El Verdugo de la Mafia (Cuentos de la Mafia) Capítulo 9 — El cerco se cierra
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Capítulo 9 — El cerco se cierra

Elio Varese siguió a Marco durante tres días hasta que, en la tarde del cuarto día, vio su oportunidad.

Marco estaba en el balcón del piso, móvil en mano, sonriendo.

Elio activó el equipo de interceptación en el coche alquilado.

La señal rastreada lo llevó directo a la zona rural. Una iglesia aislada.

"Te encontré." Pero todavía faltaba algo.

Necesitaba la cara de ella. Saber exactamente a quién buscar cuando llegara ahí.

Volvió al piso de Marco al día siguiente.

Esta vez no iba solo a observar. Esperó hasta media tarde, cuando Marco salió para la facultad.

Elio subió las escaleras, llegó a la puerta del piso.

La cerradura era simple. Tenía las herramientas justas.

En menos de dos minutos, estaba adentro.

El piso era chico, desordenado. Libros por todos lados, ropa tirada en el sofá.

Elio fue directo al cuarto. Buscó en cajones, placares, debajo de la cama.

Nada. Fue hasta el escritorio. Papeles, lapiceras, cuadernos.

Abrió el cajón lateral. Y ahí estaba. Una foto.

Parecía ser de algún evento de la facultad, tal vez un asado o una junta.

Lucile abrazada a Marco, sonriendo. Pelo largo y negro, cara delicada, ojos oscuros.

Linda. Elio tomó la foto, le sacó una con el móvil y la puso de vuelta en el lugar exacto.

Salió del piso, cerró la puerta con llave detrás de él como si nunca hubiera entrado.

Bajó las escaleras, subió a la moto y se fue.

En el camino de vuelta al hotel, le mandó la foto a Miguel. "Lucile Conti. Ubicación aproximada: zona rural, cerca de una iglesia. Voy a confirmar y a resolverlo." Miguel respondió rápido. "No falles. Ella no puede testificar." Elio no contestó. Solo guardó el móvil y aceleró.

Mientras tanto, en la iglesia, Lucile estaba sentada en la cama del cuarto, móvil en mano.

Recién había cortado la llamada con Marco.

Él le contó que en la facultad todo seguía normal, que los profesores habían preguntado por ella, que había inventado una excusa sobre un problema de salud en la familia.

Lucile sonrió, sintiendo nostalgia de la vida que había dejado atrás.

Pero la charla también le dejó un peso encima.

Marco sonaba preocupado, le preguntó si estaba segura, si necesitaba algo.

Ella dijo que sí, que estaba bien, que pronto todo iba a terminar.

Pero en el fondo, ninguno de los dos lo creía del todo.

El teléfono que le había dado el fiscal sonó. Atendió.

—Lucile, soy Garcin. Hay novedades.

—¿Qué pasó?

—La policía encontró un cuerpo. En la zona del puerto, tirado en un contenedor abandonado. Hombre, entre cuarenta y cincuenta años, tres tiros en el pecho. Las características coinciden con la víctima del video. Estamos esperando el ADN para confirmar, pero todo indica que es él.

A Lucile se le revolvió el estómago. Era real. El hombre que había visto caer. El cuerpo que se había vuelto prueba.

—¿Saben quién era?

—Todavía no. Sin documentos, sin identificación. Pero lo vamos a averiguar. Y cuando lo hagamos, vamos a tener una pieza más contra Miguel.

Lucile se armó de valor.

—¿Eso significa que ya casi termina?

Él hizo una pausa.

—Significa que estamos avanzando. Pero todavía tienes que quedarte ahí. ¿Entendido?

—Entendido.

Colgó y se quedó quieta, mirando la ventana. Afuera, el sol empezaba a bajar. La paz de aquel lugar era engañosa. Porque del otro lado de la ciudad, alguien ya sabía dónde estaba ella.

Y estaba en camino.