29 Lo que queda después del sí #2
Lo notó y sintió una punzada nueva, pequeña, casi indigna: la conciencia de que la atención de Thiago empezaba a moverse hacia otra mujer. Una mujer buena, una mujer herida, una mujer con la que, quizá, podría vivir una forma distinta de ternura.
Nada de eso la liberó, solo la dejó más sola.
Nick no tardó en darse cuenta, no solo de su propia incomodidad con Camille, ni de la culpa, ni de la fragilidad visible de ella entre sus brazos.
Se dio cuenta también de Thiago, de la forma en que la miraba, no como un rival, peor, como un hombre que reconoce el dolor en otro cuerpo y, por ello mismo, se inclina un poco hacia él.
La idea le subió como ácido.
No porque tuviera derecho a Camille. Justamente porque sabía que lo había perdido de la peor manera y aun así no soportaba la posibilidad de que otro —su hermano, además— pudiera acercarse a ella desde un lugar que él mismo había roto.
Al terminar el vals, no la devolvió enseguida al grupo, la condujo, con suavidad excesiva, hasta la galería lateral de los retratos.
—Necesito hablar contigo —dijo.
Camille lo miró con una frialdad cansada.
—No has hecho otra cosa desde que empezó esta desgracia.
Nick cerró un instante la boca.
Luego, con una sinceridad poco elegante, dijo:
—No voy a soportar que huyas hacia Thiago.
La frase quedó suspendida entre cuadros, mármol y luz de lámparas. Camille parpadeó, sorprendida no por el contenido, sino por la brutalidad de que se permitiera decirlo.
—¿Huir? —preguntó.
Nick se pasó una mano por la nuca.
—Sabes a qué me refiero.
—No. —Su voz se volvió más baja—. Lo que sé es que no puedes seguir mirándolo todo como si el mundo te debiera el privilegio de elegir incluso después de haber herido.
Nick dio un paso.
—Camille…
—No. —Alzó la barbilla—. No habrá ninguna vida entre nosotros si sigues con esa amargura, con esos celos, con esa forma de mirar a otros como si te estuvieran robando algo que tú mismo destrozaste.
Y, sobre todo, no habrá nada si sigues viviendo con ese amor malsano hacia Elizaveta como una espina de la que no quieres desprenderte del todo.
La frase fue tan exacta que lo dejó sin aire, porque era verdad; no toda, pero todavía la suficiente como para herir donde debía.
Nick la sostuvo con una intensidad casi desesperada, por un momento quiso besarla, discutir, negar, prometer.
No hizo ninguna de las tres cosas, solo permaneció allí, demasiado cerca de una mujer que había dejado de aceptar sus medias sombras como si fueran todo lo que merecía.
Camille fue la primera en apartarse y al hacerlo, Nick sintió por primera vez con nitidez que el verdadero castigo no sería casarse.
Sería haber llegado tarde a la parte seria de sí mismo.
Elettra, cansada del baile, se refugió en la pequeña terraza cerrada que daba al jardín de invierno.
No estaba llorando. A esas alturas, ya no la sorprendía, el dolor se le había vuelto más silencioso, más duro, casi mineral.
Observaba el cristal empañado, las ramas desnudas al otro lado y la imagen borrosa de su propio reflejo cuando oyó a Lilianne entrar, la irlandesa se acercó sin ceremonia.
—Deja de ser tan niña —dijo.
Elettra volvió la cabeza.
—Qué manera tan hermosa de consolar.
Lilianne se apoyó en el marco de mármol, copa en mano.
—No estoy aquí para consolarte. Estoy aquí para evitar que te pudras de una forma ridícula.
La brutalidad de la frase obligó a Elettra a mirarla de verdad. Lilianne no llevaba crueldad en los ojos, sino experiencia.
—Recibe con entereza lo que te da la vida —continuó—. Y aprovecha al buen hombre con el que vas a casarte antes de que tu orgullo termine arruinándote hasta la última posibilidad decente.
Elettra sintió la punzada.
—No hables como si fuera tan fácil.
—No lo es. —Lilianne bebió por fin un sorbo de su copa—. Por eso mismo merece la pena intentarlo bien.
Elettra guardó silencio un instante. Luego preguntó, con esa mezcla de cansancio y curiosidad que solo se despierta ante las mujeres que han vivido demasiado:
—¿Tú siempre fuiste así?
La pregunta encontró a Lilianne de lado, justo en el ángulo en que la luz le dibujaba la nobleza del perfil y el cansancio pequeño en la boca. Una sombra vieja cruzó su rostro.
—No. —La voz se le volvió más baja—. Yo era peor.
Mucho más cerrada, más clasista, más tonta, menos capaz de comprender el dolor ajeno.
Renata… —el nombre de su hermana mayor salió con una dulzura rara en ella— me obligó a ver el mundo con un poco más de amor y de empatía. Y después vinieron las pérdidas.
La palabra quedó flotando. Elettra no preguntó enseguida y Lilianne tampoco explicó, pero la manera en que su mano se apoyó, casi sin querer, sobre el vientre antes de apartarse bastó para que la frase “muchas pérdidas” dejara de ser abstracta.
—Perdí cosas que me volvieron menos ingenua —dijo—. Eso ayuda a dejar de dramatizar las equivocaciones y empezar a sobrevivirlas.
Elettra iba a preguntar algo más. Iba a hacerlo, esta vez sí, porque entendió de pronto que bajo la aspereza de Lilianne había regiones enteras de dolor y de fuerza que quizá podían servirle mejor que cualquier consejo dulce, pero entonces la irlandesa vio a Lefevre del otro lado del salón. Se enderezó enseguida.
—Ahora no.
Y salió casi con prisa, lo bastante rápido para que Elettra se quedara sola con la pregunta en la boca.
Lefevre la esperaba junto al corredor de la biblioteca.
No con sonrisa ni con arrogancia, solo con un sobre doblado entre los dedos y la misma calma imperturbable de quien sabe exactamente qué clase de dinamita tiene en la mano y, por eso mismo, no necesita teatralizarla. Lilianne se detuvo frente a él.
—Habla.
Lefevre negó apenas.
—No aquí.
Le tendió el papel.
Lilianne lo tomó con una mano que, pese a toda su disciplina, tembló un poco al abrirlo. Había apenas unas líneas, una dirección, una fecha vieja y un nombre masculino escrito con una tinta más nueva encima del original, eso fue suficiente.
La expresión cambió por completo. No fue alegría simple, fue reconocimiento, la especie más peligrosa de esperanza. Alzó los ojos hacia Lefevre. Sonrió. Esta vez no como loca, sino con una intensidad tan viva que hasta ella misma pareció más joven.
—Gracias —dijo.
Lefevre inclinó la cabeza.
—Aún no me las des.
Lilianne asintió.
Guardó el papel en el interior del guante como si guardara allí un pedazo de futuro y se fue sin mirar atrás.
La fiesta terminó tarde.
Como todas las fiestas que saben demasiado y, aun así, se empeñan en parecer espléndidas hasta el último minuto.
Los invitados se fueron, los criados apagaron candelabros, wl eco de la música quedó flotando en las escaleras y en los pasillos como un perfume ya inútil.
Y, por primera vez en su vida, Elizaveta cruzó la puerta de la casa Charpentier sabiendo que no iba a salir de ella por la misma razón que había entrado.
Ahora vivía allí y la idea le resultó absurda.
La condujeron a la habitación nupcial del ala este, que Alice había hecho preparar con una sobriedad casi severa: sábanas nuevas, flores blancas, una chimenea encendida y ninguna ostentación ridícula.
No era un cuarto de triunfo. Era uno de continuidad.
Tal vez Alice había querido decir con eso, a su manera, que incluso el desastre debía aprender a dormir correctamente bajo su techo.