El vals de las apariencias 12 La víspera #2
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12 La víspera #2

—La lluvia me recordó aquella tarde del jardín trasero —le dijo a Elettra, mientras partía pan con las manos—. Cuando pensaste que la estufa del aula se había roto y resultó ser solo el tiro mal abierto.

Elettra alzó los ojos hacia él.

La memoria tardó apenas un segundo en asentarse.

—Y tú insistías en arreglarla como si fueras mecánico.

—No insistía. —Thiago llevó la taza a los labios—. Tenía esperanza.

—No. —Una sombra de sonrisa apareció en ella—. Tenías orgullo.

—Eso también.

Brand dejó el pan sobre el plato. No parecía mucho, una anécdota, una estufa, un jardín y, sin embargo, la sala cambió alrededor de ellos.

Thiago no estaba simplemente recordando.

Estaba haciendo algo más fino: devolviéndole a Elettra el mapa de una zona donde habían sido fáciles el uno con el otro.

Donde hubo calor sin sobresalto, compañía sin herida inmediata.

Le estaba diciendo, sin decirlo, yo también fui una posibilidad.

Y el gesto, precisamente porque no pedía nada, resultaba más hermoso y más cruel.

Elettra bajó un instante la vista a la taza.

—Éramos menos complicados entonces.

—No —dijo Thiago suavemente—. Solo sabíamos menos.

La frase se clavó con una ternura peligrosa.

Brand notó el cambio en ella. No una rendición. No nostalgia abierta. Pero sí esa especie de recogimiento interior que llega cuando una mujer se reconoce cerca de algo que pudo haber sido bueno y no está segura de haberlo perdido del todo por accidente o por elección.

—Thiago —dijo.

La voz le salió más baja de lo habitual. Él levantó la vista enseguida, siempre lo hacía con ella.

—No quiero herirte más.

Hubo un silencio.

Thiago dejó la taza y la porcelana sonó leve sobre la mesa.

—Ya me estás hiriendo —dijo, y la honestidad le dio a la frase una gravedad insoportable—. La pregunta es si quieres hacerlo por costumbre o solo una vez.

Elettra se quedó inmóvil. No era crueldad en él ni reclamo. Era otra cosa. La dignidad de un hombre que, incluso al mostrarse vulnerable, sigue negándose a convertir su amor en mendicidad.

Brand sintió subirle una rabia sucia y rápida, no contra Thiago, contra lo que aquella escena estaba dejando en evidencia, porque una parte de él sabía, con humillación perfecta, que Elettra debería elegir a ese hombre.

La parte más noble de ella debería inclinarse naturalmente hacia Thiago, la parte prudente, la parte limpia, la parte que busca sostenerse sin barro y, sin embargo, otra parte de ella no lo hacía. La idea no lo alivió, lo avergonzó.

Elettra alzó por fin la mirada.

—No es costumbre —dijo.

Thiago asintió muy despacio.

—Eso es peor.

No había reproche en su voz, había aceptación y esa aceptación, tan serena, tan poco estratégica, volvió a dejarle a Brand la impresión humillante de que, en cualquier historia justa, cualquier historia decente, él ya habría perdido.

Fue entonces cuando entró Nick, no llegó sigiloso, llegó sonriendo.

Se quitó los guantes en el umbral y dejó que los ojos recorrieran la escena: la mesa improvisada, el pan partido, los termos de café, Elettra pálida de cansancio, Thiago demasiado sereno y Brand demasiado inmóvil.

Comprendió todo con una rapidez feroz, y en el centro mismo de esa comprensión empezó a crecerle el veneno.

Porque acababa de dejar a Elizaveta, porque seguía oliendo a ella. Porque se sentía usado y, aun así, iba a volver, porque acababa de entender que Brand estaba a punto de quedarse con la otra mujer que Thiago miraba como si aún pudiera salvarle algo.

La sonrisa se le volvió más brillante.

—Parece una escena doméstica —murmuró—. Solo falta un bebé llorando y alguno de ustedes convertido en marido equivocado.

Nadie respondió enseguida.

Elettra dejó la taza sobre la mesa. Thiago se enderezó apenas. Brand lo miró ya sabiendo, por la luz que veía en su hermano, que algo desagradable iba a ocurrir.

Nick avanzó dos pasos más.

—Qué extraño gusto tienes, Brand —dijo con ligereza venenosa—. De verdad te llaman la atención las mujeres que tus hermanos aman.

El golpe cayó entero.

Thiago giró hacia él de inmediato.

—Nicholas.

La voz, en él, rara vez cortaba así, pero Nick ya había empezado y no estaba dispuesto a detenerse. La herida que traía de Elizaveta pedía otra sangre. Y la más cercana era la de los suyos.

—¿Qué? —Se volvió hacia Thiago con una inocencia de teatro—.

No estoy diciendo nada falso. Tú miras a Elettra como si todavía te debiera una posibilidad.

Yo… bueno, yo he tenido pésimo gusto con otras mujeres.

Y Brand, por alguna razón que seguro encontrará muy noble en el espejo, siempre termina en medio.

Brand dio un paso.

—Cállate.

Nick soltó una risa breve.

—No. Porque ya me cansé de que todos finjamos que esto es un accidente.

Lastimaste a Thiago. Y ahora te paseas aquí con cara de hombre serio, como si el trabajo bien hecho lavara de pronto todo lo demás.

—Lo señaló con la copa—. A veces parece que quieres tener a todas las mujeres que tus hermanos aman, solo para comprobar que también ahí puedes ganar.

La sala entera se quedó inmóvil, la frase había sido dicha con una voz baja, casi amable. Precisamente por eso resultó tan obscena.

Elettra sintió el golpe físico de la acusación. Thiago sintió otra cosa: vergüenza. Y Brand… Brand sintió primero el impulso de romperle la boca a su hermano.