Capítulo 26 — Cicatrices
Tres meses después.
Lucile estaba en el tribunal, esperando que la llamaran a declarar. Le sudaban las manos. El corazón le latía rápido.
Del otro lado de la sala, veía a los doce acusados. Hombres de traje caro. Rodeados de abogados. Todos creyendo que iban a escapar.
No iban a escapar.
Marco se sentó a su lado, le tomó la mano.
—Vas a arrasar.
—Lo sé.
Cuando la llamaron, se levantó, caminó hasta el frente, juró decir la verdad.
Y contó todo.
Tres horas de declaración. Cada detalle de esa noche en la fábrica. El disparo. El cuerpo cayendo. La mirada de Miguel. La persecución. El miedo.
La defensa trató de intimidarla.
—Señorita Conti, ¿es verdad que pasó semanas en compañía de Elio Varese, un asesino profesional?
—Sí.
—¿Y durante ese tiempo, desarrolló una relación... romántica... con él?
Silencio en el tribunal. Todos esperando.
Lucile miró directo a los ojos del abogado.
—Él me mantuvo con vida cuando todo el mundo quería verme muerta. Incluido su cliente.
—Eso no responde mi pregunta.
—Yo estaba aterrada. Traumatizada. Y sí, confié en él. Porque era la única persona que me estaba protegiendo de verdad.
—Pero usted no estaba siendo retenida como rehén. Se quedó con él por voluntad propia.
Garcin se levantó.
—Objeción, señoría. La testigo estaba bajo una amenaza grave. No tenía opción.
—Ha lugar. Continúe, abogado.
El abogado cambió de táctica.
—¿Tiene alguna idea de dónde está Elio Varese ahora?
—No.
—¿Se puso en contacto con usted después de la muerte de Miguel D'Angelo?
Lucile cerró los puños. Mentir era delito. Pero entregar a Elio...
—No —dijo, manteniendo la voz firme.
—¿Está segura?
—No sé dónde está. No sé si está vivo o muerto. —Técnicamente verdad. No sabía dónde estaba en ese momento—. Y si lo supiera, no sé si lo diría.
Murmullos en el tribunal.
—Señorita Conti, ¿es consciente de que ocultar información sobre un prófugo es delito?
—Lo soy. Pero no tengo información para ocultar.
El abogado la fulminó con la mirada. Pero no tenía nada más.
Dos semanas después, salió el veredicto.
Todos culpables.
Lucile lo vio por la tele, en el piso que había alquilado sola. Ya no podía seguir viviendo con Marco. Necesitaba su propio espacio.
Cuando el juez golpeó el martillo por última vez, apagó la tele y no se movió.
Terminó.
Finalmente terminó.
Fue hasta la ventana, miró la calle allí abajo. Era de noche. La ciudad brillando bajo las luces.
Y entonces lo vio.
Una figura del otro lado de la calle. Apoyada en un poste con una capucha cubriéndole la cara.
Pero lo reconoció.
Elio.
Se le disparó el corazón. Levantó la mano, saludó.
Él le devolvió el saludo. Después se llevó la mano al pecho. Un gesto simple. Un "te amo" silencioso.
Ella hizo lo mismo.
Se quedaron así un largo minuto. Mirándose a través de la distancia.
Entonces él se dio vuelta y desapareció en la noche.
Lucile apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventana, llorando.
No de tristeza. De alivio. De amor. De dolor.
Estaba vivo.
Y mientras estuviera vivo, había esperanza.
Aunque fuera una esperanza rota, robada, imposible.
Era de ellos.