28 Las tres promesas #3
Philip esperó apenas a que Lilianne estuviera lo bastante lejos para volver de golpe hacia Lefevre.
—¿Qué demonios ha sido eso?
La voz le salió más baja de lo habitual y más cortante.
Lefevre dejó la copa sobre un pequeño velador.
—Lo que tenía que ser.
—No juegues conmigo.
—No juego.
Philip lo miró largo.
Había algo en el rostro de Lefevre que nunca aparecía cuando solo estaba siendo ingenioso, algo más serio, más hondo. Como si una parte de él hubiera dejado de ser observador por un momento y se hubiese vuelto portador de una pieza real del mundo.
—¿Qué sabes? —preguntó Philip.
Lefevre sostuvo su mirada.
—Lo suficiente como para pensar que a tu prima le mintieron.
El golpe fue instantáneo.
Philip no respondió enseguida, el ruido del salón volvió a rodearlos: la música, las risas, los brindis, la porcelana. Todo siguió y, sin embargo, para él la noche acababa de desplazarse de eje.
—Explícate.
Lefevre negó apenas con la cabeza.
—No aquí, ni así. —Se inclinó un poco hacia él—. Dile exactamente esto: que, si hablo, es porque tengo información que lo respalda.
Philip frunció el ceño.
—¿Eso?
—Exactamente eso.
—No entiendo nada.
La sombra de una sonrisa pasó por la boca de Lefevre.
—No hace falta que lo entiendas tú, hace falta que lo entienda ella.
Y, con la misma serenidad con que había comenzado toda la escena, recogió los guantes de la consola cercana.
—Tengo que irme antes de que alguien me pida una opinión honesta sobre esta velada.
Philip lo sostuvo un segundo más con la mirada.
Había demasiadas cosas sin decir entre ambos. El roce anterior del desacuerdo por el periódico, la intimidad no nombrada, la confianza extraña de que, incluso enfadado, Lefevre jamás habría soltado esa frase si no la creyera anclada en algo sólido.
—Lefevre.
Él ya estaba a medio paso de la salida lateral, se volvió apenas.
—¿Sí?
Philip dudó un segundo.
—Ten cuidado con lo que mueves.
Lefevre inclinó la cabeza.
—Siempre.
Y se marchó.
Philip lo vio desaparecer entre columnas, espejos y luces hasta perderlo por completo. Luego buscó a Lilianne.
La encontró junto a Delaila y Micaela, en un rincón del salón donde la conversación parecía más útil y menos decorativa.
Estaba escuchando algo de Micaela con una atención forzada, lo que en ella equivalía a decir que no oía una palabra.
Cuando vio acercarse a Philip, alzó apenas la copa como si quisiera burlarse primero y preguntar después.
Él no se tomó el tiempo del rodeo.
—Lefevre dice habla porque tiene información que lo respalda.
La frase la alcanzó con la precisión de una bala.
Lilianne se quedó inmóvil, no fue teatro, fue verdadera inmovilidad, la del cuerpo cuando el pasado, de pronto, deja de ser solo memoria y amenaza con volverse prueba.
Abrió más los ojos. Mucho más. El color se le fue por debajo de la piel con una velocidad tan brutal que Delaila dio un paso instintivo hacia ella. Micaela dejó de hablar a mitad de una frase sobre Londres. Hasta la música, por un instante, pareció alejarse.
—¿Es verdad? —susurró Lilianne.
La voz no tenía nada de ella, parecía la voz de otra mujer, más joven, más rota. Philip sostuvo la mirada, no entendía, no del todo, pero la seriedad de Lefevre le seguía vibrando aún en la sangre.
—Si Lefevre lo dice, es porque tiene algo que lo sostiene.
Lilianne se quedó quieta un segundo más, luego ocurrió algo extraño; la tensión en la boca se quebró primero, después en los ojos, en la respiración y de pronto sonrió, no con alegría correcta, con una especie de locura blanca, limpia, bellísima y aterradora a la vez, como si una tumba acabara de entreabrirse desde dentro y ella no supiera todavía si iba a salir de allí un milagro o un monstruo.
—Vaya —murmuró.
La sonrisa se ensanchó un poco más, no de forma amable, de forma viva. Miró hacia el sitio por donde Lefevre se había ido. Luego volvió los ojos a Philip.
—Cada vez me agrada más ese Lefevre.
La frase quedó flotando entre las tres mujeres y él, brillante y peligrosa. Y entonces añadió, con la comisura de la boca aún alzada en esa especie de fiebre feliz:
—Claro que no más que a ti.
No lo dijo como una galantería fácil, lo dijo con la intimidad rarísima de las primas que se han querido desde la infancia y que, justo en mitad de una catástrofe, todavía saben lanzarse afecto como si fuera una cuerda.
Philip la miró, no supo qué decir, porque de golpe la velada había dejado de ser solo un teatro de compromisos forzados, celos mal enterrados y bailes equivocados.
Había aparecido otra cosa, una posibilidad más antigua y peligrosa: que la historia de Lilianne, la del hijo muerto, el divorcio, la herida que olía a sangre y silencio, no hubiera terminado en el lugar donde todos le dijeron.
Y en ese instante, mientras al otro lado del salón Brand seguía sosteniendo a Elizaveta con el deber, Thiago a Elettra con una rectitud cada vez más dolorosa y Nick a Camille con una culpa que no alcanzaba a redimir nada, Philip comprendió que la noche acababa de abrir una puerta nueva, una puerta capaz de alterar no solo el futuro.
También el pasado.