos los filtros —dijo Massimo, girando el vaso entre los dedos—. Currículum limpio, buenas referencias. Por lo que me han contado, entiende de piedras más que la mitad de esta planta.

—Las referencias también se compran —respondió Vittoria, dulce.

Las referencias también se compran.

Yo conocía esa verdad en carne propia.

La chica de Florencia. Tardé un segundo en encajar la pieza en su sitio.

Rizos oscuros mal domados. Una acreditación provisional torcida sobre un blazer barato. Y una boca irónica, de lengua demasiado afilada para el primer día de trabajo, que me había devuelto cada pulla sin bajar la mirada.

Algunos aquí trabajamos.

Casi había sonreído en aquel ascensor. Casi. Hacía años que nadie me contestaba de aquella manera, sin miedo, sin adulación, con la barbilla alta como si el problema fuera yo y no ella.

Apreté los puños sobre la mesa sin darme cuenta.

Me había fijado en su boca. Eso ya era un problema.

No era atracción. Hacía mucho que no me permitía ese tipo de distracción. Era irritación; solo podía ser la irritación de alguien que se había atrevido a plantarme cara dentro de mi propia casa.

Así que es ella.

—Vittoria. —Me levanté—. Tienes razón en una cosa. Gente nueva cerca de La Stella es un riesgo que no corro a ciegas.

El alivio le pasó rápido por el rostro.

—Por eso —continué— quiero a la chica en la catalogación de la colección. Bien cerca, donde pueda ver con mis propios ojos exactamente lo que hace.

La sonrisa de Vittoria vaciló medio segundo antes de recomponerse. Massimo, en cambio, esbozó una sonrisa amplia, divertido por algo que yo aún no había entendido.

—A los amigos, cerca —murmuró—; y a los enemigos, más cerca aún.

No es mi enemiga, pensé. Todavía no he decidido qué es.

Y esa indecisión, lo sabía, era lo más peligroso que me había pasado en años.

CAPÍTULO 3

«Hay un frío que llega envuelto en cordialidad, sonriendo de oreja a oreja. Tardé en aprender que ese es el más peligroso de todos.»

CHIARA FERRARI

Una semana dentro del Gruppo Riccardi y ya había aprendido tres cosas.

La primera: el café de la máquina de la planta doce era mejor que cualquier cosa que pudiera permitirme en Roma.

La segunda: allí nadie daba los buenos días antes de la tercera taza.

Y la tercera, la más importante de todas: Lorenzo Riccardi había decidido que yo sería su problema personal.

Catalogación de la colección. Fue lo que dijeron cuando me pasaron la carpeta el segundo día.

Qué suerte tienes, Ferrari.

Sofia lo había dicho con envidia sincera. Lo que nadie explicó fue que catalogación de la colección significaba trabajar bajo su mirada, con él bajando de la última planta cada dos por tres y rondando mi pasillo sin motivo aparente.

Aquella mañana se había parado detrás de mí sin que yo oyera sus pasos.

—Ha clasificado esta como turmalina rosa.

No me volví enseguida. Terminé primero la anotación.

Que espere.

—Porque es turmalina rosa.

—La ficha del proveedor dice que no.

—La ficha del proveedor está equivocada.

—Entonces sí giré la silla, con la lupa todavía en la mano—.

Es turmalina, sí, pero tiene zonas de color.

Mírela al trasluz, en el sentido del eje.

Hay un rosa que se vuelve casi incoloro por un lado.

Eso cambia el valor. Quien compró esto como rosa puro pagó demasiado.

Por un segundo —solo uno— algo cruzó sus ojos ámbar. No era irritación.

Era sorpresa.

Cogió la piedra, la levantó contra la ventana, la giró en el ángulo exacto que yo había indicado y no dijo nada más. Solo devolvió la gema a la bandeja y se marchó, con ese andar de quien nunca ha necesitado pedir permiso para existir.

El corazón me latía acelerado y me negué a investigar el motivo.

—A ver si lo he entendido. —Bianca se metió en la boca un trozo de focaccia demasiado grande y habló con la boca llena, porque los modales nunca fueron lo suyo—: El hombre más rico de Roma se pasa el día entero rondando tu mesa y tú crees que es porque te odia.

—No lo creo. Lo sé. —Pinché la ensalada con más violencia de la que merecía—. Tenías que haberle visto la cara en el ascensor, amiga. Me miró como quien mira una mancha en la alfombra.

La trattoria cerca de la galería donde trabajaba Bianca se llenaba a la hora de comer. Los camareros pasaban haciendo equilibrios con los platos, alguien reía a carcajadas en una mesa del fondo, y el olor a salsa de tomate y albahaca era lo más parecido a mi casa que había encontrado en Roma.

Bianca era mi mejor amiga desde los tiempos de la universidad, la única persona en aquella ciudad que conocía el sonido de mi risa de verdad.

—Una mancha en la alfombra —repitió, saboreándolo—. Chiara, cariño. Ningún hombre se obsesiona con una mancha en la alfombra. Un hombre manda que la limpien y se olvida.

—No está obsesionado.

—Te sacó de un departamento entero y te plantó delante de su propio despacho. —Levantó el vaso de agua como si fuera vino—. Eso no es odio, mi amor. Eso es un hombre que no puede dejar de mirar y está muy cabreado consigo mismo por ello.

Puse los ojos en blanco.

—Lees demasiadas novelas.

—Y tú lees demasiada piedra. Cada una con su poesía. —Bianca se limpió la boca con la servilleta y se puso seria un instante, algo tan raro en ella que me asustó—. ¿Cómo está tu padre?

Un nudo en el pecho me pilló por sorpresa.

—Cansado. Cabezota. —Forcé una sonrisa—. Igualito que yo. Lo llamé ayer y me juró que se había tomado la medicina. Tenía esa voz de quien no se la ha tomado.

Bianca alargó la mano por encima de la mesa y apretó la mía.

—Lo estás haciendo por él. No lo olvides cuando ese hombre te mire mal. —Sonrió de nuevo, volviendo a su tono de siempre—. Y cuando por fin te bese, quiero detalles. Todos. Incluidas las medidas de los hombros.

—No va a haber ningún beso.

—Ya, ya...

La tarde tenía ese silencio denso del final de la jornada cuando ella apareció.

Estaba sola en la mesa de catalogación, con la luz ya dorada entrando de lado por los cristales, cuando una mujer se detuvo frente a mí. Alta, rubia de un rubio caro, vestida de un modo que hacía que mi mejor blazer pareciera un trapo de fregar.

Me observó un instante antes de sonreír, y su sonrisa llegó a los labios sin pasar nunca por los ojos.

—Tú debes de ser Chiara. —La voz era suave, pulida—. Vittoria Riccardi. Me ocupo del patrimonio de la casa.

Riccardi.

—Encantada —dije, levantándome para estrecharle la mano.

Sus dedos estaban fríos. El apretón duró exactamente el tiempo justo para no significar nada.

—Me he enterado de que Lorenzo te ha puesto en la catalogación. —Paseó la mirada por mi mesa, por las fichas, por las gemas alineadas—. Qué interesante. No suele confiar piezas tan importantes a gente tan reciente.

Gente tan reciente.

Había una aguja clavada justo en medio de aquella frase dulce.

—Me esfuerzo por merecer la confianza —afirmé, manteniendo la voz neutra.

—Estoy segura de que sí. —Vittoria cogió una de las piedras de mi bandeja sin pedir permiso, la giró entre los dedos con una intimidad que decía esto es mío, no tuyo, y la devolvió fuera de sitio—.

Es que el patrimonio de esta casa es delicado, ¿sabes?

Hay piezas de valor incalculable, cosas que pertenecen a la familia.

Sería una pena que alguien de fuera se confundiera sobre lo que se puede y lo que no se puede tocar.

—Sé exactamente lo que puedo tocar —dije, devolviendo la piedra a su sitio con cuidado, justo delante de ella.

Por una fracción de segundo, su sonrisa se endureció.

—Claro que lo sabes. —Retrocedió un paso, perfecta de nuevo—. Bienvenida al Gruppo, Chiara. Estoy segura de que vamos a vernos mucho por aquí.

Y se marchó, con el perfume caro flotando en el aire después de que ya hubiera desaparecido.

Me quedé quieta, con el corazón latiendo de forma extraña, sin saber muy bien qué había pasado.

No fue una amenaza. No hubo nada que yo pudiera repetir y que sonara a ataque. Había sido solo una conversación y, aun así...

¿Por qué siento que acaban de avisarme de algo?

Miré la bandeja de piedras que tenía delante, todas en su sitio, todas catalogadas, todo en orden.

Y, aun así, un nudo en el estómago me decía que acababa de pisar un terreno donde había reglas que nadie iba a enseñarme.