El vals de las apariencias 28 Las tres promesas #2
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28 Las tres promesas #2

Eso, en otra mujer, habría podido parecer perdón, en ella fue otra cosa: valentía ofendida, una forma de enfrentarlo sin dejar de sentirse humillada.

Nick quiso decir algo, una disculpa menos torpe, tal vez, una frase capaz de convertir ese vals en otra cosa que no fuera penitencia pública; pero en cuanto abrió la boca y sintió el perfume limpio de Camille, la memoria hizo lo suyo y, por puro reflejo de defensa, buscó otra cosa. Otra temperatura, otra clase de mujer.

La perversidad de Elizaveta, su dureza, la forma en que podía mirar el pecado sin descomponerse y entendió, con asco, que incluso herido como estaba, incluso viendo a Camille tan digna y tan frágil a la vez, una parte de él seguía buscando en las mujeres la desrtucción.

—Estás temblando —dijo.

Camille sostuvo la mirada.

—Y tú sigues siendo egoísta hasta cuando quieres parecer atento.

Nick bajó un poco la vista, lo justo para ver el borde de su hombro, la línea del cuello, la piel que había besado de forma tan distinta, tan peor, aquella noche. Sintió la culpa como algo casi erótico de puro doloroso, quiso apartarse de sí mismo, no pudo.

Mientras tanto, Brand bailó con Elizaveta como un hombre que ha decidido cumplir.

La diferencia era visible incluso para quienes no conocían el detalle de su historia.

Había en él una exactitud nueva, más dura, más adulta quizá, no buscaba placer, ni huida, ni una última réplica del pasado.

La llevaba correctamente, la sostenía con una atención real a su cansancio, evitaba los giros demasiado rápidos, corregía con la mano en su espalda cualquier desequilibrio mínimo del cuerpo cada vez más frágil de ella.

Y, al hacer todo eso, algo en él terminaba de aceptar la verdad más insoportable de todas: Elizaveta tenía a su bebé. Lo quisiera o no, lo alabara o no, lo deseara o no. Y esa realidad había dejado ya de pertenecer solo al error de ambos para convertirse en responsabilidad.

Responsabilidad.

La palabra, en su cuerpo, tuvo un peso casi físico.

Elizaveta lo sintió sostenerla con más firmeza cuando tropezó apenas al cambiar de compás.

Alzó la vista hacia él, esperando quizá encontrar allí otra cosa: una rendija de dulzura, una grieta en la armadura, cualquier forma de emoción que no se pareciera solo al deber.

No la encontró. Lo que encontró fue una preocupación limpia, sin deseo, sin ternura, sin el menor resto de aquella electricidad vieja.

Eso la hirió y la sostuvo al mismo tiempo.

—No deberías traerme así a una pista —murmuró ella.

Brand la sostuvo en el siguiente giro con la misma gravedad.

—No deberías haber insistido en venir.

Elizaveta bajó los ojos, ya no peleaba, eso era lo más triste y mientras seguían bailando, Brand alzó por un instante la vista por encima de su hombro y encontró a Elettra en brazos de Thiago. Ella también lo estaba mirando, apenas un segundo, suficiente.

Aquel segundo le atravesó el pecho como una condena.

Philip y Lefevre observaban la escena desde la galería lateral.

No hablaban demasiado, tampoco se miraban mucho, no por falta de deseo, sino por inteligencia.

A veces, entre ciertos hombres en aquella época, la intimidad se volvía más visible precisamente en la ausencia de adorno: quedarse uno junto al otro, compartiendo el mismo silencio sin necesidad de llenarlo.

Lefevre llevaba una copa de coñac. Philip, ninguna.

—Parece una tragedia puesta por un decorador especialmente rico —murmuró Lefevre.

Philip siguió con la vista el giro de sus hermanos y las tres mujeres.

—Lo peor es que ninguno sabe actuar con sutileza.

—No. —Lefevre dejó que el borde de la copa rozara apenas su propio labio inferior—. Pero el desastre les queda bien desde lejos.

Philip casi sonrió.

No habría dicho qué era lo que más le gustaba de esas conversaciones: si la inteligencia de Lefevre o la tranquilidad rara que le producía oír una voz que no exigía explicación para comprender lo suficiente.

Permanecieron juntos así, hombro con hombro, mirando el vals como dos hombres que han elegido por un rato el mismo punto desde el que contemplar la ruina ajena.

Fue Lilianne quien los interrumpió.

Llegó con una copa en la mano y el verde oscuro del vestido volviéndola una especie de hoja afilada entre tanto brillo pálido. Sin pedir permiso, se colocó exactamente entre los dos, dándoles la espalda al salón y la cara apenas inclinada hacia ellos.

—Qué escena tan indecente —murmuró—. Dos hombres sensatos arrinconados mientras los trillizos y sus prometidas convierten un baile en todo un circo mediático.

Lefevre la saludó con una media inclinación.

—Madame Donovan.

—No me llames así si pretendes hacerme preguntas desagradables.

La frase hizo que Philip volviera por fin la cabeza hacia ella.

—¿Ya sabes que va a hacerte preguntas desagradables?

Lilianne levantó la copa.

—Tiene cara de periodista. Eso ya es advertencia suficiente.

Lefevre sonrió. Ni lo negó. Ni lo admitió.

Al principio la conversación pareció liviana; una broma sobre la velada, otra sobre la marquesa de Mornay y su afición por meter a media nobleza en los mismos salones para ver si de casualidad salía un matrimonio o un duelo.

Después, con una habilidad tan fina que casi fue cortesía, Lefevre empezó a estrechar el círculo.

—Siempre me ha intrigado —dijo, como quien comenta el clima— cómo una mujer como usted decidió dirigir un orfanato.

Lilianne sostuvo la copa en el aire un segundo más de lo normal.

—Porque las malas decisiones me persiguen.

—Y, sin embargo, insiste en ellas.

—No. Insisto solo en los niños.

Lefevre asintió.

—Los niños negros, además.

La frase cayó con suavidad, con demasiada suavidad.

Lilianne lo miró de frente.

—Sí. Negros. Africanos. Reales. ¿Te resulta lo bastante disruptivo para París o necesitas que les recitemos poesía revolucionaria?

Philip reconoció el brillo peligroso en la voz de su prima, pero Lefevre no se amilanó.

—No. Me resulta interesante que, teniendo usted todos los salones posibles, haya elegido precisamente esa clase de escándalo.

Lilianne llevó la copa a los labios. No bebió. Solo rozó el cristal.

—Escoge mejor tus palabras, algunos escándalos son más decentes que muchos matrimonios.

Lefevre sostuvo la mirada.

—Lo sé. —Cesó—. Como también sé que no fue lo único que eligió.

Lilianne endureció apenas la boca.

—Qué pesado te has puesto.

—Solo curioso. —La voz se mantuvo suave—. Su matrimonio fallido, por ejemplo. O cierta historia vieja sobre un hijo que quizá no murió exactamente como le dijeron.

La copa se quedó inmóvil en su mano.

La piel de Lilianne no cambió de color porque llevaba años entrenada en no dejar que el rostro hiciera el trabajo del sobresalto; pero Philip, que la conocía desde la infancia, vio el detalle verdadero: cómo el pulgar le presionó el tallo del cristal hasta blanquearse.

—No sé de qué hablas —dijo.

La frase sonó demasiado correcta.

Lefevre no sonrió, eso fue lo más inquietante.

—Yo creo que sí.

La tensión se volvió visible entre ellos, Philip la sintió como se siente el aire antes de una tormenta eléctrica.

Lilianne dejó la copa sobre la baranda de mármol.

—Ya he tenido suficiente de hombres haciendo arquitectura con tragedias ajenas —dijo—. Si quieres hurgar en un cementerio, compra una pala y no me uses de invitación.

Y se fue.

No con precipitación, sino con esa dignidad furiosa de las mujeres que no piensan regalarle a nadie el gusto de verlas huir.

Fue directamente hacia Delaila y Micaela, que hablaban junto al salón de música sobre asuntos que sin duda eran más útiles —patentes, fundaciones, niños, quizá incluso dinero— que cualquier hombre con curiosidad literaria.