21 Lo que exige el apellido #2
Solo cuando la puerta se cerró detrás de él, William se permitió cerrar los ojos un segundo, nada más, no por debilidad, por reajuste. Luego abrió el cajón de la mesa, tocó el timbre una vez y dio la orden de que Brand subiera al despacho en cuanto regresara.
No hubo coñac después de eso tampoco.
Brand llegó media hora más tarde. Venía con la lluvia aún en el abrigo y el cansancio de varias vidas superpuestas en la cara, había dejado a Elettra sin una promesa explícita, pero sí con algo peor y mejor: una espera y había salido de la casa Rostov con la convicción de que, al menos esa noche, Elizaveta no lo había vencido del todo.
No sabía aún que su padre ya había decidido por él.
El mayordomo lo interceptó en el vestíbulo.
—Monsieur William lo espera en el despacho.
Brand no hizo preguntas.
Subió.
En el corredor del piso superior encontró a Alice saliendo de la habitación azul.
Llevaba un chal de lana gris sobre los hombros y el rostro más quieto de lo normal.
Al verlo, supo. Las madres no necesitan que les expliquen ciertas tensiones; las huelen en el aire de la casa igual que se huele el humo antes de ver el fuego.
—Tu padre está furioso —murmuró.
Brand la sostuvo con la mirada.
—Lo imaginé.
Alice quiso decir algo más, tal vez preguntarle, tal vez advertirle, tal vez tocarle la mejilla como cuando era niño y el mundo todavía se dividía en dolores corregibles.
No lo hizo, lo dejó pasar, había momentos en que una madre comprende que ya no puede proteger a sus hijos del tipo de hombres que se vuelven.
William estaba de pie cuando Brand entró. No detrás del escritorio, delante, eso ya era una señal. La lámpara baja le dejaba al rostro un cansancio tallado en líneas más hondas de lo habitual, no parecía un padre herido, parecía un juez privado.
—Cierra la puerta —dijo.
Brand obedeció. El clic del pomo sonó demasiado alto.
Hubo un segundo completo en que ninguno habló.
Brand supo entonces, con una claridad brutal, que algo había ocurrido antes de que él entrara allí, una decisión, un pacto, una frase ya dicha en otra boca.
Lo supo por la inmovilidad de su padre, por la botella intacta, por la ausencia completa de preguntas preliminares.
—Alekséi ha estado aquí —dijo Brand.
No fue pregunta.
—Sí. —William dio un paso—. ¿Es cierto?
Brand sostuvo la mirada de su padre.
No se permitió bajar los ojos ni el temblor, solo la verdad seca.
—Sí.
El silencio posterior tuvo la estructura entera de una caída.
William dejó escapar aire por la nariz.
No había grito en él, eso lo volvió peor.
—Has comprometido a una mujer de su familia, has puesto en riesgo nuestro nombre, has permitido que un asunto privado llegue a manos de un hombre con poder suficiente para barrernos del mapa social si decide hacerlo… y vienes a responderme con un monosílabo.
La decepción, en William, no subía de tono, se acumulaba.
Brand sintió el golpe como una piedra en el estómago.
—No vine a defenderme.
—Más te vale.
William lo miró de arriba abajo con una mezcla feroz de asco moral y tristeza masculina.
No por el sexo en sí, no eran tiempos tan ingenuos.
Por la torpeza, por el error sin cobertura, por haber permitido que el deseo mal administrado saliera del territorio donde los hombres podían seguir fingiendo que todo tenía remedio privado.
—Te crié para otra cosa —dijo.
La frase le entró a Brand peor que un insulto, porque venía de la única región donde todavía le quedaba algo de infancia. William fue hasta el escritorio, apoyó ambas manos sobre la madera, no por cansancio, sino para sujetar mejor el juicio.
—No sabes lo que has hecho.
—Lo sé bastante.
—No. —La voz siguió baja—. Lo sabes desde el cuerpo. Yo lo sé desde la estructura. Has afectado a esta familia, a tus hermanos, a tu madre, a cada alianza futura, a cada conversación que dependa de que sigamos pareciendo una casa seria y lo has hecho por un desliz.
La palabra cayó con un desprecio tan afilado que a Brand se le tensó la mandíbula, no protestó, porque la peor parte era que su padre tenía razón en algo esencial: había sido un desliz.
No amor. No tragedia sublime. No imposibilidad romántica.
Debilidad. Y nada degrada más rápido a un hombre orgulloso que saber que un desastre entero nació no de una pasión irresistible, sino de una flaqueza vulgar.
—Estoy dispuesto a hacerme cargo —dijo.
William lo observó un momento, como si midiera cuánto de esa frase era hombría y cuánto puro reflejo social.
—Te casarás con Elizaveta.
No hubo preparación, no hubo camino, la sentencia cayó entera.
Brand sintió el mundo detenerse con una violencia completamente interior, ni el gabinete del médico ni la nota ni la amenaza de Alekséi. Nada lo había golpeado con esa limpieza brutal.
—No.
La palabra salió antes que el pensamiento.
William alzó apenas la cabeza.
—No te he consultado.
Brand dio un paso hacia el escritorio.
—No voy a casarme con ella.
William sostuvo su mirada y ahí estaba de nuevo: el padre, no como refugio, sino como arquitectura entera de una época.
—Te acostaste con ella.
—Sí.
—Puede estar embarazada.
—Todavía no se sabe.
—No importa. —La voz de William se volvió de piedra, una que le cayó de golpe sobre Brand—. La posibilidad basta.
Brand sintió que el aire se le volvía insuficiente.
—No.
Esta vez la palabra ya no fue protesta, fue rechazo entero.
William se irguió despacio.
—Tu honor, si ya no respetas el de ella, al menos debería permitirte entender esto: has cruzado una línea que no se desanda con melancolía.
Te casarás para reparar. Porque así se hace.
Porque la alternativa es una guerra con una familia más poderosa que la nuestra.
Porque ya has hecho suficiente daño. Y porque no voy a permitir que arrastres a todos detrás de una pasión mal dirigida.
La palabra pasión casi lo hizo reír.
Brand pensó en Elettra bajo la lluvia. En la mano sobre su pecho.
En el beso en la capilla. En la manera en que había empezado, por fin, a no mentirle.
Y luego pensó en Elizaveta, en la seda, en la costumbre, en el asco.
Casarse con ella. Convertir la habitación más sucia de su memoria en futuro oficial.
La idea le produjo una náusea casi física.
—No la amo.
William soltó una exhalación seca.
—Qué descubrimiento tan útil a estas alturas.
—Amo a otra mujer.
La frase salió sola y, por primera vez en toda la noche, consiguió alterar de verdad el rostro de su padre, no mucho, un endurecimiento distinto, un cansancio aún más viejo.
—Lo sé.