El vals de las apariencias 29 Lo que queda después del sí #3
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29 Lo que queda después del sí #3

Elizaveta apenas tuvo fuerzas para procesarlo.

El corsé le oprimía las costillas, el cansancio le bajaba por la espalda como plomo caliente, la cabeza le latía con la violencia suave de las jornadas demasiado largas.

Apenas alcanzó a dejar los guantes sobre una silla, a desabrocharse las perlas del cuello y a sentarse al borde de la cama para quitarse los zapatos.

El silencio del cuarto, tan distinto al de la casa Rostov, la abrumó de una forma nueva, más íntima, menos protegida por el linaje.

Sin pensarlo, se recostó solo un momento y se quedó profundamente dormida.

No supo cuánto tiempo pasó, pero despertó a medias cuando alguien la levantaba con más cuidado del que esperaba. Abrió los ojos, todavía sumida en esa frontera espesa donde el cuerpo no entiende del todo si está cayendo o flotando, y vio a Brand.

Él ya se había quitado la chaqueta y llevaba las mangas arremangadas.

El rostro, bajo la luz baja del cuarto, parecía más cansado que frío.

Le estaba soltando el último enganche del vestido con una paciencia torpe, casi dolorosamente consciente de cada gesto, no como amante ni como hombre con derecho, sino como alguien que entiende que una mujer agotada no debería dormir aprisionada por satén, corsé y perlas.

—Despierta un poco —murmuró.

La voz le llegó a Elizaveta como agua helada.

No protestó.

Le dejó quitarle el vestido de los hombros, ayudarla a pasar los brazos por las mangas de la camisola que la doncella había dejado doblada y luego acomodarla entre las sábanas.

Todo ocurrió con una sobriedad casi insoportable, ninguna prisa, ninguna tensión erótica, solo el cuerpo de un hombre haciendo lo correcto de la manera más limpia que podía sostener.

Cuando Brand rodeó la cama y se metió a su lado, el colchón cedió apenas. Elizaveta, ya más despierta, giró un poco la cabeza hacia él. Afuera, la noche estaba completamente en silencio; dentro, solo se oía el crepitar tenue del fuego.

—Tenemos que hablar —dijo ella.

Brand quedó de espaldas, mirando el techo.

—Habla.

Elizaveta tragó saliva, ya no le quedaban fuerzas para máscara.

—De nuestra relación, de la cercanía, lo que esperas, de… mi lugar.

Brand volvió por fin la cabeza hacia ella, no tenía dureza en la cara, tampoco ternura, algo más difícil, responsabilidad aceptada.

—Eres mi esposa —dijo.

La frase, por correcta, le produjo a Elizaveta un pequeño vacío.

—Ese es tu lugar —continuó él—. Y esta es tu casa ahora.

Ella lo sostuvo con una atención casi desesperada. Esperó algo más. Algún borde de consuelo, alguna palabra blanda, una promesa.

No llegó.

—No voy a mentirte —añadió Brand, más bajo—. No sé darte tranquilidad en el idioma que quieres, no voy a prometer amor ni cariño porque eso sería otra forma de crueldad.

Elizaveta cerró los ojos.

Ahí estaba, la verdad desnuda, lo correcto, lo serio, lo insoportablemente insuficiente. Se volvió entonces dándole la espalda. No quería que él la viera llorar, no esa noche, no en esa cama, no después de haber conseguido, por vías tan oscuras, convertirse al fin en la señora Charpentier.

Quiso contenerse, quiso seguir entera.

No pudo. Sintió la primera lágrima escaparse silenciosa hacia la almohada y entonces ocurrió algo que no esperaba.

La mano de Brand le rozó la espalda, no con deseo, no como reivindicación de marido, sino con una amabilidad tan sobria que por un segundo pareció venir de otro hombre.

La yema de los dedos siguió la línea entre los omóplatos, muy despacio, casi sin peso, como se tranquiliza a un animal herido o a un niño agotado.

Elizaveta sintió el gesto con una intensidad brutal, porque no era amor, pero tampoco indiferencia y a esas alturas cualquier cosa situada entre ambos extremos ya resultaba más peligrosa que las certezas.

No dijo nada. Se limitó a respirar, una vez, más hondo. Luego otra. La caricia continuó, arriba y abajo, discreta, insistente, hasta que el cuerpo se le fue aflojando a pesar de sí misma. El llanto no creció, quedó reducido a esa humedad pequeña y vergonzosa que la almohada terminó de absorber.

Se durmió así, de espaldas a él, con la mano de Brand todavía sobre la espalda. Él no se durmió. Siguió acariciándola aun cuando la respiración de Elizaveta se volvió más lenta, más profunda, y el cuerpo ya solo respondía con el abandono completo del sueño.

Miró la curva apenas insinuada del vientre bajo la sábana, la caída del cabello sobre la almohada, la fragilidad nueva que el sueño le devolvía al rostro y comprendió, con una claridad tan severa que ya no admitía rebelión, que eso era suyo ahora.

No ella como conquista, ni el matrimonio como forma del honor.

Eso: la responsabilidad.

Elizaveta.

El bebé.

La casa.

El deber.

Todo lo demás, pensó mientras seguía moviendo la mano sobre la espalda dormida de su esposa, tendría que aprender a volverse secundario y aunque una parte de su corazón se revolvió con violencia ante esa idea, Brand ya sabía cuál de sus partes iba a gobernarlo de ahí en adelante.

No la que ama.

La que sostiene.