22 La promesa del daño #3
Brand dio dos pasos hacia el centro del cuarto.
—Ver si te basta.
La pregunta, dicha así, sin adorno, la despojó de algo.
Elizaveta dejó la pulsera sobre la mesa.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí. —La voz de Brand se volvió más baja—. Lo has conseguido. Te anuncian. Te protegen. Me arrastran. ¿Te basta?
Ella lo miró y, por primera vez en mucho tiempo, no tuvo una frase inmediata.
No porque no supiera herirlo. Porque había en su tono algo más difícil de combatir que la crueldad: asco.
No ese asco teatral que los hombres muestran para seguir deseando debajo.
Un asco más serio, más limpio, el asco de quien ya no soporta siquiera su propia participación en la historia.
Elizaveta alzó el mentón.
—No hables como si fueras la única víctima.
Brand se rió, no de alegría, de incredulidad.
—¿Víctima?
—Sí. —Lo sostuvo con una dignidad que ya rozaba la desesperación—. ¿Crees que quería esto así?
—Lo organizaste tú.
—Organicé no perderte.
Y ahí estaba, por fin, la grieta. Elizaveta dio un paso hacia él.
No con el brillo calculado de sus grandes escenas, sino con algo más tembloroso, más íntimo, mucho más peligroso precisamente por eso.
Tenía los ojos más abiertos, la respiración menos medida, la voz ya sin el terciopelo perfecto de sus ataques.
—Te amo —dijo.
No fue una declaración hermosa, fue una herida.
Brand sintió que la palabra le golpeaba el pecho no como una promesa, sino como una cadena húmeda. La miró largo. Y comprendió que incluso el amor, dicho por ciertas personas, puede sonar igual que una amenaza.
—No —dijo.
Ella se quedó quieta.
—Sí.
—No. —La voz se le volvió más dura—. Si me amaras no habrías tenido que hacer esto para tenerme.
La frase la hirió. De verdad. Por un segundo la máscara se abrió tanto que Brand pudo ver lo que había debajo: no solo crueldad.
Hambre. Humillación. Un terror viejo a quedar fuera del centro.
Y, mezclado con todo eso, una forma torcida de amor que se había vuelto indistinguible del deseo de posesión.
—Tú no entiendes cómo amo —susurró ella.
—No. —Brand dio un paso atrás—. Y ya no quiero entenderlo.
Elizaveta sintió el golpe entero.
No era rechazo sentimental, era exilio.
—No puedes soportarme —murmuró.
Brand la miró como si esa fuera la única frase sincera de la noche.
—No.
Y salió.
Elizaveta no se movió durante varios segundos después de que la puerta se cerrara.
El salón azul quedó de pronto demasiado grande.
Demasiado silencioso. La pulsera sobre la mesa, la lámpara baja, el eco todavía vivo de la frase te amo suspendido entre las paredes como una humillación que no sabía adónde ir.
Había conseguido al hombre que quería.
Esa era la verdad más visible y, sin embargo, al quedarse sola en aquella media luz, otra verdad se le levantó dentro con una claridad casi insoportable: lo había conseguido de la peor manera posible.
No arrancándole una entrega, obligándolo a quedarse, no conquistando el deseo.
Obtendría quizá la obediencia, el apellido, la reparación, incluso el miedo respetuoso del mundo; pero no la parte de Brand que alguna vez había creído poder recuperar entera.
Esa no. Esa la había perdido precisamente al ganarlo así.
Se sentó en el borde del diván. Bajó la vista a sus propias manos. Hermosas, frías, vacías. Oyó la puerta abrirse otra vez y no levantó de inmediato la cabeza. Ya sabía que no era Brand. Con Brand el aire se volvía otra cosa. Más tenso. Más oscuro. Más exacto.
Nick entró sin anunciarse.
Llevaba la corbata torcida y la expresión bellísima y rota de los hombres que han dejado de mentirse una hora demasiado tarde. Se detuvo al verla sentada y soltó una exhalación amarga.
—Qué escena tan perfecta —murmuró—. La mujer consigue todo y aun así parece a punto de desmayarse de verdad.
Elizaveta alzó por fin los ojos hacia él.
No había fuerzas en ella para la gran máscara.
—No empieces.
Nick cerró la puerta detrás de sí y avanzó hasta la mesa baja, donde estaba la pulsera. La tomó. La giró entre los dedos.
—Siempre quieres ser la víctima —dijo—. Incluso cuando has colocado tú misma el cuchillo.
Elizaveta se irguió.
—No sabes nada.
Nick soltó una risa breve, horrible.
—Sé demasiado. Sé cómo lo miras. Sé que te lo llevaste al terreno correcto.
Sé que arrastraste a Elettra hasta una guerra que ni siquiera le pertenecía.
Sé que usaste a mi hermano, a mí, a todos.
Y aun así, mírate. —Levantó la pulsera a la altura de la lámpara—.
Sentada como si el sufrimiento fuera una joya más.
La frase la dejó sin aire un segundo.
—Cállate.
—No. —Nick dejó la pulsera sobre la mesa con un pequeño golpe seco—. Porque alguien tiene que decirte esto sin deseo en medio: vas a tener una vida durísima con Brand.
Elizaveta lo sostuvo con los ojos brillándole, no de lágrimas, sino de esa furia humillada que a veces se parece demasiado al llanto.
—Se acostumbrará.
Nick ladeó la cabeza y, por primera vez desde que la deseaba, la miró sin la niebla de la fascinación.
—No. —La voz le salió baja, implacable—. Te va a odiar todos los días que logres retenerlo. Y cada vez que te mire va a recordar exactamente qué tuvo que matar en sí mismo para quedarse.
El silencio que siguió fue más cruel que cualquier insulto, porque Elizaveta no tenía respuesta que no sonara miserable.
Nick la observó un instante más. Había todavía dolor en él, sí.
Y algo de ternura rota, porque incluso las mujeres más equivocadas dejan una marca cuando se les ha deseado de verdad. Pero ya no había ceguera.
—Enhorabuena —murmuró—. Ganaste. Y mira qué cara tienes.
Salió sin despedirse.
Elizaveta se quedó sola otra vez.
La lluvia golpeó el cristal.
Abajo, en el salón, la música seguía sonando como si la fiesta no acabara de anunciar un entierro distinto y por primera vez desde que había empezado a mover cada pieza hacia ese desenlace, Elizaveta sintió miedo de verdad.
No al escándalo.
No al juicio.
No siquiera a la posibilidad de una mentira descubierta.
Miedo de haber obtenido exactamente lo que quería… y de descubrir, demasiado tarde, que la forma de conseguirlo lo había vuelto una victoria inútil.