12 La víspera #3
No lo hizo y ese control, esa contención furiosa, fue quizá lo único que evitó que el momento se volviera irreparable.
—No sabes de qué hablas —dijo Brand.
Nick se acercó más.
El coñac, el perfume de Elizaveta, la humillación, todo seguía en él como una fiebre mal administrada.
—Lo sé perfectamente. Porque te conozco. Porque cuando deseas algo, te convences de que es una forma del deber, de la verdad o de la profundidad. Y así te perdonas antes de tiempo.
Thiago se interpuso entonces, no con un gran gesto, con su sola presencia, colocándose entre ambos con esa firmeza tranquila que le nacía no del ego, sino del agotamiento.
—Basta.
Nick lo miró por encima de su hombro.
—No me pidas que calle justo cuando estoy diciendo algo útil.
Thiago sostuvo su mirada.
—No te lo pido por él. Te lo pido por ti.
Eso sí alcanzó a herirlo.
La sonrisa de Nick titubeó un segundo. Lo suficiente para revelar lo que había debajo: el desorden, la fascinación herida, la rabia de saberse arrastrado por una mujer que nunca iba a elegirlo del todo y, aun así, usaría su deseo como usa un espejo.
—No necesito que me rescates —dijo.
—No. —Thiago dio un paso más hacia él—. Pero quizá sí necesitas dejar de parecerte a lo que te está haciendo ella.
El silencio fue brutal.
Nick abrió la boca. La cerró. Y, por primera vez desde que había entrado, la luz brillante de su expresión vaciló.
Brand observó a ambos y entendió dos cosas a la vez: que Thiago lo estaba defendiendo aun herido, y que Nick estaba hablando con un veneno que no le pertenecía del todo. Elizaveta ya empezaba a moverlos incluso cuando no estaba presente. Ese fue el verdadero horror del momento.
Elettra tomó entonces la palabra, no alzó la voz, no lo necesitó.
—Ya basta los tres.
Se volvieron hacia ella, quien seguía de pie junto a la mesa, con la mano apoyada en el mantel, el cabello algo desordenado, la fatiga visible en los ojos y, aun así, la figura entera sostenida por una dignidad casi furiosa.
—No voy a convertirme en la prueba de nada entre ustedes.
Ni en el premio de nadie. Ni en el pretexto para que uno se castigue, otro provoque y otro se esconda detrás del silencio.
—Miró primero a Nick, luego a Brand, por último a Thiago—.
Si no saben qué hacer con lo que sienten, no me usen para aprenderlo.
Nadie respondió, no podían, porque Elettra acababa de nombrar con brutal exactitud lo que todos estaban haciendo, cada uno a su manera.
Nick usando el escándalo para no mirar su propia ruina.
Brand intentando limpiar con trabajo una herida que aún olía a otra mujer.
Thiago amando con dignidad y, aun así, quedándose todavía demasiado cerca del borde.
La puerta lateral se abrió en ese instante. Lilianne apareció con dos carpetas bajo el brazo y la expresión de una mujer a la que la vida no le permite perder ni la oportunidad de una tragedia ni la de una frase mejor que la tragedia.
Miró la escena, la leyó entera.
—Qué alivio —dijo—. Ya veo que no necesito teatro esta temporada. Me basta con ustedes.
Nadie se movió.
Lilianne dejó las carpetas sobre la mesa y se volvió a Nick.
—Fuera.
—Lilianne…
—No. Fuera antes de que te obligue a descubrir lo poco decorativo que puede llegar a ser una mujer divorciada con poca paciencia.
Nick la sostuvo un segundo. Luego miró a Thiago. Luego a Brand. Luego a Elettra. Había en sus ojos algo roto. Algo que no quiso mostrar demasiado y por eso mismo sonrió otra vez, aunque la sonrisa ya no tuviera brillo real.
—Encantador —murmuró—. Todos tan sinceros de pronto.
Se fue sin dar un portazo. Thiago se apartó de Brand, no dijo nada, pero al recoger su abrigo de la silla, el gesto tuvo una lentitud irrevocable, ya no era solo cansancio, era distancia preparándose.
Lilianne suspiró.
—Bien. Como no pienso permitir que tres hombres mal orientados me arruinen una inspección, sugiero que volvamos al trabajo antes de que el ayuntamiento venga a medirnos hasta las pestañas.
Thiago levantó los ojos hacia Elettra.
—Me voy a la finca mañana al anochecer.
No miró a Brand al decirlo.
Elettra sintió la frase como una puerta cerrándose despacio en una casa donde aún queda alguien adentro.
—Lo sé.
Thiago asintió una vez, no hubo nada más. Tomó el abrigo y salió. La sala de costura quedó entonces con un silencio distinto, más fino, más culpable. Brand no se movió. Lilianne recogió una de las carpetas, la abrió y habló sin levantar la vista.
—No digas. Estás demasiado lleno de ti para que te salga útil.
La frase le evitó a Brand la humillación de intentar defenderse demasiado pronto.
Elettra volvió a la mesa, tocó los papeles, los ordenó.
Su cuerpo entero parecía decidido a salvarse otra vez en el trabajo, pero, antes de inclinarse del todo sobre las listas, levantó la vista hacia Brand.
No había ternura en ella, tampoco rechazo.
Solo una verdad más clara.
—Ya no puedes permitirte llegar tarde a nada.
Él sostuvo esa mirada y supo que la frase no hablaba solo de la inspección.